lunes, 21 de junio de 2010

viernes, 18 de junio de 2010

Recuperar o nosso património, restaurar a dignidade



Hoy he clausurado en Guarda (Portugal) el X curso de verano "Patrimónios e Territórios Culturais - Recursos, estratégias e práticas” del Centro de Estudos Ibéricos .

Se trata de un centro universitario creado por las dos instituciones más antiguas de la península: las universidades de Salamanca y Coimbra, que todos los veranos dedican una semana al análisis y la discusión sobre el desarrollo de las zonas fronterizas. Ya saben mis lectores que para discutir puede contarse con este Ferreiro. El asunto es que asistí un par de jornadas y pude contribuir modestamente al intercambio de experiencias en la revitalización del patrimonio.

El curso se estructuraba en panel de debate y "visitas de campo", que combina un modelo teórico para una práctica interesante donde he podido disfrutar de las buenas compañías de los profesores españoles y portugueses, así como del espíritu crítico los alumnos.

Agradezco que se hayan acordado de este Ferreiro ilustrado para "apalestrar" al auditorio con el tema "recuperar nuestro patrimonio, restaurar la dignidad" donde pude hacer un breve resumen de mi experiencia durante treinta años en el Museo Etnográfico de Grandas de Salime y ayudar a las nuevas generaciones a tomar iniciativas que eviten el despoblamiento y el abandono del campo. Prometo contaros esta fecunda experiencia en una próxima entrada en el blog.

Haxa salú

lunes, 31 de mayo de 2010

Mirador "Valle Pigueña" La Rebollada (II)

En esta soleada mañana del mes de Abril, debo dejar este mirador del Valle de Pigüeña, porque he sido invitado a comer, por unos amigos en ese pueblo del título de la crónica. Emprendo la marcha. Pasa la carretera por la fábrica-molín y allí empieza la subida. Un poco más arriba, la primera curva a la derecha nos muestra la pendiente de la serpenteante carretera, que entre castaños, fresnos y carballos asciende, o trepa, la escarpada montaña. Si tu dirección es Norte, este lo perderás en la siguiente; porque en una especie de compensación: mirarás en una u otra dirección según avances. La última a la izquierda, que alivia los repechos, pero sigue enramándose en la ladera de esa montaña somedana, nos muestra el profundo valle que nos queda a la izquierda. Casi llegado a la Rebollada, me encuentro, dando un pequeño paseo, a Marilina y Armando, su esposo. Me esperaban más bien, porque en un rápido saludo no terminaron el matinal esparcimiento, y allá subieron conmigo en el escalador coche.

Aún conservo la visión de esa primera vez en que al salir de una pequeña curva, ves ante ti un pueblo de ensueño. Muchos son aquí en Somiedo, pero éste tiene un especial encanto. Esas casas colgadas en la protegida hondonada; parecidas a nidos, que las expertas golondrinas hayan escogido lugar para colocarlos; ese pueblecito de un belén natural, donde sólo echas de menos, el río, sus lavanderas y algún que otro animal para que la visión fuera de diminuto montaje navideño. Sí, es ese pueblo, en el que sus gentes son entrañables.

Hasta allí volví a llegar y mientras Marilina atendía sus ollas, fui con Armando pueblo arriba. Así que llegamos a Casa Servando a llevarle La Nueva España; saludamos a Manuela, cuñada de Armandín, como es conocido éste, y a varios vecinos más. Curiosamente allí conocí a Constantino; un foráneo natural de Pigüeces, afincado en Tarragona y casado con una “rebolladina”. Estaba enseñándole a partir leña a su yerno catalán, que en buen lid, pretendía hacer honor a sus enseñanzas. Sacó, el que había adoptado por obligación la diáspora hacia la productiva Cataluña, un vino del Penedés y allí departimos un rato sobre el antropológico tema de cómo partir leña de roble o de castaño. A Ustedes les puede parecer baladí, pero la experiencia es fundamental en cualquier actividad. No es lo mismo partir un tronco de uno u otro árbol, si pretendemos con el mismo esfuerzo sacar igual rendimiento. ¿Saben Ustedes que “al carballo se le incide con la huesa por donde nace y al castaño por donde pace”? No, no se preocupen no voy a ponerme a explicarlo. Pero sí diré que el hacha o huesa fuera hecha por aquel famoso artesano de la Rebollada; el que era conocido como Pepe el ferreiro, y padre de Armando.

