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miércoles, 21 de noviembre de 2012

MÁQUINA DE FIDEOS


En una pequeña agenda me encuentro unas anotaciones que hice en el año 2006. 

Parece ser que en la casa de Dámaso Villaverde, en el segundo piso, vivía un guardia civil y su esposa. Casi seguro que esto fue antes de la guerra civil, porque más tarde se instaló allí el Sindicato Vertical del franquismo; claro que este matrimonio, como no tengo noticia que tuvieran hijos, bien pudiera ocupar sólo la cocina, la galería y el dormitorio y el Sindicato el resto de las dependencias. De cualquier manera, allí vivieron. Él se llamaba Felipe y ella Constanza. Ignoro el apellido porque mi informante tampoco lo sabía. Lo que sí recordaba era haber visto los fideos que fabricaban, colgados a secar en la galería. 

Con estos datos se me plantea un dilema: la prensa de fabricar fideos que recogí en casa del barbero Dámaso ¿era de él o de este matrimonio? De todas formas, me la donó Manuel Villaverde Pérez, y no tiene demasiada importancia quién fue el usuario de la misma, ya que la certeza con la que un objeto del Museo puede ser documentado, no aumenta el valor museístico de éste. Su función, diseño o utilidad están, en definitiva, por encima de titularidad o propiedad; prueba de ello es que alguno de éstos ni siquiera tenían propietario, ya que fueron hallados en vertederos o abandonados. Claro que esto no impide, como en el caso de esta prensa o máquina de fideos, que expongamos en su ficha todos los datos que van apareciendo.

(En la página siguiente de esta pequeña agenda, hacía la siguiente anotación: aquí dejé la escritura al llamarme por teléfono mi amigo Sandalio Linera Martínez, al que debí acompañar, junto a sus compañeros de bufete que venían de Coruña, a visitar cierto pueblo del concejo de Allande.) 

El encuentro con este amigo propició que ahora sepamos con seguridad la fecha en la que ocurrieron los hechos. 

La prodigiosa memoria de Sandalio, le hacía recordar aquella familia del guardia civil. Estos tenían un hijo llamado Pascual, al que su madre, a veces, llamaba desde la galería diciendo: 
-Sube, Pascualín, que hoy hay tortilla. 
Ahora sabemos que los hechos ocurrieron en la década de los cuarenta, hacia el año 1947 ó 1948. Así que la duda queda despejada, aunque no podemos precisar cuándo se fabricó la máquina, ni tampoco cuándo la adquirió el matrimonio. Así mismo, también desconocemos los apellidos y el lugar de origen de la familia. Estos datos podrían recabarse ,seguramente, en el Cuartel de la Guardia Civil, pero no lo creo necesario. 
 
Sólo nos resta dar las gracias a este amigo.

Máquina de fideos Fecha en que funcionó en Grandas 1947-1948 Donada por Manuel Villaverde Pérez Anteriores propietarios: Felipe, Constanza y su hijo Pascual.

En Grandas de Salime, a 27 de septiembre de 2012

martes, 13 de abril de 2010

Un ferreiro en Paris (2). Suiza

Si mi asombro fue mucho, más lo fue al llegar a Suiza. Aquí, en el nido de los relojes de cuco, ponen el huevo los corruptos de todo el planeta; así los cantonianos helvéticos saben aprovechar el rendimiento económico y tener un país bien cuidado. Esto sirve de consuelo, porque el robo y los paraísos fiscales son algo coetáneo al mundo de los sinvergüenzas.
Peor es que además de hacerse ricos, no cuiden el medio, como ocurre en la tierra que me vio nacer.

Muchos desplazamientos hicimos gracias a Eduardo Murias. Creo, si mal no recuerdo, que en Basilea, en poco más de medio kilómetro cuadrado, tienes tres fronteras. Es como decir que en determinados punto, puedes jugar a dar saltos o poner un pie en Francia, otro en Alemania y girando la cabeza mirar para Suiza; claro que estos casos se dan en muchos países, sólo que este último tiene más dinero y resulta fácil mirar para él (envidia cochina).

El caso es que visitamos Zurich, Berna y aquella hermosa Lucerna donde se conservaba un puente de madera, cuyo pasadizo estaba decorado artísticamente. Digo había o estaba, porque a los pocos años lo devoró un incendio. Claro que el fuego destruyó aquella joya, pero volvió a ser reconstruida y el puente Kappelbrücke vuelve a ser patrimonio de todos los que admiran y respetan el legado histórico, que debe llenarnos de orgullo.

Narrar este viaje por las tierras de la vieja Europa es evocar recuerdos imborrables, porque fue en un momento que resultaba gratificante para un proyecto, no muy concreto, ni afianzado; por lo tanto, encontrarse con algo serio, como se dijo al principio, fue un gran impulso para afianzar las ideas.

Viajamos a través de Interlaken y nos encontramos en Ballenberg. Todo el encomio que pueda hacer hoy de aquel momento, sería artificial. Allí encontré un museo, un Museo sin parangón. Decir que era ejemplar sólo es el dar a entender que mi asombro -sin los conceptos actuales- me produjo una traumática catarsis. Entramos a éste por la parte baja del valle. Un inmenso aparcamiento, hoteles, restaurantes, tiendas y demás dependencias podían conducir a una engañosa artificialidad. Pero ¡ay amigos míos! Poco más habíamos andado que unos 200 metros, cuando aparece en aquel pequeño río un molino harinero. ¡Sí, un molino andante funcionaba! Era de rodezno horizontal, salpicando el agua sus álabes sobre las paredes del “infierno”, como se llama en Asturias al espacio que alberga el mecanismo de rotación. El run run de las piedras, traía a mi memoria aquel otro molino de “Abadesa”, que funcionaba, cuando yo era un niño, en el regueiro de Grandas ¡Me hallaba en Suiza, sin embargo, estaba viendo un molino tradicional! Seguimos camino arriba, y otra vez el alborozo fue mayúsculo: cómo a unos 100 metros del anterior, ¡otro molino giraba!, giraba movido por un rodezno vertical que movía el mecanismo de molturación mediante un engranaje. En ambos casos, esos dos conjuntos ¡todas sus partes móviles eran de madera! ¡Qué maravilla, molinos de verdad en aquel Museo!.

Seguimos caminando y viendo que en aquellos empinados prados pastaban vacas en unos, ovejas en otros, cabras más allá. Todas y las distintas razas de ganado doméstico, formaban parte del conjunto del Museo. Gallinas, gansos, palomas y hasta cerdos, cuya espesa capa de cerdas más bien parecía lana. Llegamos a uno de los pueblos que representaba esa aldea de cualquier cantón Suizo, porque éstos estaban presentes en todo el Museo.

Los oficios y sus talleres aparecían por doquier. El herrero, la carpintería, que magistralmente se encuentra en las construcciones. Llegamos a una casa donde sus inquilinos fabricaban queso; podías comprar 0'50 ó 50 Kg, si lo querías. En otra, con gran humareda, se curaban chorizos y carne de cerdo en abundancia. Por cierto podías adquirir hasta huevos de pita; tan defenestrados por nuestras autoridades sanitarias. Una señora tejía, mientras otra manejaba el telar. Por mucho queme extienda narrándolo nunca llegará a reflejar aquella realidad. Allí no estaba representada por esa realidad virtual tan en boga, en la actualidad, en nuestros paupérrimos museos.

Suelo contar que si estuviera en Suiza, hubiera sido apreciado; pero claro, en ese hermoso país, no dejan hacer los museos a los ferreiros.

Volví por segunda vez a verlo en compañía de Gonzalo Morís; el Presidente de Sociedades Asturianas en Basilea y con Carlos Rubiera. Me imagino que hoy será tan idílico como yo lo conocí.

Al regreso del primer viaje, cuando devolví el cargador y la cámara que había manejado Salvador Rodríguez, se me ocurrió visitar al Consejero de Cultura, Dn. Manuel de la Cera. Lo hice de manera informal, irrumpí en su despacho sin previa solicitud de visita y le espeté: “levanta el culo de la silla y vete a ver cómo son los museos por Europa” Creo que no le pareció bien mi osadía. Sin embargo, los hubo peores; es algo así como “detrás vendrá quien bueno me hará”.

Querido amigos, así fue como llegó un ferreiro a París, y quedó gratamente sorprendido al ver aquel Museo en aquel país Helvético que no era una quimera como el de Grandas de Salime.
Haxa salú, porque “cosas veredes” dijo el Quijote a su escudero. Mi lesionada rodilla siguió cuarenta y cinco días más escayolada, y hoy pretenden maniatarme y amordazarme.

