sábado, 2 de marzo de 2013

Como debe ser, ante las declaraciones de cierto regidor, al cual no conozco, debo reconocerle la presunción de inocencia, porque además "todo el mundo es bueno", como el "pobre" yerno del Rey. El caso es que ese nuestro nunca bien ponderado "alcalde" cuídense, dijo que se había organizado un "Safari contra él". Bien es cierto que las batidas de caza se organizan para cobrar una "buena pieza". Esperemos que no caiga un bonachón paquidermo y sólo sea, en esa partida caceril o caciquil, un felino el apresado.
 Haxa salú

sábado, 23 de febrero de 2013

Gracias, muchas gracias



Cuando mi esposa Olga me lee los correos electrónicos, o como se llame eso de Internet, no puedo menos que emocionarme. Es una satisfacción sentirse apoyado por tantos amigos. Pero más que ese sentimiento de protección es también el saber que en esta vacua sociedad, aún quedan personas de bien. Personas que, aunque nada puedan hacer contra la injusticia, al menos se rebelan contra ella; la critican y forman un grupo con criterios propios. No son ese rebaño de nulidades que aplauden al carnero porque tiene los cuernos más grandes y embiste con ímpetu contra cualquier cosa que sea un obstáculo o así lo crea.

Dijo Einstein que sólo la estupidez humana es infinita como el espacio. Cuando estás convencido de esta verdad, es más fácil comprender a la chusma, que  no lo es por serlo, sino porque está mal aconsejada.

Cuando llevé a cabo el Museo de las luchas y envidiosas cuitas, todos aquellos caciquillos locales se reían de la idea. Cuando se convirtió en realidad, comenzaron a envidiarlo y como ya sabéis, pusieron todas las cortapisas que a su alcance tuvieron. Es cierto que tuve mucha suerte: los alcaldes, por ejemplo, no fueron muy inteligentes y gracias a esa feliz circunstancia, se sacó adelante el proyecto.

Se ve que la medalla de oro a la torpeza intelectual debe imponérsele al actual regidor. Pero no con inquina ni resentimiento, sino por hacerse merecedor de ella; porque hay que estar muy obcecado para no darse cuenta que el Ferreiro no es un obstáculo para el Museo. Más bien, si hay algún impedimento es el que él representa. ¡Qué dios le perdone por iluso! Pero, ¿saben ustedes lo que siempre se dijo?: el más burro, para alcalde.

Y ahora, amigas y amigos, gracias, gracias de corazón. La verdad os hará libres. Yo siempre fui soberano de mis actos.

Disculpad que no os escriba más, pero os gustará lo que estoy escribiendo en la actualidad. Se publicará en su día.

Haxa salú. ¡Cuánta confabulación contra el Ferreiro! ¡Mas vive Dios que con su pan se la han de tragar!

sábado, 19 de enero de 2013

Día de Reyes



Prólogo a cargo de Elena: No, si yo lo mato. Pepe, la próxima vez te regalo us calcetos de lá y ua pucha. Si alquien tiene a bien, que le trasmitan mis inteciones, que yo no pienso dirigirle la palabra por lo menos hasta mañana.  
¡Ah!, tú sigue así que ya verás como tienes que acabar aprendiendo a manejar el ordenador.

Hoy estamos a 6 de enero del año 2013, por lo tanto es el día de Reyes.

A pesar del mal trato al que me sometieron sus Majestades en la niñez, diré ahora que su nombre debe ser ensalzado, cuan se merecen tan nobles personajes. Y permítaseme aquí la pertinente explicación: De todos es sabido que sus Majestades recorren caminos, trochas, veredas, atajos y sabe dios cuántos inhóspitos lugares, para dejar en cada morada ese imperecedero recuerdo, gracias al cual serán felices niños y abuelos (no digo mayores, por ser el que subscribe ascendiente).

Esos ínclitos y preclaros representantes de Oriente, dejaron a mi hija política Elena, a su marido e hijo mío Roberto y a mi nieto Martín, unos presentes para que me fueran entregados. Mi hija, Elena, como oculta amiga, tuvo a bien recoger el obsequio y a su costa y coste lo guardó hasta hoy. Venía acompañando al regalo, una agenda que permite no sólo saber en que día está uno, sino que además anotar los incidentes del diario acontecer. Esto junto, puede ocasionar trastornos de situación, porque es como preguntarse quién somos y qué hacemos. En fin, aquello de ser o no ser, que viene a ser anotar o no anotar. ¡Ah!, pero lo verdaderamente (¡coño, que palabra más larga!) importante, fue el libro del Instituto Cervantes, titulado El Libro del español Correcto, (que yo escribo con mayúsculas porque son las “claves para hablar y escribir bien en español”). Pero los libros son armas que carga el diablo, y si esto ocurre, ¿qué hacer? Nada. Dejarse llevar y convertirse en un cervantino o acaso un orteguiano. Y si me convierto en un clariniano o en cualquiera de esos quevedescos, ¡qué así sea! ¡Oh Señor!, pero si pierdo el estilo “ferreiril”…¿qué hacer sin ese don natural de la sencillez, de la espontaneidad? ¡Perdido he de hallarme, vive Dios! Más que así sea, y las páginas de este volumen no me confundan. Amén.