También andaba sobre un tejado José Manuel, cambiando tejas sin capataz arquitecto alguno, porque él sabe hacer bien su trabajo; lo mismo que los que habían construido la casa un siglo o dos antes. De tejados iba la cosa porque en Casa el Meirazo, otro equipo, también reparaba el tejado. Por cierto, en ese lugar a una vieja teja firmada por el alfarero, se le perdió el rastro entre las otras. Espero que la hallan encontrado; al memos esa fue mi recomendación.

Seguimos camino abajo y paramos a ver el tejo de la capilla de San Antonio. Allí recordé a Ana y Antonio, por ser de la Asociación de Amigos del Tejo (y amigos míos). El probe teixo está de luto, porque el suelo que lo rodea es de alquitrán. Se salvará: es joven.

¿Ia! Con eso se hizo la hora de comer y fuimos donde Marilina, que había aderezado y cocinado una suculenta comida ¿Qué maravilla, cómo cocina esa mujer! No les cuento porque en verdad excitaría sus glándulas salivares; quiero decir que les caería la baba. Armandín descorchó un Ribera de Duero; y para acabar, después del café, tomamos un menta poleo; un menta poleo especial que prepara esta experta en licores a base de buen aguardiente, la planta y el toque singular o particular de la alquimista.

Volvimos animados por el mágico licor, a citar algunos comportamientos humanos, y como resulta lógico, ¡vuelta a la antropología social! Claro, al hablar de pautas de conducta que siguen los individuos de una comunicad, no podía faltar la cita del derecho consuetudinario, en cuanto al lo de las abejas que nos explica Dn. Ignacio Arias, y a mi me aclaro Dn. Antonio G. Linares, de Pola de Allande, sobre los cortinos y sus derechos (no confundir con lo “cortinos” que son algunos y el veneno que encierran). Pues bien, decíamos, y para que sea entendido, que estas comunidades de laboriosas abejas conviven entre ellas. Sin embargo, siempre respetando las distancias. Algo así como en los pueblos que son muy solidarios y practican la verdadera amistad; pero se da la circunstancia que con cierto privilegio, según situación. No situación económica -aunque ésta influye- sino de la ubicuidad. Esto da lugar a que la rivalidad la imprima la situación. Así los del barrio de arriba dicen con sorna: “los del barrio de abajo”, o también la burla del avesío (zona umbría) que se ríen de ellos los de solano, como ocurre en mi pueblo.

Después de esta aseveración en la que coincidimos, me narraron Marilina y Armando, la anécdota de cuando ésta viajó a este pueblo, recién casada: subieron andando desde Aguasmestas hasta Pigüeña. Allí, en casa Luis -que era un comercio mixto- Delfina, la tendera, les dice: “¡Ay! Armandín, ia ye muy guapa, pero si tuvieras que vivir en Somiedo con ella nun te duraba tres meses. ¡Ia! mira la nuesa Servanda, que ia ta de siete meses, ia trabaja como una esclava”. Naturalmente, ella sólo veía a la delgada chica de ciudad, que sería difícil adaptarla a la dura vida rural; y en cierto modo, se alegraba que Armando tuviera empleo en Ensidesa.

Este comentario está justificado, porque así comenzó el despoblamiento rural. La mujer sufría todos los sacrificios. Nada podía haber que fuera peor que casarse con un agricultor, aunque fuese acomodado; por lo tanto, una madre prefería enviar a su hija a servir, que verla reflejada en su situación. Claro que esta conducta no era observada por igual con los hijos varones. De ahí lo que refería al principio de esta crónica, cuando citaba el despoblamiento: éste se podía haber corregido, facilitando la vida en el campo con medidas que permitieran al actor no esclavizar a su mujer.