Pues eso, haxa salú

martes, 6 de abril de 2010

Un ferreiro en París (1)

Hace muchos años, tantos como unos veintitrés, visitó un amigo el Museo Etnográfico de Grandas y me obsequió con unas diapositivas que había hecho en un museo de Checoslovaquia. Para poder visionarlas, pedí un proyector a un colaborador y disfruté de lugar, viendo que había sitios que eran realidad, y no la fantasía que albergaba mi cabeza. Cierta mañana, de un domingo, nos reunimos dos o tres amigos para ver aquélla maravilla y entre ellos, estaba el que fue médico de familia Dn. Eduardo Murias Siñeiriz. Como se pueden imaginar, fueron, por mi parte, muchas las alabanzas que hice de aquel lugar, ante lo cual me dice Eduardo: ¿Por qué no vamos a ver museos por esos países de Europa? Así que contesté: No están a la vuelta de la esquina. Sin embargo, este obstinado médico me ofreció, además de su compañía, su coche para realizar aquel mítico viaje. Y digo fabuloso porque se fraguó en ese instante ir a países de la Europa que contaban con museos dignos de mención. Así que cogimos el montante y para allá nos fuimos cinco amigos; unos a los museos y otros al mercado del coche de ocasión. Aquella expedición estaba formada por el Sr. Alcalde, José Cachafeiro, Salvador Rodríguez, un amigo ya fallecido llamado Arturo y los susodichos: galeno y el ferreiro, porta-cargador o improvisado museólogo.

Como no podía ser de otra manera, desde que se fundó el Museo de Grandas, Salvador fue cámara, regidor de filmación escénica y demás cargos sin remuneración.

El mismo día de la salida, y unas horas antes de la misma, me había fracturado en la rodilla menisco y ligamentos; pero como estaba bajo la férula de médico, éste la inmovilizó mediante un vendaje, que junto a cierto gel solidificador, dejó mi articulación rígida y lista para emprender el museístico e ilusionante periplo. Claro que aquello no impidió otros cuarenta y cinco días de pétreo escayolamiento.

Recuerdo, después de pasada aquella frontera de Irún, un país al que nunca alcanzaríamos. Si señor, la Francia era distinta, nada se parecía, por suerte para los gabachos, a nuestro hispánico terruño que atrás dejábamos. Así, anda que anda , o más bien corre que corre en el raudo coche, llegamos al París. Allí, allí se vio un ferreiro, en el París que bien vale una misa, cuan filibustero de pata de palo, con el cofre cargador de baterías al hombro. Visitamos el Museo de Louvre, y como no, el de Artes y Tradiciones Populares, instalado por aquel en el Bosque de Boulogne. Subimos al último piso de la Torre Eiffel, al último piso pero no al restaurante. Pasamos por Maxims; porque en este lugar no está prohibido pasar delante de su puerta. Los Campos Eliseos, Arco de Triunfo y cruzamos el Sena por no sé que puente. Salvador filmaba con aquella aparatosa cámara algunos lugares. Por cierto, en el Museo de Louvre, fuimos a ver a una dama rodeada de japoneses; diría más bien asediada. Cuando logramos, al fin, llegar hasta ella, no era más que un cuadro, protegido por cristales blindados, que nos “blindaba” una triste sonrisa ¡Pobre Gioconda! No es más que una una mujer lisa y llanamente ¡y no tan mona como dicen!; lo siento por Leonardo. De todas maneras, que quieren que les diga: me sentí como un importante ferreiro, ante una obra de arte, que era diminuta, para haber salido de las manos del gran da Vinci.

Después seguimos rumbo al germano país para ir hasta Düsseldorf, a través del nocturno recorrido por la autopista que cruza Bélgica. Digo noctívago, porque sabíamos por la hora, que ésta correspondía en el tiempo y el espacio a esos momentos en que el sol ilumina la otra parte del globo terráqueo. De no ser así, resultaría difícil discernir la noche del día, puesto que aquella vía, se hallaba profusamente iluminada con potentes focos, cada cien o ciento cincuenta metros. Luz, luz a raudales, producida por energía eléctrica, y consumida en un país en el que no había centrales que la produjeran; mientras en mi país, Villarpedre, el pueblo donde había nacido mi madre, carecía de luz eléctrica y estaba situado a tan solo 5 Km. de un gigantesco salto eléctrico llamado Salime; que por cierto, el pueblo que le dio nombre, tampoco la tiene en la actualidad. Paradojas de la justicia social, que priva a unos para que otros malgasten superfluamente.

Llegados a la ciudad de la ribera del Rhin, allí nos instalamos en un hotel español, al que nos había conducido Mario Sánchez, que era emigrante. Era este amigo conductor de un coche de un alto cargo de Correos. Conocía bien Alemania y por eso oficiaba de cicerone para indicarnos las direcciones adecuadas. Desde allí fuimos al Museo del Pan, en la Baja Renania. Visitamos a un conocido, director de un museo de etnografía, llamado Robert Plotz en Kevelaer que me dijo: ¡pero Pepe ferreiro, ¿no te había dicho que llamaras por teléfono si venias a mi país? Fuimos también al Museo de Neanderthal, porque en España nos quedaba más cerca nuestro pasado primitivo. ¡Ah!, sería por eso que me llamó mucho la atención lo cuidados que estaban los bosques y los parques en los que los árboles eran además autóctonos . ¡En fin, cosas veredes querido Sancho!

sábado, 23 de enero de 2010

Historia de dos fisgas (1)

Dije que no quería aburrirles con mis relatos sobre los fondos del Museo pero van a disculparme esta tendencia, porque como comprenderán, lo que trato es de documentar éstos. Si además sirven para que su entretenimiento no sea de tedio, mejor que mejor. De todas maneras, si es de hastío lo lamento. Vayan pues estos datos.

Hace bastantes años, un amigo que se llamaba Manuel Lougedo y era conocido como Louxedín de Vilarmayor -ya fallecido- al ver a fisga que yo había expuesto en el Museo, me dijo que en su casa había una. Mejor dicho no en su casa, sino en un pajar-bodega que poseía en Sanmayor. Este lugar está ya muy cerca del río Agüeira, afluente del Navia. Allí había quedado escondida, hacía muchos años, dado que el pescar con fisga estaba prohibido. Como es de suponer, Louxedín me narró la parte de la historia que él desde niño oyera contar a su padre y al abuelo. Se da la circunstancia que un hermano de su padre había emigrado a Cuba a finales del siglo XIX. Después de años en la antillana isla, vuelve este emigrante a su pueblo natal, entre 1925 y 1930. Una noche, después de la cena de los roxois, que se celebra con motivo de la matanza de los cerdos, y muy de madrugada, sale de la casa del vecino donde había sido invitado en compañía de unos amigos. Era al parecer en el mes de diciembre y la luna llena iluminaba toda la aldea. Nuestro personaje obligado a la diáspora, recordó con nostalgia aquellas noches que en su juventud, y acompañado de alguno de aquellos contertulios, bajaban a “sacar” algún salmón al río de Sanmayor, como era conocido en el pueblo; porque los ríos, se conocen en cada lugar por el nombre del pueblo o caserío por donde pasan. Y ahí tienen Ustedes que bastó el comentario del “cubano” para que se organizara la expedición de pesca. Parten ladera abajo desde la aldea, para llegar hasta el cauce de aquellas aguas donde el teleósteo y plateado pez daba fin a su periplo vital. Recogieran un trecho antes, en la bodega, la fisga y empezaron las tentativas de lance. Aún no llevaban media hora de acecho en la despejada noche, cuando son divisados aquellos iridiscentes destellos de los salmónidos. En uno de estos brillantes y rápidos movimientos, lanzó el “gallego” de cuba su fisga ¡y cual no sería su sorpresa que aquella fatídica lanzada hizo presa en los dos salmones, que frezaban y fueron pescados!

Concluye así la historia de la fisga de Louxedín. La que le sigue es breve.
Haxa salú

viernes, 22 de enero de 2010

Ceboleiro

Hace menos de media hora saludé a unos amigos que lógicamente viven en Avilés. Digo lógicamente, porque los habitantes de Grandas están en cualquier parte de Asturias, excepto en donde nacieron. Antes del saludo, y a cierta distancia, les pregunté si venían buscando tierra para el ceboleiro, por esa cuestión que esa parcela era lugar muy apreciado. Tanto que el mejor lugar de la casería, cerca de casa, se dedicaba al cultivo de hortalizas. Nunca se le llamó “hortaliza” o “huerto”, porque el horto era el lugar donde se plantaban las berzas. Así que el ceboleiro le quedó como nombre genérico de todos los cultivos; entre éstos la cebola, que aquí pierde una ele y hacen llorar las capas y capas de tierra inculta. Hoy no hay problema para un ceboleiro de frutos con desprotegidas capas.

De vez en cuando el saludo de aquéllos obligados a la diáspora reconforta.

El más joven en la consulta del médico andaba por los setenta.

Haxa salú (más o menos)

jueves, 21 de enero de 2010

Fisgas

Para alternar con los ditos populares, seguirán las fisgas a los chuzos. Y es que curiosamente, este tema es para seguir fisgando como “curioso” en las armas arrojadizas. Y aunque este fisgar sólo es para dar a conocer las fisgas, que las incluimos en las artes de pesca, creo que merece la pena la curiosidad. O séase que bien o mal el juego de palabras no tiene más sentido que engancharlo, figuradamente, en las fisgas. ¿Saben el cuento de la buena pipa que…? Pues eso, pues eso ¡Y miren Vs. Ms., que no les voy a contar todos los detalles sobre su adquisición, para no extenderme demasiado! Y por cierto, sin fisgar: ¿Es V.M. de las personas que no le queda tiempo a leer? ¡Entonces para qué empezó! ¿Por fisgar? Pues ahora, por fisgón lea, lea. ¡Y si no, a husmear a otra parte! Sabe que fisga también significa burla, que con cierto arte se le hace a una persona. Se acabó, ahora va ya en serio.