Gracias Elena II, Martín, Elena I y Roberto. Gracias a todos y en particular a quién tuvo el acierto de convertirme en escritor frustrado porque ahora sé que no sé y por tanto sé.

Los reyes siempre me vapulearon de pequeño. ¡Menos mal!
Haxa salú

miércoles, 9 de enero de 2013

La maldad



La visión de la  Revolución francesa es, como la situación actual, distinta según quien narre el acontecimiento. Sin embargo, creo que de quien debe cuidarse uno es de la mediocridad del pueblo. La plebe o el vulgo es siempre peligrosa; y no porque su nacimiento sea distinto al de cualquier semejante, sino la ignorancia que la hace vil e indigna.

No sé si es Ortega y Gasset quien les denomina como “masas”. Poco importa el nombre que reciban, porque al fin y al cabo, según quien califique al grupo, masas o chusma nos acoge a todos, aunque yo considero masa a la actual clase política, y chusma a todo aquél que se enriquece con el producto del saqueo de su propio estado.

No me importa la nobleza, que acumula en sus predios la vergüenza de su linaje, Pero como parece ser que todo esto se puede achacar al devenir del tiempo, poco queda que añadir. Lo grotesco será que digan lo mismo en el siglo XXII.

Haxa salú.

Reunión del Comité de Salvación Pública,
creado por los montañeses para hacer frente
a la contrarrevolución, en un cuadro de
Eustache Le Sueur. (Museo Carnavalet, París)




En Grandas de Salime, en otoño de 2012

jueves, 3 de enero de 2013

Fumar





Publicado el 27-11-2003 en La Nueva España


El día 30 de Octubre de 1989 dejé de fumar por cuarta vez. Hizo 14 años que no llevo a mi boca un ansiado pitillo. Y digo hizo, aunque escribo esto el día que se cumple un año más de mi triunfo sobre esa droga llamada tabaco.

Cuando se deja de fumar no quiere decir que haya uno vencido al vicio. Yo sé que un sólo cigarrillo que combustionara, aspirando su humo hacia mis bronquios, sería el desencadenante de una nueva etapa como fumador empedernido.

Tenía tal vicio, que el movimiento de sacar un cigarrillo, era totalmente mecánico y compulsivo. No era la ansiedad de fumar lo que me impelía a extraer un pitillo de la cajetilla. No, no; no era algo apremiante, sino que cuando me daba cuenta de mis acciones, podía tener encendidos, en distintos lugares, hasta tres cigarrillos.

A veces, en ese ademán de llevar hacia la boca el cigarrillo que descansaba en cualquier lugar encendido, pasaba a mis labios por la parte de la brasa, con la consiguiente quemadura.

Empecé a fumar tarde pues contaba con 19 años, pero sí que me desquité, con verdadera fruición, de la falta de precocidad en el comienzo.

Mis experimentos para abandonar tan nefasto hábito, fueron de todo tipo. Cuando aún era joven, pero el humo ya hacía mella en mis pulmones, deshacía los Celtas y lavaba el tabaco, con el fin de eliminar algunas sustancias nocivas. Después lo ponía a secar y liaba aquella picadura, que no sé si era aún más letal. Probaba todo tipo de marcas, buscando la más inocua al organismo, pues esperaba que alguna de ellas, no fuera una agresión a mis atormentados alvéolos pulmonares. Fumé en boquilla, en pipa y los últimos años del delirante vicio, fumaba aquel tabaco llamado “caldo de gallina” o Ideales, junto con rubio.

Intenté dejar de fumar recurriendo a todo tipo de trucos, tales como prometerme a mi mismo que limitaría la dosis 10, 8, 6 ó 3 pitillos. ¡Pobre ilusión! Cada vez que lo intentaba, lo que hacía era reforzar más y más aquel nefasto e insano vicio.

