miércoles, 5 de febrero de 2014

Los bautizos




En Grandas de salime, a 23 de junio de 1997
 


Hace unos 50 años los niños eran bautizados a los pocos días de nacer. Era tal la premura que, en algunos casos, no se esperaba ni tres días para acristianar al infeliz pagano, que nada tenía que ver con la manzana que se comiera, en cierta ocasión, la casquivana y fogosa Eva.

No estoy muy seguro, pero creo también recordar que no se ungía, con el mismo celo, a las clases más desprotegidas, aunque desprotegidos estábamos todos en mi pueblo.

Qué gran acontecimiento era, por aquel entonces, el bautizo de un niño. Controlábamos todos los partos de la Parroquia. Aunque entonces los niños  venían de Paris, en el barrio del Ferreiro, bien fuese por precocidad, bien por ser de barrio marginal, no nos creíamos la versión que nos daban nuestros mayores.

Se oficiaba el Sacramento del Bautismo, casi siempre, en semana y por la tarde, en la hora sexta, es decir, desde que el Sr. Cura dormía la siesta. Casos había, del niño rico, que era bautizado después de la dominical Misa de Doce.

Se hacía necesario conocer de antemano quién apadrinaría en la fe cristiana al infiel. Si era desprendido, y nos parecía rico, estaba asegurado el éxito del acontecimiento, pues como del cielo caídos, habría caramelos, perrones, perrinas y hasta pesetas en algunos casos.

Nos agolpábamos en derredor de la pila bautismal, de tal manera que Antón, el sacristán, también repartía coscorrones con profusión

Después de que el cura obligara al padrino a repetir los “fiden” de rigor, y que no le obligaba de palabra porque no sabía latín, pasaba a la sacristía el padre putativo en materia religiosa y moral, para firmar lo que había jurado en la jerga del oficiante.

¡Qué larga se hacía aquella espera! ¡Qué griterío a la puerta de la Iglesia!. Griterío directamente relacionado con el tamaño de la bolsa de los caramelos, siempre custodiada por algún familiar del recién acuñado cristiano. Reyertas y luchas para defender el puesto más cercano a la puerta por donde debía aparecer el padrino. Puestos defendidos con audacia y que, a veces, los frustraba éste saliendo por la puerta lateral.

Una vez que el padrino lograba calmar aquella algarabía, comenzaba a tirar los caramelos a grandes puñados. Ora a la diestra, ora a la siniestra. Aquella dulce lluvia nos hacía desplazarnos, cual alocado vendaval, delante del caprichoso repartidor de las sabrosas golosinas, perronas y pesetas “rubias".

Si el resultado de la recogida de aquel maná era satisfactorio, se daban vivas a los padrinos. Solía ocurrir, en muchos bautizos procedentes de familias muy humildes y por desgracia proliferas, que, lógicamente, no encontraban al padrino acaudalado que pudiera permitirse el dispendio carameril. Entonces, de forma despiadada e inocente, los niños coreábamos a voces: “bautizo, bautizo cagao, si cojo al niño lo tiro al tejao”. Sometíamos al más humillante bochorno a aquellas, ya de por si, atribuladas familias, cuyos hijos no traían precisamente un pan bajo el brazo.

Hubo cierto niño que por negligencia, pasó de los cinco años sin haber sido bautizado. Por su temprana edad podía creerse que su candidez y lenguaje correspondía al del inocente y tímido pagano. Cuando el párroco procedió a ungirle se sintió molesto, y al verterle agua bendita sobre su cabeza, dijo: -¡Hostia!, Sr. Cura, ¡qué fría está!

Haxa salú

Dedicado a José Luis Pascual, en compensación por el susto que pasó el día que se incendió la Colegiata de Grandas de Salime.

miércoles, 29 de enero de 2014

Servilletas





Publicado en La Nueva España, los días 10 y 18 de mayo de 2004



La sala de rehabilitación del Hospital de Jarrio, es un lugar que invita a la meditación. Allí, desde tu camilla, observas el mal que aqueja a los demás y cuando éste crees que es superior al tuyo, te resignas con tus dolencias. No se porqué pero nadie se queja. Posiblemente, el paciente menos paciente sea yo. De todas maneras, hay días en los que el humor aflora y surgen anécdotas que provocan risa, que es un remedio infalible contra el dolor, que tu fisioterapeuta provoca, al mover la articulación de ese anquilosado lugar donde se aloja el húmero con la escápula.