La fisga se la define como un tridente de tres púas, con muerte; que son esos pequeños ganchos que lleva en cada diente, similar a los anzuelos, para impedir que una vez clavados en el pez, éste se desenganche. Como se puede comprobar, en la colección de la que forman parte en los fondos del Museo Etnográfico de Grandas de Salime, esta descripción no se ajusta a la realidad, porque aunque si aparecen algunas de tres, las hay de cuatro, cinco, seis y siete púas. Es llamativo que el número de siete se repite en muchas de éstas. Me imagino que por cabalístico, pues si fuera por efectividad, el guarismo aparecería reproducido en cualquiera de las otras, Hice hincapié en este detalle porque algunos visitantes del Museo suelen llamar tridentes a las fisgas, sin tener en cuenta el número de dientes; creo que por esa cuestión mitológica del tridente de Neptuno y las aguas. Desde luego esa asociación no es del todo descabellada si se tiene en cuenta que la fisga es un útil para la pesca del salmón (salmo, -onis) en los ríos.

La técnica consiste en desplazarse a la orilla de un río salmonero, una noche de luna, armado con la fisga, mangada tal y como aparece en la fotografía. Hay que tener en cuenta –aunque no se dijo- que los salmones deben estar en plena acción amorosa; es decir, en la freza, que es el momento en el que la hembra deposita sus huevos en el fondo arenoso del río, y el macho con los suyos los fecunda. En esa procreadora danza, tanto el macho como su abnegada compañera, dejan ver sus plateados abdómenes, que delatan su situación; momento que aprovecha el pescador para lanzar su fisga y quedarse con el final de la cuerda que está atada al mango. Lo que ocurre es que si V.M. quiere ver la barriga a los salmones, tendrá que desplazarse a un río de Canadá, porque en los de Asturias ya casi no quedan.

Puede parecerles cruel y desagradable esta forma de pesca, sin embargo, se practicó durante siglos y siguió habiendo salmones. Por lo tanto, nuestra trasnochada sensibilidad ecológica deja bastante que desear.

Con el fin de que siga "enganchado" a la fisga, y para los que no “quieren caldo, taza y media”, les contaré en otra entrega, historias de fisgas y salmones.

Haxa salú.

miércoles, 20 de enero de 2010

Otros refranes

“En xineiro tantos allos nel alleireo”.
Como no resulta fácil colegir qué dice aquí sobre “os allos”, me extenderé un poco. Aunque me llama la atención que aquella frase, que en el lugar en el que se dice, tenga fácil comprensión, y sin embargo, haya que explicarla, como si se tratara de un complicado dialecto, jerga o jerigonza ajena a nuestra tierra. Esto me hace recordar cierto chiste que cuenta un amigo sobre el idioma francés: Que al vino le llamen “vin”, ¡bueno! Que a la mesa “table” ¡bueno! ¡Pero que al queixo, que se ve que é queixo! ¡que ye chamen “fromage”

Disculpen Vs. Ms. estas licencias que me tomo con Ustedes; pero es que a medida que voy cogiendo confianza, se acentúa o se ve mi mala educación. Pero cada un é como é.

Volviendo al huerto sobre el que va el tema: allo, es el ajo, y alleiro el lugar donde se siembran ajos. Aunque debiera decir plantar, porque los ajos, se les separan los dientes y éstos se plantan separados unos quince centímetros entre sí, en cada surco. El que se diga: tantos ajos plantados como días de enero, no debe entenderse de forma literal, sino que a partir o en este mes, se puede proceder a su siembra- plantación. Cultivo, que por cierto, no necesita grandes cuidados. Sólo mondar (quitar malas hierbas) a mano, nunca con herramienta.

De las aplicaciones del ajo ni hablamos, porque como dicen franceses e ingleses: en España todo sabe a ajo. O el escritor Dn. Julio Camba que dijo en su popular “Cocina española”, que el ajo aquí se usaba con tal profusión, que más bien parecía para espantar brujas.

Haxa salú

martes, 19 de enero de 2010

Cuento de chuzos

(Atendiendo a la petición que Roberto me hizo a través de un comentario suyo en la crónica “A brosa”, paso a relatar la siguiente)

Resulta que el que solicita describa los chuzos, es descendiente directo y lógicamente voy a complacerle porque era él muy niño cuando conseguí esas primeras armas. Baste decir que hace tantos años que ni siquiera había Museo en Grandas de Salime, y es posible que él jugara con esos pilum. Cuando visité Navia de Suarna por primera vez –de eso hace unos treinta y cinco años- me presentó Benito Caramés, a un amigo que tenía en dicha villa. El patronímico era Calvo, creo que por su apellido. Este industrial de la madera había descubierto que cargar su carroceta con muebles antiguos era más rentable y, con menos esfuerzo, que cortar árboles en el monte. Así que dejó esta tarea a los obreros y él se dedicó al lucrativo negocio de anticuario. Camiones cargados de todo tipo de antiguallas partían de ese hermoso pueblo, anejo a los Ancares, con destino a Italia, Francia y otros puntos de nuestro país. Calvo, vendía también al por menor; pero debía de tenerse cierto cuidado con sus mañas de pícaro comerciante, pues te podía vender una pistola o un arcabuz como antiguo y ser una réplica actual; sometida al envejecimiento, colocándola entre la sal y más tarde en la tierra. Pero sí era cierto que tenía de todo y todo era vendible para él. Si te dejabas engatusar te saldaba la Tizona del Cid, por poco dinero. Les digo que conmigo lo intentó, y la toledana espada era cierto que portaba ese nombre grabado en la hoja; lo malo es que el cromado estaba impecable. Al margen de esta anécdota, fue allí donde adquirí los tres chuzos. Claro que para esto me interesé por una figura ecuestre, de calamina, del caballero andante, Don Quijote, y una pieza de cerámica, para restar importancia a lo que en realidad deseaba adquirir. Aún así, en el remaqueo por tales menudencias le dije que había que incluir aquellas “lanzas de ferreiro” que había en el rincón. Accedió, pero para ello hube de aportar otras 1500 pesetas de entonces, que junto a lo anterior eran casi mil duros. Recuerdo con cierta agudeza a este personaje; ya fallecido el hombre en un accidente de tráfico. Fue chuzón, pero él no hacia las tizonas.

Los chuzos consisten en armas en forma de pincho o de bayoneta, que son ofensivas o defensivas. Eran utilizadas también para la caza. Son de acero y tienen un alojamiento para un largo mango de madera, que le da forma de lanza. Es de suponer que fue una de las primeras armas, aunque en otro tiempo, fueran de piedra y después de bronce. Los pilún o jabalinas romanas siguen apareciendo en los yacimientos arqueológicos. Si quieren ver algunos visiten el Chao de Samartín, en el pueblo de Castro.

Los chuzos de los serenos recuerdo que los vi en Madrid en el año 1965. Por cierto, el sereno era de Cangas; recorría la calle San Marcos, y fue también el primer sereno que conocí.

La pica o lanza, la usaban los soldados de infantería y hay un dicho popular que siempre llamó mi atención:”poner una pica en Flandes”; que no sirve para nada, clavándola en la tierra sobre su ofensiva punta. Algo como lo que quiso hacer el de Greenpeace en Copenhague, sin darse cuenta que Flandes quedaba más abajo, y que a los que contaminan no les tose nadie. Donde sí hay unas enhiestas lanzas es en el cuadro de Velázquez. Pero lo de Breda, se queda en eso: “pintar como querer”, porque magnánimos no creo que fueran los españoles. Otro lugar donde, al parecer, se clavaban erectos los chuzos, era en un cepo colocado estratégicamente a la entrada de las iglesias o templos. Tampoco me parece que fuera con el fin de que los fieles se mostrasen inermes ante el clérigo; no, más bien serían por si había cierto disentimiento con él o los oficiantes.

Las armas las carga el diablo: ¡Coloquen, coloquen de sobremango (quien la empuñe) a un botarate! Claro que hay otras armas más ofensivas: ¡Sitúe a alguien detrás de un facistol, un micrófono, déjenle redactar un periódico o manejar una redacción de TV y verá! (Los del otro atril, son esos que en campaña prometen y dicen gobernar).

Sigamos con el tema del chuzo; porque chuzón no es un chuzo grande, sino el astuto, ladino o taimado, que suele ser más peligroso. Así que miremos hacia el pasado.

Perdida en la noche de los tiempos la historia de guerras entre humanos, llegamos a la conclusión de que los que fomentan la destrucción o aniquilación de las capas más desprotegida, son individuos que incitan a ese ingenuo grupo. Es tal su evolución en conseguir la manera perfecta de matar, que el chuzo inventado para cazar, lo convirtieron los inductores a la guerra, en un arrojadizo venablo. Fue tan efectivo, lanzándolo los combatientes al unísono, que las hordas atacantes llegaron a crear la frase: “caen chuzos de punta”. Claro esto lo dijeron los que quedaban entre los espacios donde no cayeron chuzos. Los demás que ganas les iba a quedar de decir frases célebres. Miren Ustedes como sería, que los romanos, que fueron unos estrategas muy inteligentes, para evitar las tormentas de chuzos”, inventaron la táctica de poner los escudos de paraguas, -cuando aún no existían los paraguas- y le llamaron “escudo”, o la “tortuga”; porque debajo se “atechaba” la centuria. Aquel caparazón de cuero o metal, guarecía hasta una legión. ¡Claro! ¡Cada romano llevaba un escudo! Bueno, el caso es que nadie sabe muy bien porque cuando llueve mucho, o diluvia, se dice “llueve a chuzos” Para mí que la nueva frase data de cuando se consiguieron esas perfectas formas de despanzurrar a la gente; los ejércitos se volvieron blandengues, y a las gotas de agua les dieron en llamar chuzos. Son además, tan refinados, los que promueven las guerras, y con tan sofisticados medios, que desde un sofá y mediante un teléfono “rojo”, pueden activar armas, que algunos llaman de destrucción más IVA. Debe ser el impuesto de reconstrucción, incluido en el misil.

