martes, 10 de diciembre de 2013

La amasadora del Museo de Grandas



Valdeferreiros es la capital de la parroquia de los Coutos, en Ibias. Allí, desplazándose como unos 600 metros al suroeste, se halla la casa de Perdigueira en la que adquirí una amasadora de la que contaré aquellos aconteceres que me llevaron a conocer el lugar y su estado.

Como es sabido, en el Museo Etnográfico de Grandas se realizaban todas aquellas actividades que un día fueron trabajos propios de esta comarca. Y digo esta comarca, aunque en realidad se llevaban a cabo en todo el país, y fueron desapareciendo paulatinamente, desde principios del siglo pasado. Resalto esto así, porque en las zonas rurales donde se conservó fue como medio de subsistencia, por pura necesidad.

Allá a finales de la década de los noventa y principios de este sacrificado siglo, se llevaron a cabo varias obras en el Museo. Entre ellas la construcción de un horno para cocer pan. Al principio, amasaba la harina con mis manos, pero a medida que mis vértebras lumbares (cuadriles) se resentían, pensé en recurrir a un medio mecánico para la labor. Anduve por diversos lugares,  según oía la existencia de viejas amasadoras. No recuerdo ahora la fecha en que una torrencial y desmesurada avalancha de piedras, árboles y agua provocaron que el regato de la curva, en San Antolín de Ibias, se llevara la pared de la panadería,  arrasando a su paso la parte delantera por la que salió el mobiliario, y creo que entre él, la amasadora, que,  aunque antigua, no lo era lo suficiente para ser instalada en el Museo, pero gracias a esas visitas se me facilitó la información sobre la que aquí nos ocupa. Ésta era de fabricación catalana, e igual en la forma pero de menor tamaño que la de la panadería de José Antonio. Podríamos hablar de aquel destartalado armatoste, pero nos desviaríamos del tema.

En el caserío de Perdigueira se hallaba la amasadora. A unos sesenta o setenta metros de la casa, en una finca semienterrada, se encontraba aquella máquina que después de un desilusionante reconocimiento, esperaba hacerla trabajar de nuevo. Al desmontarla para su restauración y funcionamiento, mostró que su columna central y algunas partes más estaban totalmente carcomidas por la sal que se añadió al agua de amasado durante tantos años. Entre esas partes  estaba el piñón de engranaje con la cuba de amasado. Estas anomalías o desgastes y su mal estado en general, a pesar de haber sido dotada con un nuevo piñón facilitado por Luis Otero Castaño, no permitieron un resultado satisfactorio. Por lo tanto, aquella amasadora marca Turu, fabricada por Juan Turu, en Tarrasa, pasó a formar parte de la exposición “virtual”, que en el muro del banzao [1]del molino, figura para mostrar algunos útiles de la elaboración del pan. Considero bien empleadas las cincuenta mil pesetas más el porte que hube de pagar por el inservible aparato que, aunque no cumple su función, sí es representativo.

Amasadora antes de la restauración.
Hoy, en el horno habilitado para este fin en el Museo, lo único que llegó a cocer fueron torpes ideas, pese a estar dotado de una buena amasadora donada por Miguel Álvarez Magadán.

Otro hecho que también debo resaltar es que el día que nos trasladamos a  ese lugar lo hicimos por la carretera-pista que va a Negueira de Muñiz, Lugo. El camión que usamos para tal fin, tenía instalada una pluma que prestó el servicio de elevar la campana hasta la espadaña, en la Capilla de la Virgen de la Vega, en Seira, cuyo oficiante religioso es el cura de la parroquia de Negueira y otras, Don Ramón, al que conozco y aprecio, y por lo tanto, me alegro de aquel momento coyuntural.