De vuela al lugar de origen, bajando titubeante de curva en curva, pensé en aquéllos que te mandan soplar, sin preguntarte si estuviste en la Rebollada y después de “soplar” habías bajado. ¡Me río yo de la forma de medir las cosas! Pues verán, entre los claros de las ramas, desprovistas aún de hojas, vi Pigüeña bajo la esplendorosa luz vespertina de ese sol al ponerse. Era tal la luminosidad que paré a ver aquel pueblo quemás bien parecía un cuadro pintado por Sorolla. La verdad, fue sublime ¡Para que luego digan que la menta poleo no acrecienta la sensibilidad, los reflejos en la conducción y el amor por lo bello.

¡Dios! Cuánta emoción se puede sentir en un sólo día. ¡Qué lástima que los necios arruinen tu vida! Me refiero a los necios con poder.

Haxa salú

Dedicado a Marilina, Armando y los de Casa El Ciego. Algún día, (si me acuerdo), les cuento la historia que ocasionó la difunta Manuela; que practicaba la radiestesia y un tío que emigró a la Argentina.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Reconocimiento

22 de abril de 2010
FORXA DE FERREIRO
“Reconocimiento”
José Mª Naveiras Escanlar

He sido vejado por mis semejantes.
Lo grave es que el daño me lo infligieron los de la misma especie.

Frases parecidas a la que encabeza esta crónica las escribí en esta misma agenda; lo doloroso es que la afrenta siempre vino de los semejantes. Claro que al pertenecer a la misma especie, pude haber sido tan injusto como uno más. No sería lo mismo que me hubiera mordido un perro, me diera una coz una mula, sufriera la terquedad de un jumento, me pinchara una abeja, o la víbora me inoculara su ponzoñoso veneno; porque cualquiera de estas acciones sería el reflejo de la autodefensa o la tozudez del irracional. Claro que la agresión o la cornada de la vaca viene a veces propinada por la zoomorfa figura humana. Quiero decir, que la conducta y los peores golpes son los de tus semejantes. Esto, dicho así, puede parecer que proviene de alguien que no rompe un plato y se queja del trato; pero como pertenezco a la especie, haría mal en excluirme de esos daños.

Hace años, creía que un país era el reflejo de los que viven en él. Lógicamente, ésta no era una imagen agradable que aquel espejo me mostraba y por tanto, pretendía cambiarla. No reparé en que al hacerlo podía hacer daño a mucha gente y me comporté mal. Mal porque hoy, vista la realidad, recapacitas y me doy cuenta que para este viaje no hacían falta alforjas.

Puedes golpear y ser golpeado, pero al final te das cuenta que cada sociedad es producto de cuestiones ajenas a ti. Si el poder es injusto pagarás las consecuencias; porque éste es “injustamente” ingrato. El tiempo y la vejez mostrarán tus errores e enjuiciarás los del prójimo, que a fin de cuentas, no es más que un pobre espécimen aunque esté en la política.

Después de morirse el Caudillo, fuimos un día dos amigos a visitar el Chao de Samartín. Nos acompañaba el entrañable Manuel Barcia Monteserín. Gracias a la amistad que me unía a él, nos permitió hacer una cata en su finca, después de cosechadas las patatas. Excavamos una vivienda y en ella aparecieron infinidad de fragmentos de cerámica. Ni hubo rigor científico, ni tampoco nos preocupaba esta descontextualización de aquellos materiales arqueológicos. Aún así, emprendimos un viaje a Oviedo, y dimos parte del hecho en la Universidad. Al cabo de unos años, comenzó la investigación y se transformó ésta en los resultados que muchos de Ustedes conocen y de los cuales dejé constancia en muchas de las crónicas, que se publicaron en este periódico.

Fue anárquica, e incluso podemos tachar de saqueo aquella actuación, pero lo que sí fue producto de la buena voluntad, que sólo perseguía dar a conocer lo que hoy lleva el nombre de Castro Chao Samartín. La actuación no sería buena, pero tampoco la considero tan desacertada. Éticamente cumplimos con lo que creo era nuestro deber.

Ahora vemos lo opuesto. Lo científicamente reprobable, censurable y que debiera ser duramente sancionado por la ley.