Tampoco debe extenderse uno tanto con el origen de esas frases, porque al fin y al cabo, los chuzos eran para cazar ¡Y vaya cataplines que había que poner, para esperar con la jabalina, apoyada en el suelo, a que se ensartara en ella la jabalina, o su compañero el jabalí!

Este cuento se lo pude haber contado a Roberto cuando era pequeño; pero cuando es uno joven estos detalles pasan inadvertidos. Pero también pudo ser que careciera de importancia para él. De niño no hay tiempo para nada. Lo malo es que sólo se da uno cuenta desde que se envejece.

Haxa salú.

domingo, 17 de enero de 2010

Más refranes

“Por Santo Antón de xineiro, da el sol en todos os regueiros”.

Como se suele decir: “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Por eso aquí se hace necesario matizar algo sobre este refrán de Santo Antón.

San Antonio Abad, como es sabido, es el patrón de los animales y su onomástica se celebra el 17 de enero.

Debe sentirse muy satisfecho por el aumento de los que están en el grupo de los racionales. Aunque es posible que sólo sea debido al incremento poblacional. De todas maneras, cierto deporte y los políticos, fomentan que los ignaros racionales proliferen. Y no tomen en cuenta esta opinión, como suelo reiterar, porque es posible esté equivocado y sea yo el indocto.

Decía que a partir de Santo Antón, da el sol en todos os regueiros. Esto no es cierto, porque las zonas umbrías tardan mucho tiempo en recibir la benefactora acción de los rayos solares. Y díganmelo a mí, que nací en ese barrio del Ferreiro, donde lo que sí entra bien es la xelada. De las “luces” ni hablemos ¿Se nota mucho?

Veamos otro refrán:

“En xineiro vota obreiro, pa sebe non pa parede. Non é porque sea pequeno el día, é que tá a pedra fria,”

Su significado se basa en el frío; por lo tanto “hacer pared” no es lo más indicado. Pero, ¿qué es la sebe? La sebe es un cierre perimetral de una finca o heredad, hecho con materia vegetal, a base de estacas y ramas. Aunque este nombre lo recibe también el seto; sólo que en éste la materia vegetal la componen arbustos vivos: zarzas, espinos, salgueiros (sauces) e incluso plantas de mayor porte como son el freixo (fresno) castaño, acebo y roble, que la continua poda, dirigida a que sirva de cierre, les obliga a un crecimiento limitado, porque se impide su desarrollo normal. Se cercenan todas aquellas ramas que van hacia arriba y a los lados, excepto aquéllas que son obligadas a extenderse longitudinalmente a lo largo del seto.

Tratemos ahora ese tipo de cerramiento que recibe el nombre de sebe usado en las fincas dedicadas a prado; también en los cultivos de centeno y trigo en el monte, que recibían el nombre de siaras y restrebas, de los que hablaremos en su día.

Este tipo de cierre era muy usado para cercar los cultivos citaos, en los tiempos que el ganado menudo (cabras, ovejas) pastaban por los montes. Al mismo tiempo impedían que las vacas y caballos accedieran a esas fincas dedicadas al cultivo del cereal. Consiste en estacas o troncos no muy gruesos, clavados en el suelo, entre los que se va formando una trama de ramas y varas delgadas que forman un compacto entretejido. Cuando los postes usados eran de salgueiro (sauce), si el terreno era fértil o con tierra abundante, solían arraigar, o como se dice en el occidente, aprender. Estos pequeños arbustos se convertían en seto si la humedad del suelo era adecuada, sino se secaban con el estío. En Inglaterra se siguen conservando estas formas de cierre. Como se pueden imaginar el trabajo era arduo, sobre todo si tenemos en cuenta la cantidad de materia vegetal que era necesario reunir para cercar una finca de una fanega de siembra (2500 m2 aproximadamente).

Con estas descripciones se hace materialmente imposible abarcar los distintos temas a que dan pie las costumbres populares; pero iremos con el tiempo, desgranando algunos para darlos a conocer. Es posible que cuando mejore ese tiempo hablemos de paredes, porque los días van a más; a más “luz”.

Haxa salú

martes, 12 de enero de 2010

A Brosa



AGENDA 2006



-Hola., buenos días, son eo, a brosa.


-¿Cómo? ¿Quién habla?

-Eo, eo, a brosa

-Pero no puede ser, ¿desde cuándo un objeto inanimado puede hablar?

-Desde siempre. Todo, todo lo que hay en la naturaleza habla. No importa si es vegetal animal o mineral. Hablamos todos; a nuestra manera, pero sí transmitimos sensaciones y mensajes, que el ser humano no capta porque vive inmerso en sus quehaceres, mezquindades e intrigas.

-¿Ah sí? Pero eso es animismo; la doctrina de Stahl, que considera el alma como principio de todas las cosas, o fenómenos vitales. Él como médico, se dio cuenta que en todo hay vida.

-Claro por eso yo soy brosa y comunico mi existencia por medio de mi composición atómica. Si no fuera así mis átomos se desintegrarían y ¡hasta luego, Lucas!

-Pero al margen de esto ¡qué puede ser o no! ¿Tú qué eres? Porque te presentas como ”brosa”; me hablas en el gallego del Occidente asturiano, al presentarte; contestas a mis preguntas en castellano. ¿Puedes explicármelo, o ser más explícita?

-¡Cómo no! A brosa é el meo nombre. El falar galego o castellano, é por motivo da diglosia. Quere decir esto que nas zonas con bilingüismo, imponse el que é oficial sobre el minoritario-mayoritario.

-¿Cómo, cómo? Si es minoritario no puede ser lo contrario.

-Sí, home. Muy sencillo: el castellano é oficial, el galego de aiquí non, y é mayoritario.

-Creo que queda claro así. Exprésate en el oficial que llega a todos los asturianos por igual y así cortamos el tema.

-¡Cómo que cortamos! ¡Cortarei eo, que son brosa y falo!

-¡Cuidado con lo del falo, que puede dar lugar a mal entendidos!

-¡Oye el pijo aiquí eres tú! Eo non falo del falo. Falo por que falo! Y falar, hablar y parlar é lo mismo. Y ahora corto.

-Me refería a suspender el tema, sobre el uso de dos lenguas en esta zona de Asturias.

-De acuerdo, pero repito, corto eo, que son brosa.

-¿Qué es una “brosa”?

-Una brosa es un útil de trabajo que sirve para cortar. Estoy hecha de acero, en parte, puesto que en este país, el hierro y el acero se entienden como dos metales distintos. Sin embargo, el acero, es un hierro endurecido mediante aleación de otros productos que sería largo de explicar. La brosa que te habla, que soy yo, fui hecha o fabricada en un mazo; concretamente en el Mazonovo de Santalla de Oscos. Viendo a un ferreiro darme forma parece sencillo pero es complejo.

Primero se forja en una pletina o yanta ancha y gruesa, de 20 cm. de largo, según el tamaño que se desee sea la brosa, en su parte central, hasta dejarla de unos 4 ó 5 líneas (los ferreiros en esta zona llaman líneas a los milímetros). Después se sigue forjando los extremos hasta darles forma de cuña trapezoidal; doblándola a continuación por el centro, sin que se junten los extremos de las cuñas o trapecios. A continuación hay que forjar otra pieza. Ésta sí debe ser de aceiro (acero) por ser la boca de corte. También asemeja el trapecio, pero con cuña por ambas partes del mismo. Éste se inserta en el encaje de la primera pieza, y es a partir de aquí donde voy tomando forma de brosa; o lo que en castellano llaman hacha. Pero claro, estas dos piezas deben consolidarse entre sí, para lo que han de pasar por un proceso llamado “calda”. Esta calda no es otra cosa que unir, por medio de la soldadura el conjunto. Dicho así, en el siglo veintiuno, con los modernos sistemas de soldadura, parece algo tan sencillo, que no plantea ningún problema. Pero hete aquí que la cosa es más compleja. Soldar el metal, mediante el calor del hogar de la fragua es arduo. Aquí es donde el ferreiro muestra su pericia, porque “caldear” es, además de sofocante, un arte. Cómo será, que hasta Belcebú, que conoce bien todo aquello relacionado con el fuego, en cierta ocasión que andaba por esta tierra de buena gente, no quiso decirle a Martín, el ferreiro, como se caldeaba el hierro; porque era para él una desconocida técnica. Sin embargo, el ferreiro, que por pelear con fuego también era algo diablo, se las ingenió, para descubrir el bien guardado secreto del demonio. Para ello recurrió a una argucia, que consistió en mandar a un niño, al que llamaban Farruco, que corriera por el pueblo diciendo: ¡Martín caldeo, Martín caldeo! Él que oyó esto enfurecido exclamó: ¡terra ou barro ye botou! Así fue como Martín, el ferreiro, aprendió a caldear; pues la caldea consiste en calentar las dos piezas en el fuego, hasta que se funde la superficie en ambas y luego con un rápido martilleo, sobre el yunque, quedan unidas entre sí. Después se rematan las imperfecciones, se afila y se le da “trompa”; que no es otra cosa que calentar el acero y enfriarlo con rapidez para que se endurezca. La técnica de templar es complicada, porque después de endurecido, se calienta ligeramente para que no sea tan frágil y se rompa, al golpear el corte en la madera. Después de terminada se le coloca un mango en el hueco que quedó al doblar la pieza, que se le llama “ollo” (ojo), y ya tenemos la herramienta terminada. No sé si entendiste todo el proceso de mi fabricación; pero lo importante de mi forma y función, es el servicio que presté como útil de trabajo.