Otro dato, aunque da la impresión de que se juntan churras con merinas, es que en aquella casa había un gran hórreo, casi como una panera. Estaba este cubierto de paja, pero presentaba cierto estado de ruina. Ruina que no es de extrañar, pues su propietario se había dirigido a la Consejería de Cultura solicitando su traslado, dado que el lugar que ocupaba bajo la casa, en el que entre ésta y su emplazamiento (llámese pegollo), podía pasar el carro holgadamente, pero no así un tractor de gran tamaño. Así que aquel mueble estorbaba, pero Cultura, aplicando la torpe ley que prohíbe mover una sola paja, motivó el abandono del mismo. Con esto, y algo de tiempo, el deterioro haría paso suficiente. Espero que fuese sólo el tiempo, pues por accidente, la carga o la rueda de un aparato mecánico, podrían adelantar su calamitoso estado.

Se puede decir que el hórreo era portentoso, pero lo fue también el hecho que en su interior hallé, medio cubiertas de paja, cuatro colchas blancas con una modesta decoración. No es necesario decir que, auque  quedaron en la casa las mejores, yo me di por satisfecho al poder llevarme las otras dos como regalo de la propietaria, por haberles librado de aquel montón de chatarra, como denominaban la amasadora.

Al comenzar a describir los fondos recogidos en uno y otro lugar, recuerdo pequeñas anécdotas que, aún ahora, sentado a esta mesa desde la que escribo estos relatos, me emociona agradablemente el trato recibido de aquellas gentes que,  en algunos casos, de nada me conocían.

En la Porteliña solía parar un rato con Vicente, un gran artesano de la cuchillería, que además era el propietario del Mazo da Porteliña. Si visitabas el mazo, te dabas cuenta que allí trabajaba un artista, que completaba su arte con la conservación de aquel vetusto ingenio; que a pesar de su antigüedad, seguía golpeando el hierro. El retumbar de sus golpes no dejaba a nadie indiferente; parecían salir del centro de la tierra. En el taller que Vicente tenía en su casa, siempre te encontrarías con cuchillos, navajas y todo aquello que era propio de un buen ferreiro. La afabilidad de Vicente era extrema. Su delicada conversación en un tono siempre de voz baja. ¡Qué lástima cuando Vicente te contaba aquellos, para él, secretos del temple, no haber pasado allí más horas con aquel artesano! En fin, Vicente era un ser excepcional, y digo era , porque el hombre, debido a su longevidad, ha entrado en ese periodo senil y ya nada recuerda; aunque según su sobrino Cancelos, de Fonsagrada, todavía tiene esa pizca de picardía que lo caracteriza.

Vicente, tú para mí no eras: serás ese gran hombre del que se siente uno orgulloso de tratar.

Haxa salú







[1] Cubo

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Clásicos populares




Publicado en La Nueva España el 31 de julio de 2002

El día 14 de Mayo de 2002, me desplacé a San Antolín de Ibias para asistir a la “Semana de la Comunicación” y conocer personalmente a Dña. Araceli González Campa y su marido, D. Fernando Argenta. Hacía ya algo más de veinticinco años que yo escuchaba a estos dos personajes en ese querido, y casi diría íntimo, programa de radio que conducen de forma magistral: Clásicos Populares.

No entiendo nada de música clásica. Sólo sé que me gusta. Parece ser que según el estado anímico, ciertos fenómenos pueden embargarte de emoción, y quedas sobrecogido para toda la vida. Eso debió ocurrirme a mí con esta música, vedada para los que carecemos de formación, o nuestro embotado cerebro no llega a captar la belleza de esas melodiosas notas.

En cierta ocasión, cuando en Grandas de Salime aún no había bancos, (de los que con una caja fuerte vacía y sólo con el dinero ganan dinero, con usura como judíos), me personé en casa de un comerciante llamado Felipe para pagar una letra de cambio. El importe de aquel documento fiduciario era mayor que mis económicas posibilidades; por lo tanto mi estado nervioso era manifiesto. El corresponsal de la entidad –a la que no cito por razones obvias- debía estar harto de aplazar, aún más, mis “aplazadas” letras. Aquel día, antes de llamar a la puerta de su despacho, oí sonar música clásica a la que nunca había prestado atención. Después de hacer efectivo el importe parcial de la letra, le pregunté a Felipe, qué música era la que oía en su tocadiscos. Me dijo un nombre que parecía ruso, y que era un concierto para dos pianos.