En una de estas sesiones de regenerado de huesos, músculos y tendones, que durante la juventud funcionaban de forma sincrónica y ahora se empeñan en ser un todo compacto, nos entretuvo la señora Beatriz, la fisioterapeuta, -que lucha con mi diacrónico hombro-, con un pequeño relato leído en la revista “Historia y Vida”. Según la noticia difundida en esa publicación, en la época de Leonardo da Vinci, no se usaban servilletas en los pantagruélicos banquetes de la nobleza, y se recurría a conejos. De forma inconsciente pensé en lo difícil que sería pasarse un conejo por los labios para limpiarlos, y dirigiéndome a los demás, les comenté que estaba pensando en cierto “conejo” sin orejas. Este es el único “conejo” agradable, que no molestan los pelos, y merece la pena pasar el  morro por él, por ser un placentero estimulante para dos que bien se entiendan. Los bien educados le llaman cunnilingus, y yo añadiría que es una forma de cunnicultura amoroso-sexual, que nada tiene que ver con la cunicultura, o cría de conejos de orejas largas, que por cierto en latín se le llama cuniculus.

Nos aclaró la curadora de hombros, que en esos banquetes ataban los conejos a las sillas y, parece ser que sobre su piel se limpiaban los dedos los comensales. Más tarde lavaban el conejo a la vez que el mantel.

¡Encomiable costumbre la de lavar el “conejo”!

Haxa salú y sana ironía

domingo, 12 de enero de 2014

Historia de una lechuga



 Navidad del año 2002
FORXA DE FERREIRO

Cuando hice, o me hicieron, hacer la mili, un compañero y amigo, que respondía por el patronímico Cortina, nos entretenía a veces con historias de ingenioso trovador. Eran muchas las horas de tedio y aquel juglar despertaba nuestro joven y desocupado cerebro con inverosímiles cuentos. Este rapsoda, con perfecta dicción, narraba:

"Hallábase Santa Catalina orando en el castillo de Castel Gandolfo, y apareciósele el Demonio en forma de lechuguita y le dijo: 


            -¡Cómeme! Y fue ella y comiola.

Apareciósele el Señor y le espetó:
-¡Pecado has hermana!
-¡Pecado he, Señor,  y cuán arrepentida estoy de mi pecado coño!"

Aquella irreverente ficción nos hacía reír, y era, al mismo tiempo, una rebeldía contra la disciplina castrense-religiosa que nada tiene que ver con el cuento de hoy.

Aunque parezca increíble, hete aquí que ha pocos días hallábame yo en Oviedo, y aparecióseme a mí esa lechuga, pero esta vez para contarme un triste acontecimiento.

Eran las nueve de la mañana. En la meseta de una cocina, esta lechuga se sacudía las marchitas hojas que la circundaban y pensaba en voz baja: -¡Uf! Menos mal que salí de aquel sofocante invernadero y no cogí un constipado en ese camión frigorífico que me trajo al mercado.

A su lado, un besugo de grandes ojos y un solomillo de buey, escuchaban sus quejas. Ellos también habían viajado en ruidosos camiones que con sus motores de gas-oil, transportaban aquellas ricas proteínas que servirían de alimento a los inquilinos de aquella vivienda.

El ama de casa se quejaba de que la botella de gas-butano ya no tenía suficiente combustible para preparar viandas, por lo que tendría que recurrir a su cuidada vitrocerámica que consumía energía eléctrica.

La familia estaba compuesta por cinco miembros. El matrimonio, dos hijos estudiando en la Universidad, y la mayor ,que el día anterior había pasado un gran susto porque el avión que debía conducirla a Madrid tenía una fuga de queroseno y se temió que pudiera inflamarse. Menos mal que no fue nada más que el sobresalto del momento.

El patriarca de la casa, en un potente coche que consumía 10 litros de gasolina cada 100 km., se había ido a la central térmica de Soto de la Barca, porque el calentador del fuel-oil que alimentaba los quemadores para una mejor combustión del carbón, funcionaba defectuosamente. Él era un mandado, y aunque le tocaba descanso, aquella avería lo obligaba a acudir al centro de trabajo.