-Me imagino que sí; que en una sociedad en la que la tecnología era totalmente desconocida tus prestaciones serían extraordinarias.

-No es una cuestión de vanidad o ponderar excesivamente mi función; pero poco hay en la colectividad campesina, en la que mi actuación no ha sido importante y primordial. Incluso como arma, también decidí batallas puesto que mi existencia es anterior a la espada. El hacha o mi evolución desde la de piedra, bronce o la actual de acero.

Haxa salú

viernes, 8 de enero de 2010

A cruz de os probes

Al citar "a cruz de os probes" no me refiero aquí a la penuria que arrastra el mendigo o el probe “d´po las portas”, como eran conocido el necesitado indigente en esta comarca. Ni tampoco a los que sin necesidad de ser mendicantes, estamos en ese grupo de los que con poco nos vamos arreglando. Y cuando aquí se dice exiguo, es comparándolo con lo que ganan aquéllos, que con nuestro salario anual, no les alcanzaría para un día en la suite del lujoso hotel.

No amigos. Aquí la cruz de los pobres es algo material. Es la cruz de madera que había en las aldeas que prestaba un servicio a la equidad. La igualdad a todos los vecinos, para que la caridad fuera impartida con justicia. Y la verdad es que parece mentira que lo que debiera ser altruismo o generosidad, tuviera que ser regulado por un símbolo de la religión católica, para evitar que los que más tenían, se escabulleran del compromiso. Y aún así, escurrían el bulto pasando el compromiso a sus aparceros o caseros, que en definitiva también eran pobres.

Les narro estas cosas antes de referirles en qué consistía la misión de esa cruz; que aunque a mí casa nunca llegó, mi padre, Benino el ferreiro, acogía a todos aquéllos necesitados que demandaban auxilio. Allí nunca les faltó comida y posada.

No escogí el tema por ser Navidad, sino que como viene siendo costumbre, recurro a los fondos del Museo para mis crónicas. Y tampoco como un servicio al mismo, sino para que quede escrito y explicito, si así se le puede llamar.

En las aldeas o pueblos, y no así en el centro de las villas, “os probes de polas portas” llegaban al atardecer a aquellas casas en las que sabían podían pernoctar en la calidez de la cuadra en el invierno, o en la mullida hierba seca del pajar en verano. En la villa buscaban estas posadas en los barrios marginales, porque en ellos encontraba la caridad; sentimiento solidario, que a veces no era otra cosa que sentirse satisfecho del propio destino, que el duro trabajo les aportaba a los que se veían en mejor situación que el indigente. Poco importan los motivos o la causa que los originaba; lo cierto es que el menesteroso obtenía sustento y el cobijo que en otra parte no encontraba. Sin embargo, esto daba lugar a que aquel continuo deambular de gentes sin techo, se convirtiera en una carga para algunas casas del vecindario. Para evitar este trastorno, estaba la cruz de los pobres, que era la señal de que en la casa en la que se hallaba depositada, habían dado posada al necesitado. De esta manera, el mendigo pasaba a la siguiente casa portando la cruz. Si se daba la circunstancia que había solicitado posada o refugio en cualquier casa, en la que no estuviera el lábaro, debía dirigirse en el vecindario a la poseedora de dicho distintivo, donde lo dirigían a la que estaba obligada por vez o por turno.

En el Museo contamos con algunas de éstas, que cumplieron con esa función. Lo grave es que ahora en los pueblos no queda a quien pasar la cruz, pues en el barrio en que nací hay más de diez viviendas vacías y aunque no conocí –como dije- esa forma de acoger al necesitado, nunca faltaron en el lugar los desamparados. Por cierto, esa gente que tendía la mano ahora casi no la ve en los pueblos, porque ocupan las calles de las ciudades, y para evitarla miramos a otra parte.

Haxa salú

jueves, 7 de enero de 2010

A Guillada

Crónica publicada en el año 2006 en La Nueva España.

Suelo seguir los documentales de la 2 en TVE, y fue precisamente de uno de éstos de donde surgió el razonamiento. Hace ya tiempo que me llamó la atención la docilidad de los elefantes indios para el trabajo. Sus cuidadores (Kornak) los entienden perfectamente y son conducidos con maestría. La vara (ankus) que usan para guiarlos está rematada por un gancho en forma de hoz. Un día descubrí su utilidad e incluso comenté ésta con el personal del Museo (Arturo y Antonio) pero nunca se me ocurrió dejar escrito este descubrimiento, que aunque parece pueril no lo es tanto.

La guillada, que tantas veces manejé, y que sirve para aguillar diseño, pero he aquí el estudio comparativo con el ankus usado en la India para los elefantes.

Si esa vara larga con aguijón, sirve para picar los bueyes o las vacas, que (aguijonear) el ganado, es posible que no despierte mucha atención por su sencillo forman la yunta, tanto si el que guía, está delante o detrás de la misma, es una herramienta adecuada (aunque cruenta).Pero veamos ahora que ocurre si nos situamos delante: Para que una de las reses ande más o se dirija a la derecha o a la izquierda, se aguijonea o pica en el cuello y casi siempre por el lado interior; puesto que el exterior no queda a mano, si tenemos en cuenta que el que chama o guía, debe seguir la marcha de la yunta. El animal, al sentirse agredido, tiende a separarse del pincho que le inflige el daño, por lo tato, muchas veces el resultado es negativo y la vaca o el buey tiende a irse en sentido contrario. Sin embargo el ankus indio curvado en forma de gancho, permite picar al paquidermo en lado opuesto al que se pretende siga la marcha. O dicho de forma más sencilla: para ir a la izquierda, picar a la derecha y viceversa.

Llama mi atención que un artilugio tan sencillo no diera lugar a razonamiento tan simple y haber llegado a un modo más ingenioso de lograr un fin con menos daño. Siento no haberlo pensado cuando en las labores agrícolas, no éramos excesivamente amables con nuestras vacas. Éstas además del esfuerzo, debían soportar el aguijón. Llega tarde el remedio, aunque también era agudo.

La guillada solía ser en la casa una prenda, que como tal, formaba parte de los enseres de la misma, por lo tanto era algo muy personal de cada campesino; no por su valor, sino que era tenida como esa especie de talismán que trae buena suerte. Su pérdida o rotura ocasionaba un trastorno, pues se creía que con su desaparición se iba la “manilla”, o la buena suerte con el ganado y éste podía enfermar o las vacas abortar. Estos trastornos también se asociaban a la cuerda con la que se llevaba la res al mercado. Sin embargo si el campesino se embriagaba en la feria y perdía la guillada no importaba tanto. Debía de ser algo así como cuando en un arrebato, rompía ésta de un golpe sobre el lomo de la vaca. Se todas maneras ese halo esotérico si lo tenía.

Las guilladas debían buscarse de varas sin imperfecciones. Es decir brotes derechos, sin nudos y presentarán uniformidad en toda su longitud. No importaba si para escogerlas había que desplazarse kilómetros, tanto es así que con el fin de contar con buenas guilladas de avellano, roble o castaño se dedicaba, en algunas casas, un día determinado, para que uno de sus miembros hiciera esta labor. Las varas de acevo y carballo no eran muy requeridas, puesto que si se golpeaba una res con esta madera, parece ser que perduraba la marca del golpe durante mucho tiempo.

Las ferias de septiembre y octubre, en las que se vendía sobretodo las varas para varexar (varear) castañas, no faltaban entre éstas quien traía un paquete de guilladas; portadas casi siempre por un hijo o cualquier familiar, y eran vendidas en feria.

Dicho esto puede parecer que los campesinos tenían la guillada como un báculo sagrado y de perfectas formas, pero no es así, pues entre éstos había muchos en que un retorcido palo, recuperado incluso del montón de la leña, era todo su ornamento como ganadero. Claro que a veces sus vacas no desmerecían la guillada.

Guillada................Gallego de Asturias
Guiá, guiada.........Llingua
Agijada.................Castellano

Es posible que el nombre sea aguillada y que de ahí derivase el nombre en castellano aguijada. O por error éste pasase al castellano al transformar el artículo “a” (la), en gallego: a guillada. Fuera así o no, siempre oí el nombre guillada; aunque algunos la llamasen aguillada. Lo mismo que se dice trae el carro, a pala o a forqueta. De todas maneras esta da lugar a esas digresiones sin importancia, que en la actualidad mantiene, desde la Academia de la Llingua, los filólogos que desean uniformar los bables de Asturias.