Años después, Araceli y Fernando, contando de forma tan amena la biografía de los distintos compositores, y en algunos casos la tragedia de sus vidas, me aficionaron de forma definitiva a escuchar de cuatro a cinco de la tarde aquellos Clásicos Populares, que rompían la monotonía de mi tedioso trabajo en aquel taller de chapuzas varias. No es que me convirtiera en un entendido melómano, pero es la música que escucho a diario.

Encontrarme en Ibias, con esos dos personajes y que me fueran presentados por D. Luis Felipe Fernández García, Director del Centro Aurelio Menéndez, fue para mí halagador y emocionante. Tanto es así, que en mi viaje hacia el Centro donde se emitiría el conocido programa de radio, hice varias paradas para recoger flores silvestres, que la primavera nos brinda dadivosa, y se las ofrecí a mi platónica dama  junto con la más emocionada y cálida enhorabuena a esa excepcional pareja.

Hoy, desde este periódico, quiero darles de nuevo las gracias y recomendar a ustedes que sigan desde las 19 horas, esta entrañable música que nos ofrecen estos dos genios, porque descubrirán algo realmente impresionante.

Haxa salú.

domingo, 17 de noviembre de 2013

LÓNDRIGA



Este huidizo mamífero, con los dedos de las patas unidos por membranas,  muy apreciado en peletería, se alimenta de peces. He aquí lo que la hace enemiga de los pescadores. Éstos no se dan cuenta que los advenedizos en el río son precisamente ellos.

 Pues bien, la lóndriga no es otra que la nutria, sólo que en algunas zonas del occidente asturiano recibe este nombre. Hago aquí esta aclaración, porque, al igual que de nombre,  este animal también cambia de naturaleza según las circunstancias y el lugar en el que se halle.

Aunque es de costumbres acuáticas, se cuenta por aquí que si se pesca en el río, sabe a pescado. Por contrario, si la cazan en tierra su carne sabe a caza. Dudo que esto sea así, pero como nunca probé esta carne-pescado, no puedo desmentirlo. Lo que sí les aseguro es que “de lo que se come se cría”, como dice el refrán.

Cuando en esta localidad de Grandas fabricaban queso, y el suero sobrante era desechado, lo recogían muchos campesinos para dar, mezclado o solo, a sus cerdos. Este alimento incorporaba a la carne cierto sabor a vacuno. No es de extrañar que esto fuera así, pues del suero de la leche se extrae a través de un proceso de vaporización, leche en polvo.

Se dice que, antiguamente, en zonas costeras se daba pescado a los gorrinos y aportaba el sabor a la carne. En fin, que todo está íntimamente relacionado, así que podemos ser vegetarianos: el cerdo  come berzas, yo berzas como.

Haxa salú

martes, 12 de noviembre de 2013

La caballa



Si no fuera sido tan abúlico, escribiría más historias que, interesantes o no, entretendrían mis días de vejez.

Hallábame  un día –digo más bien una noche- cenando las raspas de cierto pescado, fruto de los sobrantes de una frugal comida (digo frugal, porque casi no comí), y hete aquí que esas raspas, con algo de músculo, eran espacio ocupado por el estómago, cuando la caballa estaba buceando en la mar. Aquella, o aquel ser vivo de atigrada piel, miraba con su opaco ojo, fruto del desmesurado calor del horno, al comensal que, armado de tenedor y cuchillo (no pala), iba a saciar su apetito, con lo poco que de él quedaba.