En la Campa de Torres, en Gijón, se encarga a un equipo la excavación del yacimiento. Se nombra director y subdirector del mismo a unos señores, que no voy a nombrar. El primero fallece y el segundo, como buen representante de quien lo había nombrado, se inhibe del caso; oculta el producto de lo exhumado y como recompensa, se le asigna la dirección de un Museo, que ni él ni quien lo nombra habían creado. Entra como un desaprensivo en el mismo y niega al fundador y responsable hasta sus efectos personales. Se comporta como el más grosero de los personajes, retirando con brusquedad de mis manos efectos personales, y dice que el inventario del citado Museo no está hecho. Junto con la responsable de Cultura, deja caer que hay dinero oculto y una dudosa contabilidad. Se confabula con un intrigante alcalde y entre ambos dan a entender que hay un Museo Etnográfico en Grandas de Salime, gracias al buen hacer de la Consejería de Cultura: sin tener en cuenta ningún factor de su fundación, ni a su creador; que no resulta grato para los mediocres y mal intencionados cargos políticos, y a los usurpadores “teóricos”, que no dan la cara, excepto para hacer daño

Como pueden ver, este País es muy parecido, en sus maneras, a aquel otro del franquismo. Los caciques son más caciques, pues ni respetan edad, trayectoria ni los resultados. Abusan del poder, y con su nepotismo, se rodean de aduladores que los protegen.

Veremos a ver si esta eficiente Consejera obra en consecuencia y usa esa peculiar vara de medir para subsanar este vergonzoso conflicto del responsable de la Campa de Torres. Claro que el autor de este desaguisado, está avalado por un título, que parece conseguido en una tómbola benéfica. Así lo expreso. No es mi estilo hacer uso de eufemismos ni andar en ambages. Las cosas son como son y así trato de reflejarlas. De todas maneras, nadie es perfecto y a todo lo más que podemos aspirar es a ser educados; aunque a veces esa educación se escuda y oculta bajo la falsa capa del barniz de la hipocresía. Esta mala costumbre de la sinceridad me acarrea problemas , pero lo prefiero así a convertirme en ese cínico de falso oropel.

Como dije al principio, las acciones que a lo largo de la vida, lleves a cabo, te obligarán a pedir perdón o al menos disculpas. En este caso, tendría que hacerlo con muchas personas, pero como el tema que nos ocupa está en función de ese Museo, permítanme, aunque sea reiterativo, que aclare este punto; bien sabe Dios que lo hago por ética moral.

Cuando al fin se le da forma al Museo, se dio la circunstancia que Dn. Manuel Fernández de la Cera, hizo unas declaraciones en un periódico en las que obviaba este Centro. Como suelo hacer en mi forma irreflexiva de actuar, le escribí una carta; carta por cierto dura y que Dn. Manuel recuerda. A pesar de aquéllo, y mis continuas quejas, debo decir hoy que fue uno de los Consejeros a los que aprecio. Sé que el proyecto no era muy creíble; que a él le ocasioné trastornos, porque las bien pensantes cabezas que lo rodeaban tomaban a mofa aquéllo que un ferreiro se proponía hacer en Grandas de Salime, cuyo mal hacer sólo era cuidar de la historia de su tierra y de ese patrimonio que era de todos. Dicho esto, quiero que se sepa que desde aquí le digo: Gracias Manolo (permíteme este tuteo de confianza). Disculpa mi irascible carácter.

Pero aún hay más, porque haría mal sino lo cito aquí ¡Cómo no recordar a Dn. Pedro de Silva! Sí, Dn. Pedro ¿Recuerda Usted cuando le dije que me sentaría en la escalera del Palacio Regional hasta que el Presidente me recibiera? No hizo falta porque además de recibirme, atendió mi demanda y supo Usted encauzar o enderezar la postura (¿acertada?) del ferreiro. Gracias Dn. Pedro. Aunque usé el tuteo con su Consejero, sabe que lo haré con Usted cuando nos veamos.

Y ahora, ya que corresponde, no crea que me olvido de Dña. Victoria Rodríguez Escudero, que fue también Consejera, y de su Directora de Cultura en aquel momento, Dña. Trinidad Rodríguez, por aquel amable trato y el interés de Ustedes por lo que en el Museo acontecía. Gracias, queridas amigas.