Por fin en una ocasión, en un programa de radio escuche los consejos de una persona que animaba a dejar de fumar. Los seguí y pasé casi siete meses sin tabaco, al cabo de los cuales volví a caer con inusitada fuerza.

Creo que el empeño que ponía en acabar con mi salud me convenció para intentarlo de nuevo, y repetirme a mi mismo que lo que necesitaban mis pulmones era aire puro. Vuelvo a conseguir dejarlo, pero al cabo de nueve o diez meses fumé otro cigarrillo y allá se fue todo mi sacrificio. ¡Y vuelta a empezar! Unos malditos cigarros habanos, farias y puritos dieron al traste con mi segunda batalla seria contra el tabaco.

El problema se agravaba porque mis catarros y la crónica tos iban a más. Me consideraba una persona sin voluntad y eso me hacía rebelarme contra mis recaídas, por lo tanto, un día decidí que no podía seguir fumando. Y lo hice convencido que a la tercera iba la vencida. ¡Albricias! ¡Por fin había derrotado definitivamente a la nicotiana tabácum! Yo que había esnifado hasta rapé, no podía creer que hubiera transcurrido año y medio sin un sólo cigarrillo. Esto me hizo estar tan seguro de mí, que estaba convencido de que aunque fumara uno, no me afectaría. ¡Valiente insensato! El vicio de fumar está ahí latente; larvado en las células del cerebro, y el organismo sólo necesita esa pequeña dosis para sentir la ansiedad y el placer de fumar, aunque sabes que éste te mata. Y así, con un cigarrillo rubio, cuando mis bronquios estaban casi recuperados, caí en la estupidez del desprecio a mis 18 meses de calidad de vida.

Era tal la vergüenza que sentía, que durante una temporada fumé a escondidas; sí, fumaba como si quisiera ocultarme de mi mismo. Fue tal la virulencia con que comencé de nuevo, que pasaba de tres cajetillas diarias. Mi vesánico e intolerable vicio conducía hacia la destrucción de mi aparato respiratorio.

Para paliar, en cierto modo, aquella desmesura, compraba dos cajetillas de rubio y una de aquel Ideales que cité al principio. Con la picadura me veía obligado a liar los cigarrillos, y con esto pasaba al menos un rato sin fumar. Claro que el alivio era poco, si tenemos en cuenta que de una de esas cajetillas se lían 25 cigarrillos.

Hoy me pregunto cómo era posible quemar diariamente 60 ó 65 bombas de nicotina.

Espero no incurrir en el defecto de las veces anteriores, porque si un nefasto día fumo un pitillo, no creo que pueda decir muchas veces eso de “haxa salú”.

Decía alguien que dejar de fumar era fácil, pues él lo hacía todos los días. Sé que no es fácil, pero mentalizándose y con algo de sacrificio, se logra apartar la ansiedad y el humo de los bronquios.

Aunque se sigue soñando, durante años, que se fuma de nuevo, y es decepcionante.

¿Saben que es lo bello de dejarlo? Que cada día que pasa se convierte en un triunfo; se percibe la fragancia de las flores; se recupera el sabor de las cosas, y por lo tanto permite degustar los alimentos. La verdad que es un placer. 

Si fuma, haga la prueba que nada pierde. ¿Cómo que nada pierde? ¡Verá lo que gana en salud! Aunque cuartos va a tener los mismos.

Voy a tocar madera.

Haxa salú.

viernes, 28 de diciembre de 2012

“Lugar: castañeiros de Piquín”



Cuando se presentó en el Club de Prensa de la Nueva España mi primer libro sobre Artes y Oficios, en el que figuraban los Potajes, Matanza del gocho y la Colada, me hizo cierto reproche Juaco López Álvarez, recién nombrado Director de Patrimonio. Dijo que en aquel trabajo debiera figurar el pan. No le faltaba razón. Lo que no expliqué en aquel momento es que ya tenía escrita la crónica sobre ese tema hacía varios años; pero con el paso del tiempo, me di cuenta que muchos de los trabajos estaban enlazados entre sí, por diversas causas.

Si consideramos que la vida del campesino fue ingrata en muchos aspectos, comer pan era el duro castigo bíblico que padeció su cultivo con estoicismo. Al escribir, hace tiempo,  la crónica titulada El cultivo del cereal, descubrí esos trece verbos de la primera conjugación y dos de la segunda que hacían el relato conmovedor, en cuanto al trabajo que ello conlleva. Siempre quedará algo que, por obvio, pasa inadvertido para el que conoce el tema. Sin embargo, no faltará quien crea extenso el asunto, si partimos de la aseveración que para hacer pan sólo necesitamos harina, agua, formento[1], sal y un horno lo suficientemente caliente donde cocer las hogazas. No se puede ser breve cuando los propios acontecimientos exigen esa prolijidad ineludible.