Mientras esto ocurría, nuestra lechuga había emprendido el dialogo con el resto de los componentes alimenticios, que esperaban, unos a ser cocinados y otros a engrosar la despensa de la gélida nevera.

Un queso se lamentaba de que el aumento de la temperatura, producida por el vapor, casi malogra la pasta. El fuel-oil de la caldera, no se sabe por qué razón, había subido en calorías en relación inversa al precio de la leche, pues al ganadero le había rebajado 7 pesetas el litro sin causa justificada.

El solomillo les daba una lección de economía porque, como el xato, había sido engordado por los catalanes. Él sabía de estos temas, en  cuanto a cómo hacer algo rentable. Le resultaba incomprensible el hecho de que no se sacara beneficio de los pastos de Asturias. Pero no era de extrañar, porque cuatro patatas, una cebolla, dos ajos, zanahorias y escarola también eran foráneos.

El besugo llevaba largo tiempo restregándose sus grandes globos oculares que, por cierto, le daban una visión de ojo de pez, pero estaban irritados por causa de un producto vertido al mar por un mastodóntico petrolero. Para él resultaba incomprensible que alguien evacuara, en ese inmenso laboratorio de vida, productos cancerígenos que atentaban no sólo contra la vida marina, sino que el propio ser humano peligraba.

La lechuga, que tenía fama de fresca, les expuso a los contertulios sus razonamientos.

Observad: el colectivo humano está compuesto por un número de individuos que viven de su trabajo y no tienen acceso a la riqueza que producen los recursos naturales. O sea, nuestro Planeta, nos brinda de todo: alimentos, energía, aire puro, aguas cristalinas, paisaje y armonía. Pues bien, unos pocos “individuos” –y observad que entrecomillo el nombre- son los únicos que tienen el privilegio de enriquecerse con esos recursos. La masa humana es tan torpe que es incapaz de desparasitarse. La fagocitosis que padece es crónica. Come, come en el cuerpo atacado, pero sin llegar a matarlo porque moriría con él.

El besugo puso cara de tal, porque no entendía a la fresca.

¡Mira infeliz! Los ríos van al mar. Su caudal era de todos los humanos, pero al convertirse en energía, pasaron a ser propiedad de esos privilegiados que, desde tiempo inmemorial, se inventaron el dinero,para que los pobres trabajen para ellos como esclavos a cambio de casa, coche y T.V.; que para más burla, deben pagar carísimos. Los ricos vierten al río residuos tóxicos y ni siquiera aportan una pizca de esa energía para mover los motores de esas depuradoras que nada depuran. Los pobres, es cierto que les ayudan a contaminar, pero es lo único que comparten con esas clases que se llevan las canonjías.

Ya veis, del aceite de piedra, al que llaman petróleo, que está en la Tierra para todos, se lucran siempre los mismos. Extraen gasolina, benceno, bencina, queroseno, gas-oil, butano, propano, e infinidad de productos que el final del proceso, conduce a un residuo llamado fuel-oil, al que siguen sacándole cuantiosas ganancias. Pero no les basta hacerse inmensamente ricos, sino que su ambición los lleva a límites insospechados.

Para transportar por los océanos esos productos que les facilitan el trabajo, construyen inmensos buques, a los que no habría nada que objetar, si se fabricaran con las debidas garantías. Pero es tal la codicia de estas malas gentes, que a corto plazo, acabarán con el planeta Tierra. Solo les queda el consuelo a las masas desfavorecidas, que en la tragedia que se avecina, perezcan también los explotadores del medio. A la costa Gallega, el mar Cantábrico, y posiblemente el litoral inglés llegan los efectos del penúltimo desastre ecológico. Y os digo el penúltimo, porque jamás los ricos y poderosos harán nada para que sea el último. Ellos, desde sus palacios, ven con indiferencia a esos proletarios que se afanan retirando miles de toneladas de chapapote, de esa ultrajada costa, sin poner de sus bolsillo algo de las ganancias que en justicia, eran de todos; porque como se dijo anteriormente, los recursos naturales no debían ser privilegio de nadie.

