22 de abril de 2010
FORXA DE FERREIRO
“Reconocimiento”
José Mª Naveiras Escanlar
He sido vejado por mis semejantes.
Lo grave es que el daño me lo infligieron los de la misma especie.
Frases parecidas a la que encabeza esta crónica las escribí en esta misma agenda; lo doloroso es que la afrenta siempre vino de los semejantes. Claro que al pertenecer a la misma especie, pude haber sido tan injusto como uno más. No sería lo mismo que me hubiera mordido un perro, me diera una coz una mula, sufriera la terquedad de un jumento, me pinchara una abeja, o la víbora me inoculara su ponzoñoso veneno; porque cualquiera de estas acciones sería el reflejo de la autodefensa o la tozudez del irracional. Claro que la agresión o la cornada de la vaca viene a veces propinada por la zoomorfa figura humana. Quiero decir, que la conducta y los peores golpes son los de tus semejantes. Esto, dicho así, puede parecer que proviene de alguien que no rompe un plato y se queja del trato; pero como pertenezco a la especie, haría mal en excluirme de esos daños.
Hace años, creía que un país era el reflejo de los que viven en él. Lógicamente, ésta no era una imagen agradable que aquel espejo me mostraba y por tanto, pretendía cambiarla. No reparé en que al hacerlo podía hacer daño a mucha gente y me comporté mal. Mal porque hoy, vista la realidad, recapacitas y me doy cuenta que para este viaje no hacían falta alforjas.
Puedes golpear y ser golpeado, pero al final te das cuenta que cada sociedad es producto de cuestiones ajenas a ti. Si el poder es injusto pagarás las consecuencias; porque éste es “injustamente” ingrato. El tiempo y la vejez mostrarán tus errores e enjuiciarás los del prójimo, que a fin de cuentas, no es más que un pobre espécimen aunque esté en la política.
Después de morirse el Caudillo, fuimos un día dos amigos a visitar el Chao de Samartín. Nos acompañaba el entrañable Manuel Barcia Monteserín. Gracias a la amistad que me unía a él, nos permitió hacer una cata en su finca, después de cosechadas las patatas. Excavamos una vivienda y en ella aparecieron infinidad de fragmentos de cerámica. Ni hubo rigor científico, ni tampoco nos preocupaba esta descontextualización de aquellos materiales arqueológicos. Aún así, emprendimos un viaje a Oviedo, y dimos parte del hecho en la Universidad. Al cabo de unos años, comenzó la investigación y se transformó ésta en los resultados que muchos de Ustedes conocen y de los cuales dejé constancia en muchas de las crónicas, que se publicaron en este periódico.
Fue anárquica, e incluso podemos tachar de saqueo aquella actuación, pero lo que sí fue producto de la buena voluntad, que sólo perseguía dar a conocer lo que hoy lleva el nombre de Castro Chao Samartín. La actuación no sería buena, pero tampoco la considero tan desacertada. Éticamente cumplimos con lo que creo era nuestro deber.
Ahora vemos lo opuesto. Lo científicamente reprobable, censurable y que debiera ser duramente sancionado por la ley.
En la Campa de Torres, en Gijón, se encarga a un equipo la excavación del yacimiento. Se nombra director y subdirector del mismo a unos señores, que no voy a nombrar. El primero fallece y el segundo, como buen representante de quien lo había nombrado, se inhibe del caso; oculta el producto de lo exhumado y como recompensa, se le asigna la dirección de un Museo, que ni él ni quien lo nombra habían creado. Entra como un desaprensivo en el mismo y niega al fundador y responsable hasta sus efectos personales. Se comporta como el más grosero de los personajes, retirando con brusquedad de mis manos efectos personales, y dice que el inventario del citado Museo no está hecho. Junto con la responsable de Cultura, deja caer que hay dinero oculto y una dudosa contabilidad. Se confabula con un intrigante alcalde y entre ambos dan a entender que hay un Museo Etnográfico en Grandas de Salime, gracias al buen hacer de la Consejería de Cultura: sin tener en cuenta ningún factor de su fundación, ni a su creador; que no resulta grato para los mediocres y mal intencionados cargos políticos, y a los usurpadores “teóricos”, que no dan la cara, excepto para hacer daño
Como pueden ver, este País es muy parecido, en sus maneras, a aquel otro del franquismo. Los caciques son más caciques, pues ni respetan edad, trayectoria ni los resultados. Abusan del poder, y con su nepotismo, se rodean de aduladores que los protegen.