Hoy este relato pretende ir aún más lejos con otros temas que, aunque pueda parecerlo, no son inconexos entre sí, pues la fabricación de la axada[2] debe incluirse en primer lugar. Ésta es protagonista en el cultivo al cavar y renovar tierra que pasa de terreno inculto a colaborar en la manutención de aquellas depauperadas gentes.

Conozco algunas anécdotas de este hacer, que se convierten en desoladoras, habiendo conocido a sus protagonistas. Se omite el nombre por las razones que Usted, lector, sabrá entender.

En un pueblo del concejo no ha muchos años, vivía cierto hombre que trabajó denodadamente para mantener a su prolífica familia. Madrugaba y se iba a hacer la cavada. Por regla general, los montes que se dedicaban a este menester no solían estar cerca de los pueblos, por lo tanto, cavaba hasta la hora de comer; pero llegada ésta, nuestro abnegado campesino seguía su trabajo, porque sabía que su esposa no podía llevarle algo de sustento. Bastante tenía ésta con las labores de casa y con atender a sus innumerables hijos. Él cavaba y cavaba hasta caer extenuado. El sueño y el cansancio hacían mella, y se quedaba dormido largo tiempo. Cuando despertaba, ya bien entrada la tarde, iniciaba de nuevo la tarea y con insistencia emprendía aquel duro trabajo, hasta que los rayos del sol desaparecían en el horizonte. Así, la mayoría de los días, alternaba sus quehaceres con el de cavar la dura tierra. Resulta fácil entender que su alimentación era poco más que de subsistencia. Cierto día en el que había asistido a las exequias de un vecino de la parroquia, después del acto religioso, se hallaba con un grupo de vecinos en la cantina del pueblo en el que se había erigido la iglesia y el campo santo. Allí, entre convite y convite, consumieron un chorizo que se incluía en la ronda. Después de haber comido unos 4 ó 4, con sus correspondientes vinos, acordaron emprender la marcha a sus lugares de origen, diciendo al cavador:
-¡Bueno amigo será hora de irnos! Creemos que no querrás, a estas alturas, ayudar a comer otro chorizo. A lo que contestó:
-¡Otro no. Me comía yo solo media docena!
Dejó esto tan atónitos a sus amigos que dijeron casi al unísono:
-Por eso no quedes incómodo, los pagaremos entre todos.
Hete aquí, que nuestro improvisado Pantagruel, con inusitada voracidad, se engulló 6 chorizos más. Después de esto, salio la consabida frase de irse, sin el más mínimo comentario.

La humillación económica y “frugal” de nuestro personaje fue definitiva, así lo creían los patronos del ágape, pero dijo el tragaldabas:
-¡Parece que quedasteis incómodos! No os preocupéis; si hay que comerse medio litro de pingo a cucharadas, como sopa, allá lo paso al coleto.

Convencidos de que el hombre no podría con semejante potingue, y que al final caería vencido por el exceso, pagaron la manteca de cerdo, ligeramente calentada para ser consumida como el comensal pedía. Terminado el tercer acto de aquel proteínico banquete, fueron desapareciendo los anfitriones del escenario, del  que podía haber sido un asesinato o tragedia griega, sin recurrir a ponzoñosas semillas de tejo.

Quedó en el chigre el cavador, después de aquel mutis por el foro de aquéllos a quienes no preocupaba haber abandonado al prolífico padre de la familia que comía el pan que  cavaba en el monte.

De ahí salió y anduvo la primera legua con la incomodidad propia de la gran comilona. Pero después del primer pueblo por el que era obligado pasar, y sabiéndose amparado por la soledad de la noche, no pudo resistir más y cayó fulminado. Abatido por la ingestión desmesurada de aquellas proteínas que, con seguridad, lo conducirían a la muerte, llegó a un rincón de la senda y allí esperó el fatídico momento. Casi sin conocimiento, y pensando en sus hijos, su mujer y las dos ancianas que eran su madre y su suegra, esperó el fin de sus días.

¡Ah! Pero nadie se muere cuando cree llegado ese momento crucial de exhalar el último suspiro. Al haber ingerido tanta grasa, dio por entendido su final, pero se salvó porque su estómago rechazó aquel duro alimento y así, después de horas, emprendió de nuevo la marcha hacia su casa.

Conocí varios casos de estos, porque aquéllos que sufrieron hambre y un día comían, solían ser tragones. Si a esto añadimos las duras faenas del campo, y en particular la cavada, no son de extrañar los excesos de nuestro personaje.