El besugo, que sí tiene vista de pez, pero poca perspectiva de la realidad, le dijo a la lechuga:
-¡Oye! Todos los seres humanos se aprovechan de esos combustibles! Ya ves que coches, camiones, aviones, barcos y trenes, se mueven en beneficio de todos
-¡Será insensato, zafio, lerdo y torpe este estulto pez! ¿No ves, estúpido, que los únicos que pagan lo que es de todos son el pueblo? ¡La riqueza, como la energía, no se crea! Por lo tanto son los pobres los que la generan y los ricos los que la transforman y, en este caso, sí la destruyen dejando a los infelices trabajadores las migajas o la ración justa para su supervivencia. En fin, como no entiendes nada, para qué seguir. Yo no soy una lechuga disfrazada de demonio para engañar a ese ser al que llaman hombre; que es engatusado y explotado por sus propios congéneres. Lo que sí te digo, es que el mar, o la mar, está siendo devastada por la insensatez y la codicia.

Aquí terminó la perorata aquella planta herbácea y se despidió de los otros añadiendo:
-¡Adiós amigos! Después de pasar por el aparato digestivo de estos infelices, nos veremos en las cloacas, para más tarde emprender un largo periplo hacia esos bellos mares, llenos de inmundicia.

¡Cuán grande es el hombre sentado en el retrete! Hace gala de esa sedente figura con su “Prestigio”, por lo tanto vayan ellos a la m. Y tú, torpe ferreiro, deja de atormentarte y di conmigo: haxa salú.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Melecina casera






19-01-2005
FORXA DE FERREIRO
“Melecina casera”

A medida que uno envejece cuesta más entender ciertas cosas que ocurren en este momento que llaman sociedad de progreso. Cuando yo era un niño (nací en 1942), las cosas no se puede decir que estuvieran bien, pero ahora, mirando aquellas fechas, desde la lejanía del tiempo, uno se pregunta si están bien en la actualidad.

En mi juventud era un gran adorador nocturno de Morfeo, sin embargo, mi culto a ese Dios no impedía permanecer en estado de vigilia las horas que hiciera falta, porque era un noctámbulo que nunca le llegaba la hora de acomodarse entre las sábanas. Trasnochar era un placer que sólo se convertía en martirio en la desagradable hora matutina, que obligaba al cuerpo a adoptar esa postura erecta con la que es más fácil caminar. El reposo de mi cuerpo en la cama llegaba casi a un estado de catalepsia, y de nada servían esos sonoros y molestos ingenios, inventados por una mente retorcida e insomne, que pueden destrozar el miocardio, con el  sobresalto que provoca al aletargado durmiente, la interrupción de su dulce sopor.

¿Por qué pasé de un pensamiento que me conducía a tiempos pasados, a decirles a ustedes que era un gran dormilón?. Muy sencillo: ahora no duermo, o duermo poco. Me priva del sueño estas locuras que cometemos todos. Soy un viejo asustado, además de decrépito; porque mis facultades no me permiten comprender qué ocurre.

En el barrio del Ferreiro, (antes Hospital), éramos, entre niños y niñas, 24 que, aunque harapientos y mal nutridos, jugábamos mucho. La falta de pañuelo, para enjugar nuestro secretor apéndice nasal, lo suplíamos con las cortas mangas de nuestras raquíticas prendas de abrigo.

Como pueden ver, el insomnio me torna pedante, pero sé que sabrán disculpar esta manera de convertir la cuartilla en folio con valor económico, que si no llega al bolso, al menos enriquece el lenguaje.

Decía que allí estábamos, en aquel marginal barrio, una caterva de mocosos. No recuerdo ninguno con alergias, -excepto la de ir a la escuela-.

A Leandro le intervinieron quirúrgicamente para extirparle el  apéndice cecal; a Joselo, que se había fracturado una pierna, se la enyesaron y como el prurito le molestaba, sacó con un alambre el algodón que había debajo de la escayola y así alivió el picor. Una prima mía también se fracturó una pierna. Antonio, un brazo al sobrepasar aquel improvisado trineo, el límite del muro, bajo el que había un desnivel de tres metros.