Dejé para el final a cierta persona por una cuestión muy sencilla: cuando era una niña la traía en brazos; a ella y a una prima. Claro que era por egoísmo, dado que pretendía cortejar a la joven que las cuidaba. Esta chica fue también Directora de Cultura y en ella depositaba mi confianza. Pero claro, la amistad que me unía a sus padres y hermano no me permitió crearle problemas, porque la amistad, está por encima de los Museos, aunque éstos sean Etnográficos y estén en Grandas. Gracias María Jesús Queipo Pérez; sabes que te quiero y aprecio.

En fin, es duro tener que arrepentirse de los pecados, pero lo dicho: así son las cosas; pues justo es reconocer los errores para poder alardear de los aciertos.

¡Ah! Y no me importa haber sido vejado por los de mi especie; porque después de todo, en la diversidad está la riqueza de los seres humanos. Además, ¡qué sería de un mundo sin circo, clones o payasos!

Haxa salú.

martes, 20 de abril de 2010

Mirador del valle del Pigüeña: plantas medicinales y antropología (I

Hace pocos años, se recogían plantas medicinales por doquier. En Somiedo, por ejemplo, había muchos de esos recolectores y también, como es natural, aquellos que se dedicaban a comercializar el producto de la recolección y, por tanto, curarse en salud, con los pingües beneficios que al negocio aportaba la planta benefactora.

Estoy situado en uno de esos miradores desde donde se divisa el incomparable paisaje del valle de Pigüeña. Aquí, un mapa orográfico me dice dónde me hallo y los picos de las montañas que diviso. Al frente, Pigüeña. A mi izquierda, el jabalí, el rebeco, el oso pardo y los ciervos o los venados como representantes de la fauna. La flora más común; excepto el toxo, que no aparece en la información y junto con la uz forma la vegetación común predominante. A mi derecha, el buitre leonado planea majestuoso sobre el pico Cerredo y el pico Madereza. Su dirección es Norte; como si divisara un cordero sobre el pueblo citado, o una novilla gemebunda que hubiera perdido su recién parido choto y fuera a comérselo. En el centro se habla de la perdida «industria» de la madreña, como quien describe la desaparecida indumentaria del Neolítico. Para completar el cuento de hadas, figura la idílica historia de la Braña de la Pornacal con sus teitos, que dice que son los mejor conservados del parque natural ¿...?

La leyenda de este cartel sirve de placebo para la enfermedad de la nostalgia, esa añoranza de aquellos tiempos pasados cuando en el somedano paisaje también figuraban seres humanos. Así se puede describir la realidad a la que conduce la visión del cementerio de la parroquia. En la puerta del camposanto se podía escribir el siguiente epitafio: «Aquí están los que no están en Pigüeña». Los otros, que no están, están en cualquier otro lugar menos aquí o en su pueblo. Sí, así es la realidad. Un pueblo de más de cuarenta vecinos quedó reducido a dieciocho habitantes. Claro que esto poco importa, si tenemos en cuenta que Antón, el más joven, tiene tan sólo 61 años ¡y ya está jubilado! La jubilación le vino gracias a la inteligente actuación del Banco de Tierras. Por cierto, me contó que Mingo, de Villar de Vildas, no la aceptó, porque esto le impedía seguir con su cabaña ganadera. ¡Acertado estuvo este Mingo!

Pero, bueno, dirán ustedes: qué lío se trae este ferreiro, que empieza con plantas medicinales y acaba con ese batiburrillo del fin de los pueblos. Muy sencillo: conocí esta zona de Asturias hace casi medio siglo. Sé que se podía haber hecho algo acertado por ella y no se hizo. Así que clamemos por ella y por el resto.

Sigo, pues, con las plantas: valeriana, genciana, tila e, incluso, semillas de enebro era normal adquirirlas en C' José d' Techada, que fue próspero comercio, o en otros muchos lugares. Se podía adquirir natural o seca. La genciana, por ejemplo, se secaba en el forno de cocer el pan. Claro que esta térmica alteraba las propiedades medicinales; pero José roxaba el forno porque con ello también calentaba el bolso. ¡Argucias comerciales! Ahora lo calientan sin roxar.