Haxa salú

sábado, 26 de diciembre de 2009

Retrete

Julio del 1997
Hoy, el escatológico título, por su relación con las deposiciones, deyecciones o excrementos, (que los médicos llaman escíbalo, cuando la masa fecal se presenta dura y seca); que además tienen otro nombre que Ustedes y yo sabemos, le hará pensar que por ahí va el tema. Sin embargo, no haga ningún mohín, que pudiendo ser, de todo es bueno saber. Y si no, deje el periódico, o el artículo, para cuando vaya al escusado.

Si conoce el Museo de Grandas sabe que aquí tratamos de recuperar todo aquello, que en tiempos no muy lejanos, fue una forma de vida. Por lo tanto, esa dependencia de la casa, llamada retrete, cuarto escusado, servicio, letrina o water-closet, -porque lo inglés suena culto y más fino- recientemente se incorporó a esta casa

. También sabrá que este Museo, se haya ubicado en la que fue la casa del cura.

Desde el año 1942, vivió Dn. Antonio Valledor, párroco de esta villa, en esta desvencijada vivienda. Este erudito y rechoncho sacerdote, dedicó su vida al culto y a la lectura. Su intelecto le aislaba de lo que podían ser comodidades, o necesidades elementales, excepto la de comer, pues fue un autentico tragaldabas. No le preocupaba reposar sus más de 130 Kg. en la tabla con tronera de la que estaba formado el asiento, para adoptar la sedente figura, que lo aliviaba fisiológicamente. Por desagracia, aquel retrete se había deteriorado totalmente, y el arquitecto encargado de la restauración del edificio, no entendió o no quiso dejar, al menos, el local acondicionado para que pudiera instalarse, de nuevo el retrete, y en su lugar quedo emplazado un tubo de PVC, como si de un inodoro moderno se tratara.

Aún en la década de los setenta, pocas viviendas contaban en esta zona con ese higiénico cuarto. Puede parecer tercermundista, pero así era. En las que lo había, consistía en una pequeña dependencia, al final de un pasillo; o en un corredor en el exterior donde se colocaba un asiento al que se le practicaba un agujero semi-elíptico en comunicación con la cuadra, o con un compartimento, en el que se ponía paja o cualquier otra materia vegetal. Era necesario retirar periódicamente, el estiércol que se acumulaba en aquellas letrinas.

El que se instaló en le Museo, tiene incorporado unos cómodos apoyabrazos. En una de las visitas que realicé al Museo de Balen-Berg, en Suiza, pude comprobar como ya, en el siglo XIX, solucionaban el problema de los purines y detritus humanos, recogiendo éstos en grandes toneles de madera, instalados en unos robustos carros, construidos para ese fin. Con estas cubas, se trasladaba aquel abono orgánico a las tierras, y era usado como fertilizante; lógicamente antes de la siembra.

Haxa salú para que nuestras necesidades fisiológicas -sean de carácter superior o inferior- nos proporcionen la satisfacción, y el cálido placer del buen defecar, o la placentera micción.

23 de diciembre de 2009

Sigamos 12 años después con la descripción.

Como entonces se dejó el asunto tratado, sin entrar a describir otros utensilios utilizados para el fin que nos ocupa, citémoslos ahora para que sean conocidos.

Al igual que la rara circunstancia que hubiera esos cuartos escusados en las casa, también eran desconocidos otros asientos equipados para tal fin. Puede añadirse que al orinal, bacinilla, bacín, perico, tito, beque, dompedro, dondiego y en definitiva todos estos útiles con distintos nombres, podían ser extraños en muchos hogares de la zona rural. No digamos nada de los denominados “dompedro” porque éstos sólo estaban asociados a las clases acomodadas; o lo que es lo mismo: la burguesía. Pero de las circunstancias de ciertas pasadas costumbres que pueden llamar nuestra atención, creo que se debe citar aquellos defecatorios colectivos, que datan ya de época anterior a los romanos y perduraron hasta casi el siglo XIX. Consistían en letrinas o cuartos escusados, provistos de un largo asiento con varios huecos desde los que se defecaba. Esta social costumbre permitía seguir el tema iniciado en la mesa, sin que la necesidad fisiológica lo aplazara o decayera su interés. En la actualidad es posible que prestaran un gran servicio a la afición futbolera.

Comencé el tema citando a Cervantes y ahora vuelvo a recurrir a él para dar sentido a la etimología de algunos nombres. Nos habla Dn. Quijote de la vasija de servidor al que llama perico. Parece ser que en las posadas, si se pedía “servicio”, te facilitaban el bacín o perico, que era usado para las deposiciones mayores. Con el fin de que no quedara el mal olor en el aposento, éste era retirado por el servidor. Es fácil deducir que ricos asientos, tapizados de cuero e incluso de terciopelo, figuraran entre el mobiliario, -tal y como los que hoy forman parte de os fondos del Museo- a los que sólo era necesario aportar el receptáculo de los excrementos. Creo que así resulte fácil deducir que “dompedro” derive del susodicho “perico”.

El bloguero que pidió hiciera un comentario de ese tema, solicitaba que recurriera al sarcasmo de Quevedo para desarrollarlo; por lo tanto recurro a él, y sea pues de norabuena, que el autor del Buscón, cargue con los “palominos” que manchen el texto, y allá él si hiede.

Siempre observé que los servicios de señoras, en los establecimientos públicos, están limpios. No es que yo los use, pero a veces su situación permite, de soslayo, echar una ojeada a esos recintos. Sin embargo los de caballeros son inmundas letrinas en muchos casos. Allí algunos desaprensivos se comportan tan incívicamente, que para colmo dejan huellas de todo tipo. Por regla general, denotan su poca educación en los escritos; donde el lenguaje soez y el mensaje caligráfico, reflejan la catadura del amanuense personaje. Pero no es de estos grotescos escritos, de lo que a fe mía y por honor, dejaré aquí constancia. Sólo doy noticia porque son otra deprimente muestra de la baja estofa, que pulula en una sociedad cada vez más inculta.

El estilo fino y culto de Quevedo y Cervantes, no llegó a las masas populares. Cuando se plasmaba o relataba alguna de sus historias, eran relatos que la transmisión oral fuera deformando, por eso es fácil entender que frases o versos escritos en los lugares citados, fueran o parecieran ingeniosos. Me refiero a aquéllos anteriores a 40 ó 50 años. Es más, si en algún momento se pudieron considerar vulgares, nunca lo fueron tanto como en la actualidad.

He aquí algunos de aquéllos:

“Lo que se compra en la plaza y se guisa en la cocina
Viene al fin a parar a esta …oficina.”

“En este lugar de la casa frío y mal oliente,
empuja el más cobarde y se ca… el más valiente”

“Ca… el cura, ca… el Papa
y sin ca… nadie pasa”

Bueno, pues nada más. Después de esta muestra de ingenio popular, que algunos tímidos poetas, sólo se atreven a mostrar en lo que es fácil, sea su único lugar de inspiración.

Haxa salú

1- Retrete del Museo
2- Inodoro y bacinillas
3- Dompedro ¿perico?
4- Es posible se tratase de un improvisado dompedro para un enfermo.
5- Bacinilla, bacín, orinal…

martes, 15 de diciembre de 2009

Calefactores envases

¿Es posible que sólo viva uno de recuerdos? Creo que estos temas sobre el Museo me retrotraigan tanto en el tiempo, que alteren en sentido negativo, la oscura masa gris de mi cerebro. Seguro que llamar oscura a la materia encerrada en el cráneo es acertado. No recuerdo el nombre del científico o filósofo que dijo que era una da las vísceras mejor protegidas y en la más completa oscuridad. En mi caso, añado aquí ceguera, atraso y abstracción. No por nada, sino por aquello de que se niega a expresar lo que recuerdo con nitidez. ¡Y vuelta! ¿Qué importa esta vieja y limitada cabeza?

Siguiendo con esas pequeñas cosas que guarda el Museo, digamos que sólo el recuerdo de lo necesarias que fueron, era motivo suficiente para comentarlas y describirlas. Permítaseme también que el relato vaya acompañado de cierto escalofrío, producido por el recuerdo de estos útiles en los gélidos días invernales, en los que eran usados.

La casa en que nací esta situada en el bario que hoy llaman el Ferreiro. Su orientación hacia el nordeste hace que su parte posterior quede hacia el sur; en la que la ladera del monte llamado el Coto, impide la entrada del sol en el invierno. Este barrio, por consiguiente, es la zona más umbría y fría de la villa de Grandas. En esa estación del año, en que las xeladas y la niebla calan hasta los huesos, era normal ver los cristales de las ventanas con esos artísticos dibujos, que las bajas temperaturas imprimen en su condensación interior. Las mañanas se convertían en suplicio al tener que abandonar el cálido lecho. Pero: ¿qué había ocurrido la noche anterior para llegar a ese cobijo de blancas sábanas? Que el tormento había sido mayor, pensando en cómo acceder a la fría cama, en la que se percibía hasta la humedad de aquellos tejidos. De poco servía que en la planta baja la fragua del ferreiro hubiera caldeado durante el día ligeramente la estancia superior. Por lo tanto, cuanto más se alargase la permanencia cerca del hogar de la cocina, más se alejaba en el tiempo el momento de acostar el aterido cuerpo en el lecho.