En el talón de mi pie derecho, entre la tibia y el tendón (mío, no de Aquiles), se clavó el diente de un  utensilio llamado “garrancho” empleado para cavar “cuito” (estiércol). Ese mismo pie se escaldó con agua hirviendo en la caldera de la cocina. En fin, pequeños accidentes que no impidieron que los varones fuéramos a la mili.

¿Cómo nos curaron? ¡Qué tontería!. Como no había hospitales, y los médicos cobraban, nos curaban en casa. Sí, sí, en casa. Bueno a mi prima la curaron en casa, pero fue un traumatólogo de Lugo, el que de redujo la fractura y la enyesó, teniendo como mesa de operaciones la del comedor de mi tía. A Joselo, le arregló el desperfecto el Dtor. Moreda, de Ribadeo. Creo que a Leandro también le rajara hasta el interior del peritoneo, para extraer aquella vermicular víscera, aquel polifacético galeno. A mí me dieron manteca; manteca de cacao, sobre aquel pie que había dejado la epidermis dentro del calcetín. Antonio, el esquiador, tuvo suerte que su padre no le rompió el otro.

¿Qué ocurre en al actualidad, con un hospital en Jarrio, otro en Cangas y lo de Luarca?. Que hacen otro nuevo en Oviedo. ¿Pensarán cerrar los del Occidente, porque ahora no hay 25 niños/as en el barrio del  Ferreiro de Grandas?.

¡Dios santo, qué locura!. ¡¿O estoy loco yo?!. No sé…no sé, pero me temo que todo se andará, cuando la guita no alcance.

Uno, dos, tres cuatro cinco, seis, siete....treinta mil corderos... ¿Dormiré?.

Haxa salú.

martes, 10 de diciembre de 2013

La amasadora del Museo de Grandas



Valdeferreiros es la capital de la parroquia de los Coutos, en Ibias. Allí, desplazándose como unos 600 metros al suroeste, se halla la casa de Perdigueira en la que adquirí una amasadora de la que contaré aquellos aconteceres que me llevaron a conocer el lugar y su estado.

Como es sabido, en el Museo Etnográfico de Grandas se realizaban todas aquellas actividades que un día fueron trabajos propios de esta comarca. Y digo esta comarca, aunque en realidad se llevaban a cabo en todo el país, y fueron desapareciendo paulatinamente, desde principios del siglo pasado. Resalto esto así, porque en las zonas rurales donde se conservó fue como medio de subsistencia, por pura necesidad.

Allá a finales de la década de los noventa y principios de este sacrificado siglo, se llevaron a cabo varias obras en el Museo. Entre ellas la construcción de un horno para cocer pan. Al principio, amasaba la harina con mis manos, pero a medida que mis vértebras lumbares (cuadriles) se resentían, pensé en recurrir a un medio mecánico para la labor. Anduve por diversos lugares,  según oía la existencia de viejas amasadoras. No recuerdo ahora la fecha en que una torrencial y desmesurada avalancha de piedras, árboles y agua provocaron que el regato de la curva, en San Antolín de Ibias, se llevara la pared de la panadería,  arrasando a su paso la parte delantera por la que salió el mobiliario, y creo que entre él, la amasadora, que,  aunque antigua, no lo era lo suficiente para ser instalada en el Museo, pero gracias a esas visitas se me facilitó la información sobre la que aquí nos ocupa. Ésta era de fabricación catalana, e igual en la forma pero de menor tamaño que la de la panadería de José Antonio. Podríamos hablar de aquel destartalado armatoste, pero nos desviaríamos del tema.

En el caserío de Perdigueira se hallaba la amasadora. A unos sesenta o setenta metros de la casa, en una finca semienterrada, se encontraba aquella máquina que después de un desilusionante reconocimiento, esperaba hacerla trabajar de nuevo. Al desmontarla para su restauración y funcionamiento, mostró que su columna central y algunas partes más estaban totalmente carcomidas por la sal que se añadió al agua de amasado durante tantos años. Entre esas partes  estaba el piñón de engranaje con la cuba de amasado. Estas anomalías o desgastes y su mal estado en general, a pesar de haber sido dotada con un nuevo piñón facilitado por Luis Otero Castaño, no permitieron un resultado satisfactorio. Por lo tanto, aquella amasadora marca Turu, fabricada por Juan Turu, en Tarrasa, pasó a formar parte de la exposición “virtual”, que en el muro del banzao [1]del molino, figura para mostrar algunos útiles de la elaboración del pan. Considero bien empleadas las cincuenta mil pesetas más el porte que hube de pagar por el inservible aparato que, aunque no cumple su función, sí es representativo.