Veremos a ver si esta eficiente Consejera obra en consecuencia y usa esa peculiar vara de medir para subsanar este vergonzoso conflicto del responsable de la Campa de Torres. Claro que el autor de este desaguisado, está avalado por un título, que parece conseguido en una tómbola benéfica. Así lo expreso. No es mi estilo hacer uso de eufemismos ni andar en ambages. Las cosas son como son y así trato de reflejarlas. De todas maneras, nadie es perfecto y a todo lo más que podemos aspirar es a ser educados; aunque a veces esa educación se escuda y oculta bajo la falsa capa del barniz de la hipocresía. Esta mala costumbre de la sinceridad me acarrea problemas , pero lo prefiero así a convertirme en ese cínico de falso oropel.
Como dije al principio, las acciones que a lo largo de la vida, lleves a cabo, te obligarán a pedir perdón o al menos disculpas. En este caso, tendría que hacerlo con muchas personas, pero como el tema que nos ocupa está en función de ese Museo, permítanme, aunque sea reiterativo, que aclare este punto; bien sabe Dios que lo hago por ética moral.
Cuando al fin se le da forma al Museo, se dio la circunstancia que Dn. Manuel Fernández de la Cera, hizo unas declaraciones en un periódico en las que obviaba este Centro. Como suelo hacer en mi forma irreflexiva de actuar, le escribí una carta; carta por cierto dura y que Dn. Manuel recuerda. A pesar de aquéllo, y mis continuas quejas, debo decir hoy que fue uno de los Consejeros a los que aprecio. Sé que el proyecto no era muy creíble; que a él le ocasioné trastornos, porque las bien pensantes cabezas que lo rodeaban tomaban a mofa aquéllo que un ferreiro se proponía hacer en Grandas de Salime, cuyo mal hacer sólo era cuidar de la historia de su tierra y de ese patrimonio que era de todos. Dicho esto, quiero que se sepa que desde aquí le digo: Gracias Manolo (permíteme este tuteo de confianza). Disculpa mi irascible carácter.
Pero aún hay más, porque haría mal sino lo cito aquí ¡Cómo no recordar a Dn. Pedro de Silva! Sí, Dn. Pedro ¿Recuerda Usted cuando le dije que me sentaría en la escalera del Palacio Regional hasta que el Presidente me recibiera? No hizo falta porque además de recibirme, atendió mi demanda y supo Usted encauzar o enderezar la postura (¿acertada?) del ferreiro. Gracias Dn. Pedro. Aunque usé el tuteo con su Consejero, sabe que lo haré con Usted cuando nos veamos.
Y ahora, ya que corresponde, no crea que me olvido de Dña. Victoria Rodríguez Escudero, que fue también Consejera, y de su Directora de Cultura en aquel momento, Dña. Trinidad Rodríguez, por aquel amable trato y el interés de Ustedes por lo que en el Museo acontecía. Gracias, queridas amigas.
Dejé para el final a cierta persona por una cuestión muy sencilla: cuando era una niña la traía en brazos; a ella y a una prima. Claro que era por egoísmo, dado que pretendía cortejar a la joven que las cuidaba. Esta chica fue también Directora de Cultura y en ella depositaba mi confianza. Pero claro, la amistad que me unía a sus padres y hermano no me permitió crearle problemas, porque la amistad, está por encima de los Museos, aunque éstos sean Etnográficos y estén en Grandas. Gracias María Jesús Queipo Pérez; sabes que te quiero y aprecio.
En fin, es duro tener que arrepentirse de los pecados, pero lo dicho: así son las cosas; pues justo es reconocer los errores para poder alardear de los aciertos.
¡Ah! Y no me importa haber sido vejado por los de mi especie; porque después de todo, en la diversidad está la riqueza de los seres humanos. Además, ¡qué sería de un mundo sin circo, clones o payasos!
Haxa salú.