Como algo providencial a esa duda estaban los elementos que servían de caldeo a la cama; que no era otra cosa que una botella con agua caliente. Esta agua, de la caldera de la cocina, debía cuidarse no excediera su temperatura a la que soportaba el vidrio, pues de lo contrario podía romperse y su contenido derramarse por el colchón, el cual no era fácil secar en el invierno. Todo el que era propietario de una botella de cerámica de ginebra, era afortunado, pues la radiación calorífica y duración era mayor. Había también otro sistema que consistía en calentar un ladrillo y envolverlo en un paño. Y lo que fue un verdadero avance en cuanto a su rendimiento, es la conocida bolsa de goma, que cuando tenía la funda de fieltro, era sentirse gratamente caldeado en las sábanas. No había en la zona los famosos calienta-camas de otros lugares, sólo el envase de latón que me dio un amigo figura entre esos elementos de caldeo.

La técnica consistía en ir empujando con los pies la improvisada estufa. Como es natural imaginarse, la posición al cobijarse entre las sábanas era de contorsión fetal; y la cabeza además de plegada sobre el pecho, debía permanecer tapada con las mantas, para que aumentase el “confort” la respiración. Sin embargo, de vez en cuando la sacaba uno ligeramente, para aspirar el refrigerado oxígeno del cuarto.

Haxa salú, y disculpen Vs. Ms. el silencio de este cainzo.


viernes, 4 de diciembre de 2009

Descubrimiento

Hace aproximadamente veinte años, y en uno de esos viajes a donde comienza Somiedo y termina Belmonte de Miranda, me encontré en casa de Lolo, en Aguasmestas, el calienta pinzas de hacer la permanente. Allí lo tenía Evangelina, en una esquina de la entrada a su bar-tienda, como un elemento decorativo. A pesar que tenía la tapa bajada, vino a mi memoria aquel artilugio que de niño había visto en la peluquería de Leonor, en Grandas de Salime.

No podría asegurarlo, pero desde luego aquello se parecía mucho a aquel vago recuerdo de la niñez. Es caso es que al levantar aquella cubierta, quedó ante mis ojos algo que me resultaba tan conocido, que no daba lugar a la duda. Manuel Menéndez Hidalgo y su esposa me informaron que había sido de Carmina, hermana del citado y que había ejercido ésta de peluquera, y era la causa por la que se encontraba en su casa. Tiempo después la adquirí, y hoy se puede ver en el Museo Etnográfico de Grandas.

Como se haría largo contar la historia de las otras piezas, que acompañan en la peluquería, a esta “Eva Española”, y servían también para rizar y ondular los tupés, que debían dar gracia al peinado. Digamos que se trata de pinzas que son calentadas en infernillos de alcohol y algunas eléctricas.

Hoy que forma parte el conjunto de la muestra, carece de importancia su adquisición, pero en su día fueron significativos y transcendentales los hallazgos; que es posible no perduraran en el tiempo si no fuera esta circunstancia.

Espero no haberles aburrido con mis ilusionantes recuerdos, que se materializaron con el paso del tiempo. Lo de dar vueltas al buche, tirabuzón, caracolillo o rizo es defecto. También tienen otro nombre la falta. ¡Y basta ya!

Haxa salú

martes, 1 de diciembre de 2009

Permanente

Este título puede conducir al error. Nada permanece, todo muta, nada es constante. Sólo en la adolescencia y en a juventud nos parece que todo es estático, que no se mueve, y eso lo convierte en perenne. Sin embargo, en la vejez se perciben esos cambios, esas mutaciones, como si fuera la metamorfosis de aquello que nos rodea y no captábamos. Creo que sólo el otoño, con la caída de la hoja, nos hace conscientes de esos cambios. Y aún así, el paso del tiempo nos muestra que el tronco del árbol ha cambiado. El tropismo que obliga a la planta a seguir al sol, la transforma, y sólo lo percibimos cuando las estaciones de nuestra vida, ya trascurrida, nos lo muestran. Algo parecido a intentar ver el movimiento de las agujas del reloj, que inexorablemente se mueven (a pesar que el tiempo no existe)

Bueno amigos: hasta aquí llegué para decir que la senectud hace mella. Mella, en el físico y en la mente, como no podía ser de otra forma, la transforma neurona tras neurona. Quiero decir que va quitando esquirlas; fragmentos tan grandes de esta grasienta materia, que se le olvida lo que realmente quería contar. Por lo tanto, describamos lo que es Permanente. Aunque como soy consciente de la extensión excesiva que aquí se hizo de lo pasajero, dejaremos para mañana la Permanente.

Haxa salú.

jueves, 1 de octubre de 2009

CONFIDENCIAS. ALTO SECRETO

Desde que pasa medio siglo ya se pueden desclasificar los contenidos de los temas de “alto secreto”, sin temor a que su conocimiento desestabilice el sistema. Mantener un secreto de cualquier índole puede acarrear un problema de conciencia; o el remordimiento acaba haciendo mella en el estómago, y por lo tanto evitaremos la úlcera haciendo público lo reservado.

Los lugares y los nombres son ficticios. Cualquier concomitancia con la realidad es pura coincidencia; sólo la obra es real, junto con la desafortunada participación en tan infausto atentado al medio ambiente.

Como decía, hace ahora casi cincuenta años, nos fue encomendada la construcción de una central hidroeléctrica, en un hermoso paraje de nuestra geografía. Para llevar a cabo el proyecto recurrimos a una estratagema de la que nadie sospecharía. ¿Además quién iba a sospechar de un ferreiro, y de aquel centro de operaciones en la fragua de un taller, en el que secretamente llevábamos a cabo la construcción de componentes y mantenimiento de maquinaria? Allí, en las Lleras, en un idílico valle, urdimos las tretas más rocambolescas para que nadie se diera cuenta de nuestros trucos. Digo nuestros, porque lógicamente participaron en aquel plan, más personas; que cumplían al pie de la letra, con las funciones específicas de su trabajo, pero ignorando el fin. De este modo la táctica a seguir fue la siguiente: en un recóndito lugar de un imaginario río, al que llamaremos Pigüeña, dispusimos tres equipos de esforzados y rudos trabajadores que comenzaron un túnel. Aquella oscura boca, se adentraba en la montaña, hacia un desconocido destino, que el teodolito de los topógrafos marcaba. De manera simultánea los equipos sincronizados de la Bustariega, Llamoso o Tiblós, avanzaban en esos hipotéticos valles, en uno u otro sentido hasta encontrarse, después de años perforando las entrañas de la montaña. A veces silícia y otras en las que oscuras cavernas amenazaban con caudalosos torrentes. Estos manantiales entorpecían la labor, pero nada detenía a los técnicos alemanes y a los expertos de obras subterráneas. En un lugar desconocido al que llamaremos Sant-Iago, cerca de La Riera, construimos un gran sifón o tubo, que comunica ambas laderas, y recogía además la aguas de una vetusta central del año 1940; que es movida por el fluido de un supuesto río, al que daré el nombre de Somiedo.

Mientras se llevaban a cabo todas estas obras, y para no despertar sospechas, que vinculasen el propósito destructor, comenzamos a 25 Km. aguas abajo, en un llano paraje, donde se ubicaba la nave de la fragua, otra mastodóntica obra. Consistíó en perforar la montaña, para comunicar el exterior con una gran cámara, en la que se instalarían las hidráulicas máquinas, extractoras de energía eléctrica. Una carretera o túnel de más de 300 metros, conduce al interior de la faraónica sala, en la que ronronearían aquellos alternadores eléctricos traídos de una Grenoble ciudad francesa. Mediante una vertical chimenea, también de 300 metros de altura, se conexiona en Santafartalla, esta secreta tumba con los túneles que desde somedanos montes cruzan ocultos y sigilosos el belmontino paisaje. Nada hacía conjeturar, que la larga cripta, escavada en los subterráneos suelos, tuviera un nefasto objetivo.

Aunque en un principio mantuvimos el secreto, sólo fue para evitar la alarma social que suscitaría privar a los habitantes del valle pigüeñes de su río.

Porque verán Ustedes: Una vez que el ignoto túnel quedó terminado se procedió, mediante azudes en los cauces a desecar éstos y enviar el agua aquel estratégico lugar, para ser comercializado el producto de su energía y vendido más tarde a un alto precio. Aquel taumatúrgico acontecimiento dejó seco el lecho de un hermoso río que cruzaba un paraje inigualable y un Belo-monte. Hoy es posible que usted lo descubra, si pasa por allí en época de estiaje. Los cantos rodados de lítico y duro pedernal que antes enseñaban sus blancos lomos (hoy verdes de algas); mostrándonos, como si tratara de mesozoica época, la huella de lo que un día fue cauce de aguas pobladas de truchas y salmones. Menos mal que las Pigüéñicas aguas, devuelven su ecológico cauce al Nar-cea, 30 Km. abajo de donde fueron secuestradas; constreñido su libre y espumoso fluir, por esa tétrica y artificial caverna, que ahoga su ruidosa turbulencia invernal y nos priva de sus cantarinas aguas en primavera.

Fue tal mi remordimiento que nunca volví hacer otro salto hidroeléctrico. ¡Lo grave es el daño que un obrero, mal pagado, puede hacer!

Haxa salú.