Amasadora antes de la restauración.
Hoy, en el horno habilitado para este fin en el Museo, lo único que llegó a cocer fueron torpes ideas, pese a estar dotado de una buena amasadora donada por Miguel Álvarez Magadán.

Otro hecho que también debo resaltar es que el día que nos trasladamos a  ese lugar lo hicimos por la carretera-pista que va a Negueira de Muñiz, Lugo. El camión que usamos para tal fin, tenía instalada una pluma que prestó el servicio de elevar la campana hasta la espadaña, en la Capilla de la Virgen de la Vega, en Seira, cuyo oficiante religioso es el cura de la parroquia de Negueira y otras, Don Ramón, al que conozco y aprecio, y por lo tanto, me alegro de aquel momento coyuntural.

Otro dato, aunque da la impresión de que se juntan churras con merinas, es que en aquella casa había un gran hórreo, casi como una panera. Estaba este cubierto de paja, pero presentaba cierto estado de ruina. Ruina que no es de extrañar, pues su propietario se había dirigido a la Consejería de Cultura solicitando su traslado, dado que el lugar que ocupaba bajo la casa, en el que entre ésta y su emplazamiento (llámese pegollo), podía pasar el carro holgadamente, pero no así un tractor de gran tamaño. Así que aquel mueble estorbaba, pero Cultura, aplicando la torpe ley que prohíbe mover una sola paja, motivó el abandono del mismo. Con esto, y algo de tiempo, el deterioro haría paso suficiente. Espero que fuese sólo el tiempo, pues por accidente, la carga o la rueda de un aparato mecánico, podrían adelantar su calamitoso estado.

Se puede decir que el hórreo era portentoso, pero lo fue también el hecho que en su interior hallé, medio cubiertas de paja, cuatro colchas blancas con una modesta decoración. No es necesario decir que, auque  quedaron en la casa las mejores, yo me di por satisfecho al poder llevarme las otras dos como regalo de la propietaria, por haberles librado de aquel montón de chatarra, como denominaban la amasadora.

Al comenzar a describir los fondos recogidos en uno y otro lugar, recuerdo pequeñas anécdotas que, aún ahora, sentado a esta mesa desde la que escribo estos relatos, me emociona agradablemente el trato recibido de aquellas gentes que,  en algunos casos, de nada me conocían.

En la Porteliña solía parar un rato con Vicente, un gran artesano de la cuchillería, que además era el propietario del Mazo da Porteliña. Si visitabas el mazo, te dabas cuenta que allí trabajaba un artista, que completaba su arte con la conservación de aquel vetusto ingenio; que a pesar de su antigüedad, seguía golpeando el hierro. El retumbar de sus golpes no dejaba a nadie indiferente; parecían salir del centro de la tierra. En el taller que Vicente tenía en su casa, siempre te encontrarías con cuchillos, navajas y todo aquello que era propio de un buen ferreiro. La afabilidad de Vicente era extrema. Su delicada conversación en un tono siempre de voz baja. ¡Qué lástima cuando Vicente te contaba aquellos, para él, secretos del temple, no haber pasado allí más horas con aquel artesano! En fin, Vicente era un ser excepcional, y digo era , porque el hombre, debido a su longevidad, ha entrado en ese periodo senil y ya nada recuerda; aunque según su sobrino Cancelos, de Fonsagrada, todavía tiene esa pizca de picardía que lo caracteriza.

Vicente, tú para mí no eras: serás ese gran hombre del que se siente uno orgulloso de tratar.