Miraba sin reproche, pero no con satisfacción y dijo:
-“No ha mucho, me tildaban de pescado azul (por haberme sacado del agua), porque soy muy graso y no apto para ser consumido por humanos débiles o enfermos. Hoy, ya ves, mi grasa rica en omega va bien, no sólo para el corazón, sino parece ser que aumenta el coeficiente intelectual, pues aunque mi espina dorsal carece de la vértebra atlas y termina en un diminuto cerebro (cráneo), aumenta esa capacidad, en la masa informe que se aloja en el espacio craneal humano, que al estar compuesta en un 80% de grasa, se complementa con mi oleica proteína. Por lo tanto, querido amigo, agradece mi gran aportación a tu subsistencia y disfruta de mi sabor que, en compensación por no ser abadejo, merluza, mero o lubina, cuida, si no tus papilas, al menos de tu salud.

No me quedó que decir. Cené conforme, con la satisfacción además de que no había otras viandas sobre aquella mesa.

Sigue ahora la profunda mirada de aquellos ojos de pez teleósteo, azul, verde y rayas negras, como la cena, recordándome mi acertada ingesta, porque a falta de pan, buenas son…

Haxa salú

miércoles, 6 de noviembre de 2013

ESPONSALES X “Pigureiros”



Al pastor de ovejas se le llama en el occidente de Asturias pigureiro, que en el gallego de la zona también puede referirse a un pícaro. Las picardías pueden gustar o no, pero abundaban  en la zona rural, donde no se leía mucho y la transmisión solía ser oral.

Como bien dice cierto pasaje del Quijote: -“Digo, señor don Quijote -dijo la duquesa-, que todo cuanto vuestra merced dice va con pie de plomo y, como suele decirse, con la sonda en la mano” (con prudencia). Lo mismo digo: no hay mala intención, sino hechos.

En cierta ocasión, de esto hace muchos años, una maestra que había contraído nupcias en su tierra de origen, echaba en falta el tálamo conyugal. Para desviar la atención de su querencia hacia la lascivia, solía dar largos paseos. Anda que anda, llegó a un paraje en el que meditabundo, se hallaba un tímido pigureiro de no más de quince años. La adolescencia era más inocente que en la actualidad, y hablar con la maestra no resultaba fácil para el aldeano zagal. Ella, como buena pedagoga, sentada a su lado hacía preguntas al huidizo chaval, que se iba alejando cada vez que sentía el cálido muslo de aquella bella señorita. Pero todo se acaba y la pared del cierre no daba más para su huída. Acorado en aquel lugar y viendo la enseñante su congoja, le ofreció tres pesetas por un “servicio”.  ¡Aquello era mucho dinero! Era tanto, que el pigureiro accedió a dejarse hacer. Así comenzó aquel intercambio entre el ovejero y la maestra.

Entre jadeos decía él:
            -¿Me dará las tres pesetas?
            - ¡Sí, sí, pero sigue ¡hombre!, sigue!
            -¡Hay Dios! ¡Entonces dellas a mía madre que eo morro! (Entonces déselas a mi madre que yo me muero)

Haxa salú

domingo, 3 de noviembre de 2013

Involucionismo



Hace muchos años, íbamos paseando por una playa un amigo y yo.

Me interesé por cierto pez que nadaba en las aguas someras, delante de nosotros, y cada poco se introducía en la arena. Cuando lo sacábamos de su escondijo, nadaba un buen trecho y otra vez se repetía, con rápido aleteo, el hurgar en el arenoso sedimento, que lo hacía invisible salvo por aquella arma, que en su aleta dorsal, permanecía semienterrada y portaba el veneno. Anda y charla, y después de un buen trecho, sentí un gran dolor en mi pie derecho. Fue tan agudo que creí que me había seccionado el dedo pulgar con una botella rota. Ni siquiera me atrevía a sacar aquel pie tullido por la agresión, del agua. Cuando Mandi, mi amigo, vio lo ocurrido me dijo: -A ver si te pinchó un “escorpión”. ¡Un escorpión! ¿Con la poca agua que había? ¡No podía ser! Pero…¡hay amigos! ¡sí era! Era ese pez que su nocivo veneno lo hace digno de tal nombre.