P.D. Se hizo público ahora, porque hace pocos días salió una noticia en la Nueva España que decía se habían reunido algunos técnicos para celebrar los cincuenta años de la construcción o inicio de una central hidroeléctrica. Cualquier relación con este hecho es pura coincidencia.

martes, 29 de septiembre de 2009

Latín e historias de Somiedo


No suelo llamar viaje de explorador ni de turismo a mis desplazamientos a la raya de Belmonte con el concejo de Somiedo. Allí voy por una cuestión que el paso del tiempo impone a las obligaciones filiales de mi esposa y porque me gusta. Aunque en ese trascurrir de los días todo sea relativo, según José de “techada”. Es este José de Casa Alba, de Aguasmestas, un joven y optimista nonagenario, al que su edad no le impide endulzar la vida para que su nivel de diabetes se mantenga dentro de los límites aceptables; ingiere con buen apetito un buen pote, y disfruta con fruición del clarete leones. Su cabeza alberga un cerebro en el que la sinapsis neuronal sigue activa y por lo tanto sus constantes vitales son las propias de alguien que no sobrepase los 50 ó 60 años. No ha mucho decía, con sorna a sus descendientes que “había que cuidase porque tamos haciéndonos viejos”. Con José pasas el tiempo oyendo relatos de otras épocas, que él conserva puros en su memoria.

Lo cito aquí porque en estos dos concejos la gente y las costumbres se irán con ellos, y esos signos de decrepitud manifiesta.

Hace una temporada paré en Pigüeña a charlar con Luís López y su esposa Servanda. Allí fue contándome ese ex-ganadero-agricultor-hostelero-chigrero-transportista, los múltiples avatares por los que pasó su padre Antonio y su socio José López para mantener activa la Fábrica de Pigüeña. Era esta fábrica una “planta” para producir energía eléctrica. Contaba la pequeña central también con un molino, y estuvo activa hasta la década de los 60. Hoy, dice Luís que sus ruinas simbolizan lo que será Somiedo dentro de20 años.
Durante el diálogo, Servanda, me dice sí quiero ver un mureiro o moreiro que hiciera Paco el de Corés. Nunca había oído ese nombre, pero aquello me sonaba a latín. Efectivamente, era derivada la palabra de la vieja lengua romana, Mus, muris, raíz de ratón, por lo tanto mureiro debía ser la trampa para cazarlo; que en Grandas llamamos rateira. Dicen también que el gato ta murando cuado éste acecha el ratón pa cazalo. Sí no hubiera sido el hecho que en el Museo de mi pueblo, ya hay algunos artilugios de este tipo, a este matrimonio le iba a resultar difícil conservar su mureiro.

Sigo camino y en Corés, paso a saludar a Benino, otro locuaz personaje que muy bien puede pisar su sombra. Socarronamente, desgrana historias de autoría desconocida. Dice que un vecino, compara a los buenos políticos con los ranchinos o bracos; que son la cría de los porcinos. Éstos, como todos sabemos, goran o gruñen mientras no cogen una teta; después de asida se acaba la protesta.

Pero en somiedo, como decía, se conserva todo muy bien. Tanto es así que en casa Rafael, de Pineda, hay un pisón de escanda un tanto peculiar. La muela volandera, se le hace girar mediante un cigüeñal que se acciona a mano. Es tan vetusto el artilugio, o su sistema, que en el siglo XVI Juanelo Turriano ya lo describe. Este ingeniero italiano que trabajó en la corte de Felipe II, y debió de perder el croquis en esta montañosa zona somedana. El molín de Rafael y el mureiro de Luís, casi que taban bien nel museo de Somiedo, para que no corran la misma suerte que la Fábrica de luz.

Como dicen los somedanos: esto tá cazano , si el cocido o pote tiene poca grasa o patatas. Así que dejemos el tema por si tiene poca gracia.

Haxa salú, aunque esté grevio (poco molido o basto)

sábado, 19 de septiembre de 2009

Hovos y sapos

Este título sugiere algo muy distinto a cojinetes, que por concomitancia con aquellas frases populares repetíamos como aciertos, cuando sólo eran vulgarismos. Una de éstas era la que decía que “bombín es a bombón, como cojín es a X”. Quiero decir que los nombres que reciben n´a fala d´aiquí, objetos y oraciones gramaticales, poco tienen en común con la traducción al castellano, aunque el gallego sea la raíz de este último.

Pero bueno, no es cuestión ahora de filología, porque aunque la regla de tres sea directa, es indirectamente inversa al asunto que nos ocupa.

¿Qué es hovo y que es sapo, si incluso ambos son la misma cosa? Aunque parezca un juego de palabras así es, pues ambos son una cosa u otra según el lugar que ocupen en el mecanismo del molino. Y de molinos va el tema, porque de sus cojinetes o quicios de éstos, trataremos para que gire. Para dar vueltas la muela y no sacar de quicio el argumento, y sí, que el quicial, sea el giro que abra la ventana, que de luz al hermafroditismo funcional del hovo que es sapo o el sapo que es hovo.

Lógicamente cuando comencé a instalar el Museo recogí materiales o fondos de todo tipo. Si bien es cierto que muchos años antes ya había recuperado algunos. Sin embargo respecto a cojinetes de molino no había tenido la suerte de dar con ellos. Esto es posible que fuera debido a que su uso aún seguía activo. El caso es que a partir de 1983, los encontré de todo tipo, como verán Ustedes. Pero centremos la atención en qué consisten, para a través de su función identificarlos, por su nombre y por la materia de la que están compuestos.

Hovo, sapo, peón y peonera, aguillón y porca; o también buxa y rangua, son los nombres que recibe en la fala occidental, en asturiano y en gallego.

Por su naturaleza o material del que están hechos haremos tres grupos: Líticos, bronce y acero.

Así que ahora vayamos al lugar y función que ocupan en el molino.

El rodezno o rodicio que mueve la muela de este milenario artefacto es impulsado por el agua. Se apoya para su giro en ese cojinete ya mencionado, compuesto por esas partes que reciben los nombres citados. Para entender esos nombres debemos trasladarnos en el tiempo, porque si no carece de sentido el significado.

Sin la más mínima duda los primeros molinos de agua giraron sobre cojinetes de piedra. He aquí que para lograr ese movimiento se recurrió a un pequeño canto rodado de río parecido a un huevo que gira sobre el sapo. El sapo, en gallego, es una pequeña concavidad en una piedra que está alojada en el travesaño (ponte) que sustenta el eje vertical del rodezno y la muela. El material, por regla general cuarcítico (ferreal), resiste la fricción porque lo lubrifica y refrigera el agua que salpican los alabes o pelas del mecanismo hidráulico. En este caso los dos elementos son independientes y no existe esa conjunción o esa dualidad de función que citábamos al principio y que da lugar a confusión. Pero veamos la causa:

Cuando es usado el bronce para este fin, surgen cojinetes de diversas formas. Entre éstos aparecen dados y conos. Se ve que en algún momento un hábil ferreiro se le ocurrió combinar ambas y así logró que el cojinete sirviera para dos funciones en sus posiciones distintas cada uno: dos como hovo y cuatro como sapo. Por lo tanto, ese sencillo y andrógino diseño permitió al molinero disponer de doce posiciones para que su arcaico rodezno girara por un tiempo, que no se puede precisar son exactitud.

Los de acero imitan a éstos, pero se ve que no eran tan eficientes, a juzgar por lo limitado de su uso. Y ya para dar así por terminado el tema, digamos que el nombre de buxa, viene de peón o peonza que es el nombre en gallego recibe este juguete, fabricado con madera de boxe (boj). La rangua, que como se deduce es el sapo o porca, nadie me informó de dónde deriva este nombre: por lo tanto dejémoslo como una curiosidad no recogida en ningún tratado de etnografía.

Hace tres años en Santa Lucía, Gran Canaria, en las II Jornadas de Observación y Gestión de Patrimonio, fui a visitar a un gran amigo y consumado artista en cuanto a la elaboración de cestería con enea, paja de centeno y corteza de zarza. Allí Dn. Juan Ramírez, me mostró su pequeño museo y su arte en el oficio. Pero mi sorpresa fue grande cuando descubrí que usaba para compactar las fibras vegetales del fondo de sus taños y balayos, un cojinete de molino, de bronce en forma de cruz. Al ver que me interesaba por él me lo regaló. Lo llamativo de este diseño, hizo que en el aeropuerto me consideraran, en el control, miembro o mosén de alguna extraña religión. Como pueden ver en la fotografía la conjunción del sapo (dado) y la cruz, sobre la peana que imita la muela se han convertido en alegoría o símbolo del molino. Al fin y al cabo, misticismo o culto a comer pan en tiempos pretéritos.

Considero oportuno citar aquí un famoso fundidor de hovos y sapos natural de Vegadeo, que era conocido por el apodo de Fernando el “dos potes”, porque este hombre tenía una fundición en esa localidad en la que fabricaba potes e incluso reformaba motores de gasolina a gasoil. También conocí a Cesar, de Sarceda, Santalla de Oscos, que fue un consumado fundidor. En Grandas de Salime, hubo dos molineros que fundían los cojinetes para sus ingenios de molienda: Severo, del Mazo y Jesús Carvajal, de Aviñola. De este último es posible que un día narre su inquietud por la electricidad y el comienzo de fabricación de una dinamo.

Haxa salú.