Haxa salú







[1] Cubo

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Clásicos populares




Publicado en La Nueva España el 31 de julio de 2002

El día 14 de Mayo de 2002, me desplacé a San Antolín de Ibias para asistir a la “Semana de la Comunicación” y conocer personalmente a Dña. Araceli González Campa y su marido, D. Fernando Argenta. Hacía ya algo más de veinticinco años que yo escuchaba a estos dos personajes en ese querido, y casi diría íntimo, programa de radio que conducen de forma magistral: Clásicos Populares.

No entiendo nada de música clásica. Sólo sé que me gusta. Parece ser que según el estado anímico, ciertos fenómenos pueden embargarte de emoción, y quedas sobrecogido para toda la vida. Eso debió ocurrirme a mí con esta música, vedada para los que carecemos de formación, o nuestro embotado cerebro no llega a captar la belleza de esas melodiosas notas.

En cierta ocasión, cuando en Grandas de Salime aún no había bancos, (de los que con una caja fuerte vacía y sólo con el dinero ganan dinero, con usura como judíos), me personé en casa de un comerciante llamado Felipe para pagar una letra de cambio. El importe de aquel documento fiduciario era mayor que mis económicas posibilidades; por lo tanto mi estado nervioso era manifiesto. El corresponsal de la entidad –a la que no cito por razones obvias- debía estar harto de aplazar, aún más, mis “aplazadas” letras. Aquel día, antes de llamar a la puerta de su despacho, oí sonar música clásica a la que nunca había prestado atención. Después de hacer efectivo el importe parcial de la letra, le pregunté a Felipe, qué música era la que oía en su tocadiscos. Me dijo un nombre que parecía ruso, y que era un concierto para dos pianos.

Años después, Araceli y Fernando, contando de forma tan amena la biografía de los distintos compositores, y en algunos casos la tragedia de sus vidas, me aficionaron de forma definitiva a escuchar de cuatro a cinco de la tarde aquellos Clásicos Populares, que rompían la monotonía de mi tedioso trabajo en aquel taller de chapuzas varias. No es que me convirtiera en un entendido melómano, pero es la música que escucho a diario.

Encontrarme en Ibias, con esos dos personajes y que me fueran presentados por D. Luis Felipe Fernández García, Director del Centro Aurelio Menéndez, fue para mí halagador y emocionante. Tanto es así, que en mi viaje hacia el Centro donde se emitiría el conocido programa de radio, hice varias paradas para recoger flores silvestres, que la primavera nos brinda dadivosa, y se las ofrecí a mi platónica dama  junto con la más emocionada y cálida enhorabuena a esa excepcional pareja.

Hoy, desde este periódico, quiero darles de nuevo las gracias y recomendar a ustedes que sigan desde las 19 horas, esta entrañable música que nos ofrecen estos dos genios, porque descubrirán algo realmente impresionante.

Haxa salú.

domingo, 17 de noviembre de 2013

LÓNDRIGA



Este huidizo mamífero, con los dedos de las patas unidos por membranas,  muy apreciado en peletería, se alimenta de peces. He aquí lo que la hace enemiga de los pescadores. Éstos no se dan cuenta que los advenedizos en el río son precisamente ellos.

 Pues bien, la lóndriga no es otra que la nutria, sólo que en algunas zonas del occidente asturiano recibe este nombre. Hago aquí esta aclaración, porque, al igual que de nombre,  este animal también cambia de naturaleza según las circunstancias y el lugar en el que se halle.

Aunque es de costumbres acuáticas, se cuenta por aquí que si se pesca en el río, sabe a pescado. Por contrario, si la cazan en tierra su carne sabe a caza. Dudo que esto sea así, pero como nunca probé esta carne-pescado, no puedo desmentirlo. Lo que sí les aseguro es que “de lo que se come se cría”, como dice el refrán.

Cuando en esta localidad de Grandas fabricaban queso, y el suero sobrante era desechado, lo recogían muchos campesinos para dar, mezclado o solo, a sus cerdos. Este alimento incorporaba a la carne cierto sabor a vacuno. No es de extrañar que esto fuera así, pues del suero de la leche se extrae a través de un proceso de vaporización, leche en polvo.

Se dice que, antiguamente, en zonas costeras se daba pescado a los gorrinos y aportaba el sabor a la carne. En fin, que todo está íntimamente relacionado, así que podemos ser vegetarianos: el cerdo  come berzas, yo berzas como.

Haxa salú