Desde aquel día me prometí que si volvía a la playa, lo haría en madreñas o en botas de goma. A mi esposa le pareció ridículo que fuera con semejante calzado, así que no volví en bastante tiempo.

Lo hice no hace mucho, impelido por la familia. Me puse a la sombra de un parasol, ¿…o quitasol? a cien metros al menos de la orilla de esa procelosa  mar, que alberga en sus aguas la “escofina”. Allí medité sobre esa teoría darvinista que dice que todos los seres evolucionaron partiendo de los océanos. Será así, pero el género humano tiende a la involución: vuelve a la playa en verano. ¡Aquello estaba lleno de gente, pero, salvo alguna sirenita que había sustituido en tierra su escamosa cola por dos bellas piernas, lo que más se veía eran adiposos seres, emparentados con la marsopa y el león marino. No entiendo mucho de cetáceos, pero de verdad que los humanos tendemos a parecernos a ellos. La querencia hacia el lugar de origen es para calentar la sangre (como la iguana).

Haxa salú

martes, 17 de septiembre de 2013

Intervención na Veiga. Presentación del libro "Cuando los Ferreiros Forjan Museos. Diario de un Quijote"


30 agosto de 2013


Fará po lo menos sesenta anos, sendo mui neno, salín de Grandas por primeira vez. Foi un viaxe que, naquel momento, parecéume que nun se acabaría nunca. Pero será mellor que eo lles conte:

A Veiga, entonces, peime que taba máis lonxe; tanto que aquel coche de línea parecía que non daba chegao. Salías as seis da mañá de Grandas e chegabas pouco antes del almorzo…

Cuando un é novo, ou pequeno, parece todo grande. Cuando eres vello ou grande é al revés: todo é pequeno. Hasta os días rinden menos que cuando se iba a escola ou taba un coas vacas. Así quén entende este mundo, unde todo anda tan axina. Hasta algún fala pa que nun lo entendan.

Decía que tou aiquí pa presentarlles un libro. Pero mais que un libro, é a historia de un Museo, que ben ou mal fexen, ou faemos, en Grandas. É a historia de aquel feito, cuando se foi faendo; de aquelo que debera ser feito po los que mandaban en Oviedo, e peime que nun sabían. ¡Pero o que sí sabían ben era faer mal! Faer faían ¡oh!: a zancadilla pa ver si encebelaba. ¡Como as pitas, que lo que nun comen escarrapátanlo! Aunque pouco mais deo que escarrapatasen: ¡el Museo ahí ta!, e a historia daquel momento ta neste libro. Nestas páginas, aunque ten revoltas  entre elas, dícennos lo mal que lo pasou aquel ferreiro pa demostrarlles a aquelos fatos de Oviedo, cómo tía que ser contada a nosa historia.

E aunque pareza que cada pouco cambio de cháchara, vou contar antes a sembranza daquel viaxe primeiro. Despós, si queredes, falamos del libro, non vaia ser que pase como aquel outro que dixo: -E del meo libro ¿Cuándo falamos?

Veredes ¡oh!, daquela ocasión que era tan neno, salín da mía aldea, del sito unde nacera, no coche de pola mañá. ¡Tan cedo que inda nun se vía! ¡Home! ¡Cómo sería que hasta penséis que a lua nun era a misma que a de Grandas! Chegamos a Barbeitos e alí fomos pa casa de Silverio, el ferreiro. Maripepa fezo café. Era a madre de Ovidio, a bola de Ovidín, el que ten, na corte que foi das vacas, a cantina. Chámolle así porque antes chamábase así. Derriba da cantina, ta el comedor dos días de festa; ¡Hai xa! Pero ahora úsase todos os días. Antes foivos pallar.