Haxa salú.

martes, 13 de abril de 2010

Pesimismo rural

El jueves 1 de abril aparecía publicado en La Nueva España un minucioso estudio, del que es autor Dn. Antonio Arias, Síndico de Cuentas del Principado de Asturias. Se titula “Ley de vida” y versaban sus opiniones “sobre las razones para abandonar el campo. Miren Ustedes si es serio el trabajo que en él, y según diversos estudios “para el año 2025, la mitad de los habitantes de la tierra vivirá en ciudades. Nos da una serie de datos estadísticos y nos habla de tantos por cien, que la verdad, Dn. Antonio, no sé si coja el petate y me vaya antes que Átropos me obligue, sin preguntarme si estoy o no de acuerdo con su guadaña. Pero mientras tanto, y como siempre, voy a intentar rebatir los argumentos de este Síndico, que con sus cuentas no nos dejará quien lo cuente en el depauperado campo.

Así que veamos, Dn. Antonio: Si en la “ciudad está la diversidad y la innovación” según Tim Harford; “las ideas están en el aire” según Alfred Marshall; y el tope máximo de habitantes por ciudad debe de ser de un millón de personas según Oscar Niemeyer ¿Cómo se explica que con diversidad, innovación e ideas en el “aire” estén tan mal representados nuestros estamentos “culturales”? Estoy en verdad convencido, que hay más “aire” en el campo, por lo tanto, deben trasladarse a este medio: los “menos preparados”, para su reciclaje intelectual”. Es decir que pasen a cultivar la tierra,que es la forma de que presten un gran servicio en los abandonados predios rurales. Hay además otras causas, que en Asturias, deben ser tenidas en cuenta: ¿de dónde vamos a sacar los habitantes para llenar las ciudades del centro de la provincia, a razón del millón de Niemeyer?.

Gracias, Dn. Antonio, por sus datos. Quiero que sepa que guardo su artículo, porque al margen de mis argumentos, soy realista y veo como el campo agoniza desde hace muchos años, favor que se les debe a nuestros eminentes próceres y su gran saber hacer.

Pero antes de despedirme, les contaré a Ustedes algo que una prima carnal de mi madre, con 98 años me decía, no hace mucho tiempo en Vilaseca (Lugo): “El mundo (el de su aldea) se acabará por la sencilla razón de que no hay niños en la escuela”. No hay niños ni mayores en los pueblos. Quedan 5 habitantes en ese pueblo.

Haxa salú para aliviar el pesimismo de los que somos rústicos

Un ferreiro en Paris (2). Suiza

Si mi asombro fue mucho, más lo fue al llegar a Suiza. Aquí, en el nido de los relojes de cuco, ponen el huevo los corruptos de todo el planeta; así los cantonianos helvéticos saben aprovechar el rendimiento económico y tener un país bien cuidado. Esto sirve de consuelo, porque el robo y los paraísos fiscales son algo coetáneo al mundo de los sinvergüenzas.
Peor es que además de hacerse ricos, no cuiden el medio, como ocurre en la tierra que me vio nacer.

Muchos desplazamientos hicimos gracias a Eduardo Murias. Creo, si mal no recuerdo, que en Basilea, en poco más de medio kilómetro cuadrado, tienes tres fronteras. Es como decir que en determinados punto, puedes jugar a dar saltos o poner un pie en Francia, otro en Alemania y girando la cabeza mirar para Suiza; claro que estos casos se dan en muchos países, sólo que este último tiene más dinero y resulta fácil mirar para él (envidia cochina).

El caso es que visitamos Zurich, Berna y aquella hermosa Lucerna donde se conservaba un puente de madera, cuyo pasadizo estaba decorado artísticamente. Digo había o estaba, porque a los pocos años lo devoró un incendio. Claro que el fuego destruyó aquella joya, pero volvió a ser reconstruida y el puente Kappelbrücke vuelve a ser patrimonio de todos los que admiran y respetan el legado histórico, que debe llenarnos de orgullo.