¡Tíache bon vagar de seguir de corte e pallar e choer alí a os que eo sei!- como os burros-

Alí en Barbeitos, había que esperar a que chegase el coche de línea que vía del Rizo, da Fonsagrada e iba a Veiga. ¡Éravos un coche de viaxeiros comodísimo! Sí, ¡oh! ¡En él viaxaban hasta animales! ¡Tíavos asientos de madera como os del Toural! Eran de barrotes. Eu, como taba mui fraque, despós de andar naquel coche polo menos hasta el Mesón Novo, xa me dolían as cachas ou os hosos.

El caso é que aquel coche paraba na Manceba, nos Amieros, en Santalla, nas Poceiras (penso que lle chamaban Millarado), en Barcia, en Teixeira, na Garganta, e en todos cuantos sitos houbera cantina. Claro que da Garganta pa baxo, como era costo, ¡vaia cómo corría! Pouco máis deo que parase nas curvas de Graña, en Paramios, na Espía, ou en Castromourán, ¡andaba tan axina, que chegamos antes del almorzo aiquí, a Veiga!

Vir daquel pueblo que era el meo, e dar de fucíos con A Veiga, faivos ¡mialma! quedar afatao. ¡Home!, ¡cómo sería que eo penséi que taba en ua ciudá! E peime que digo ben: ¡Era ua ciudá comparada con Grandas!

¡Qué envidia sentín al ver un sito que había de todo! ¡Aquelos talleres, como forxas grandes de ferreiro, unde traballaba muita xente! mecánicos, ferreiros… Ferreterías, comercios….¡de todo, e hala! ¡Menudo estronqueladoido! ¡E xente, oh! ¡Virxen santísima! Xa na mais entrar, víase ua calle larga que metía medo. Alí taba a casa de Reguera, el Coxo. En ésta compraba dalgúa das veces ferro meo padre. Non muitas, porque nun levaban ben él e meo padre; porque nun hai coxo bon, e éste peime que era enrevesao.

¡Aquela calle que me pareceo grande, nun era nada. Xa verán as que taban mais aló.

Na mais pasar a esquina a esquerda…¡oh virgen! Evos algo curva, pero como daquela nun andaban muitos coches, a xente íbamos pola calle os días de mercao ¡Nun vos era nada os sábados de mercao! Pero ¡arrenego del demo! ¡Quén iba a decirlle aquel neno, que un pouco mais aló, había outra que era como cuatro carreteras de Grandas de ancha que era! Encima, con a xente que había, nun se sabía a unde chegaba. As casas taban pa un lao, e pal outro el Ayuntamiento e a Iglesia. Hai que poñelo con mayúsculas, porque daquela como ahora, ¡faían trembar!

Un pouco mais aló da casa de Vixande (unde faían libras de chicolate), taba ua tienda de zapatos. El escaparate tía espellos, pero eo nun lo sabía, el caso é que mira que mira, fun andando, andando hasta que din de fucíos contra a parede. ¡Claro, había tanto calzao novo! Ríuse de mín meo padre e el que iba con él; encima ¡a chea de xente que había!. Pero… ¿quén pensaba que a culpa tíanla os espellos?

El caso é que despós, anda que anda, chegamos a casa del Galocho. Pasamos delante daquel taller que lle chamaban Coldeira. E peime que un pouco mais aló, taba el que era de Fernando dos potes. Sí ¡oh! Aquél que fundía tamén ovos e sapos de molín.

Unde el Galocho había ua chea de ferreiros. Algús taban estirando ferro naquelos martelos neumáticos que eo nunca vira. Como nun tía ferro, compróulo meo padre na casa de Reguera; e despós fomos comer a casa de Sandalio. Non me gustou el almorzo, pero é igual, foi que eo era mal comedor.

E falando outra vez de ferro: ¿sabedes que un ferreiro, daquela, tía que traballar 30 kilos de ferro, faendo clavos, e casi 50 si eran fijas pa as vías de ferrocarril pa ganar el jornal?

Tempo despós de lo que tou contando, conocín cousas importantes na Veiga. É por eso polo que me costa traballo entender como daquela época de esplendor se pasou neste pueblo a tal decadencia. ¡Claro que si lo comparamos con outros sitos ten explicación ¡Heredaron os señoritos que non lles costóu traballo faelo!

Na información adquirida mais tarde, ta a daquelos del outro lado da Ría. Alí taba el taller del padre de Ángel, unde faían de todo. Deste taller levei cousas pal Museo. Tía, a parte da serra mecánica, el banco de carpinteiro, ferramenta de ferreiro que gracias a él tan hoi alí.

Tamén nel de Coldeira recollín ferramenta. Pero vou seguir mais aló pola avenida que lle chaman de Asturias ¿Alguén entende por qué lle chaman de Asturias, si esta provincia nun se acaba hasta el puente de Porto? ¡Farán como na Fonsagrada, que lle poeron avenida de Galicia a que ven de Lugo!

E volvendo a necear con os museos ¡Ai oh! Eo ben sei que nun tan os tempos pa faer nada. Tuvemos us despilfarradores e corruptos gobernando e nun deixaron nin el filo pa atar. ¡Claro! ¡Qué filo iba quedar pa tanto chorizo! Pero bueno, volvendo aló con el tema:

¿Nun taría ben que aiquí, na Veiga, se recollera aquelo que pertenecéu a outra época mais floreciente? Núa das muitas veces que por aiquí paséi, tiven falando con María Antonia, a da fábrica de chicolate de Vixande (falando cuando me deixou). Eo, daquela, apetecíame que aiquí, na Veiga, poesen a funcionar outra vez as máquinas de faer as libras de chicolate con el cacao  que vía de fora. Pero claro: ¡pueblo pequeno inferno grande! E claro, nun oubo nada que faer! Bueno, como hai muito cacique e cacica lo que sí querían faer era ua calle por detrás da tienda ¡Estos gobernantes de noso, hai que ter muito cuidado con elos: danlle a calquera un disgusto por detrás! Quero decir por detrás da tienda. El caso é foder a os outros. Ou al que nun xipre como elos ¡Dáldamo al demo e a elos! ¡Lévelos Xudas! Pensaba eo que en morrendo el caudillo iban acabarse os caciques ¡Peime que hai mais e mais ruíos! A lo mellor é que son fatos. Bueno, lo que hai é que decirlle a María Antonia que hai que poer eso a andar.

Víavos pola carretera de Asturias, e ¡mialma perdínme! Con lo de os museos e os que faen como as pitas; casi nin macordo unde iba.

¡Ai! ¡Sí! ¡Oh! Naquela carretera ta el taller que foi de Victor. Faían alí máquinas de mallar, e reformaba aquel home motores de gasolina pa gasoil. Nun sei lo que alí queda, pero era ben recoller al menos, a sua memoria. (si é que alguén la escribiu)

Conseguira eo ua daquelas maquinas, el motor Lister e a limpiadora. Todo aquelo vendeóselle a José Mª de Samartín de Ozcos. Peime que é el único que sigue labrando trigo.

Por certo,  “pensa el ladrón que todos son da súa condición”, e aquelo que costara el equipo foi lo que se lle cobrou. ¡Os cuartos quedaron nel Museo, pa que outro os limpiara!

Agora, o que queda é amañar algo de Museo na Veiga, e decir que nel libro ta a historia del que fezo el de Grandas e tamén cómo ua capilla é algo máis que el culto religioso; lo que se aprende na escola; a historia del reló del pueblo; por qué son iguales as ferraxes da catedral de Lugo,  a iglesia de Tineo e a de Grandas; cómo gracias a os amigos se fezo el Museo; cómo as pedras de Salime flotaron e tamén, por qué nese pueblo non tein luz. En fin, cousas que el ferreiro ve, e a lo mellor nun tein importancia.

Lo que sí podo decir, é que cuando un ferreiro forxa un Museo, non todos lo aproban.

Si queredes preguntar algo que eo sepa, aiquí tou.

Gracias a todos, haxa salú