Narrar este viaje por las tierras de la vieja Europa es evocar recuerdos imborrables, porque fue en un momento que resultaba gratificante para un proyecto, no muy concreto, ni afianzado; por lo tanto, encontrarse con algo serio, como se dijo al principio, fue un gran impulso para afianzar las ideas.

Viajamos a través de Interlaken y nos encontramos en Ballenberg. Todo el encomio que pueda hacer hoy de aquel momento, sería artificial. Allí encontré un museo, un Museo sin parangón. Decir que era ejemplar sólo es el dar a entender que mi asombro -sin los conceptos actuales- me produjo una traumática catarsis. Entramos a éste por la parte baja del valle. Un inmenso aparcamiento, hoteles, restaurantes, tiendas y demás dependencias podían conducir a una engañosa artificialidad. Pero ¡ay amigos míos! Poco más habíamos andado que unos 200 metros, cuando aparece en aquel pequeño río un molino harinero. ¡Sí, un molino andante funcionaba! Era de rodezno horizontal, salpicando el agua sus álabes sobre las paredes del “infierno”, como se llama en Asturias al espacio que alberga el mecanismo de rotación. El run run de las piedras, traía a mi memoria aquel otro molino de “Abadesa”, que funcionaba, cuando yo era un niño, en el regueiro de Grandas ¡Me hallaba en Suiza, sin embargo, estaba viendo un molino tradicional! Seguimos camino arriba, y otra vez el alborozo fue mayúsculo: cómo a unos 100 metros del anterior, ¡otro molino giraba!, giraba movido por un rodezno vertical que movía el mecanismo de molturación mediante un engranaje. En ambos casos, esos dos conjuntos ¡todas sus partes móviles eran de madera! ¡Qué maravilla, molinos de verdad en aquel Museo!.

Seguimos caminando y viendo que en aquellos empinados prados pastaban vacas en unos, ovejas en otros, cabras más allá. Todas y las distintas razas de ganado doméstico, formaban parte del conjunto del Museo. Gallinas, gansos, palomas y hasta cerdos, cuya espesa capa de cerdas más bien parecía lana. Llegamos a uno de los pueblos que representaba esa aldea de cualquier cantón Suizo, porque éstos estaban presentes en todo el Museo.

Los oficios y sus talleres aparecían por doquier. El herrero, la carpintería, que magistralmente se encuentra en las construcciones. Llegamos a una casa donde sus inquilinos fabricaban queso; podías comprar 0'50 ó 50 Kg, si lo querías. En otra, con gran humareda, se curaban chorizos y carne de cerdo en abundancia. Por cierto podías adquirir hasta huevos de pita; tan defenestrados por nuestras autoridades sanitarias. Una señora tejía, mientras otra manejaba el telar. Por mucho queme extienda narrándolo nunca llegará a reflejar aquella realidad. Allí no estaba representada por esa realidad virtual tan en boga, en la actualidad, en nuestros paupérrimos museos.

Suelo contar que si estuviera en Suiza, hubiera sido apreciado; pero claro, en ese hermoso país, no dejan hacer los museos a los ferreiros.

Volví por segunda vez a verlo en compañía de Gonzalo Morís; el Presidente de Sociedades Asturianas en Basilea y con Carlos Rubiera. Me imagino que hoy será tan idílico como yo lo conocí.

Al regreso del primer viaje, cuando devolví el cargador y la cámara que había manejado Salvador Rodríguez, se me ocurrió visitar al Consejero de Cultura, Dn. Manuel de la Cera. Lo hice de manera informal, irrumpí en su despacho sin previa solicitud de visita y le espeté: “levanta el culo de la silla y vete a ver cómo son los museos por Europa” Creo que no le pareció bien mi osadía. Sin embargo, los hubo peores; es algo así como “detrás vendrá quien bueno me hará”.

Querido amigos, así fue como llegó un ferreiro a París, y quedó gratamente sorprendido al ver aquel Museo en aquel país Helvético que no era una quimera como el de Grandas de Salime.
Haxa salú, porque “cosas veredes” dijo el Quijote a su escudero. Mi lesionada rodilla siguió cuarenta y cinco días más escayolada, y hoy pretenden maniatarme y amordazarme.

Pues eso, haxa salú