No cabe duda que si empiezas un tema la cosa enlaza y así sigue lo de los tragaldabas.

El personaje que aquí figurará, hace años que falleció. Fue un gran amigo de mi padre. Fornido él y un gran maestro como ferreiro[3], pasaba a veces algunos días en la fragua de mi padre, ayudándolo en las labores propias de la misma. Recuerdos tengo de mi niñez de verlo en la cocina de lareira[4] del Ferreiro en las largas noches de polavila[5].

Lógicamente, las anécdotas que de él se describen son aquéllas de las que oí hablar, pues no fueron actos en los que yo estuviera presente. Sí sé que aquellos excesos le acarrearon una intervención quirúrgica que ocasionó la pérdida casi total de la víscera estomacal.

Vivió en Grandas de Salime. Trabajó en el salto del mismo nombre y más tarde, se fue a Avilés, donde falleció años después. Lo trataré como el “ferreirón” dada su corpulencia y pericia. Dicho esto, comencemos con sus peripecias alimentarías o curiosas ingestas, de difícil comprensión para estómagos delicados.

Cuentan que en una ocasión se comió una empanada de moscas. Parece ser que sus amigos se prestaron a cazar moscas y en una panadería de la localidad, y con el producto de esta afición cinegética, se le preparó la empanada. Pero no fue sólo esto. En tiempos no tan lejanos, las moscas eran compañeras de los habitantes de la casa. Esto no es extraño, ya que las cuadras con sus animales, convivían en los bajos de las mismas. El estiércol se amontonaba en los aledaños, y los orines y excrementos de todo origen, eran algo común en los pueblos. Esto dio  lugar a que en cierto comercio-cantina las moscas proliferaran como tales, y allí, un grupo de parroquianos asiduos del establecimiento y con los efluvios propios del vino, cazaron moscas hasta llenar algo más de la mitad del vaso del “ferreirón”; terminando de llenarlo de vino se lo pasaron al comensal, que dijo su repetida frase antes de tomárselo:
            -¡Probe del bicho que cae en la boca de otro bicho!

Hubieran ocurrido las cosas así o no, así lo transmito.

Se dice también que en el mismo establecimiento, tiempo después y en época estival, entró un murciélago. Era algo corriente en tiempos que dípteros y  otros insectos se acercaban a la “fuerte” luz de mortecinas lámparas, que no era mayor que la de un candil de queroseno, en la recién inaugurada red eléctrica. Los pequeños mamíferos voladores invadían los establecimientos, más o menos iluminados. Uno de ellos comenzó a sobrevolar a los contertulios. ¡Boinazo va y boinazo viene!, cayó abatido aquel antepasado de época diluviana que aún no se había desprendido de sus membranas interdigitales, y que se sustentaba de insectos voladores y le atraía la luz, o su cena. El golpe “pucheril” o “gorrazo” lo dejó exánime en el suelo, donde fue recogido por aquel fuerte “ferreirón” que dijo:
            -¡Agáchate compañero, que vas a pasar un túnel!

No me extrañaría que aquel acto fuera un truco del ferreirón. Estoy convencido que ni él se hubiera tragado un murciélago entero. Su habilidad era manifiesta y no es de extrañar que los testigos cerraran los ojos ante la escena que allí se representaba. Claro que esto no resta importancia a su inusual comportamiento; pero sí quiero resaltar aquí, que este hombre era inteligente, hábil y además, no se le puede tachar de botarate. Así que cualquier comportamiento era posible, ¡pero no torpeza!, aunque hubiera excesos.

Cuando se fue a trabajar a ENSIDESA, en Avilés, hubo otra pequeña anécdota que me parece oportuno anotar aquí. Después de una tarea, que ejecutaron los obreros, en cuya plantilla estaba el ferreirón, les pareció que aquel “triunfo” laboral merecía el brindis del desquite, y acordaron que uno de ellos saliese del recinto de la Empresa Nacional Siderúrgica, para traer consigo una damajuana de vino. Como cabe esperar, no podía ser otro el recadero que nuestro personaje. Así fue. Pero a la vuelta, con su garrafón de cuatro litros de buen vino peleón, lo pararon en el control de aquella en ciernes empresa de la futura ruina del país, y le prohibieron entrar con semejante carga de alcohol. Por más explicaciones que dio el porteador, y cuanto más justificaba su actuación, más duros se mostraban aquéllos que, años después, en ese mismo control, no les importaba salieran camiones cargados con toneladas de laminados de aquella ENSIDESA, que producía excedentes para los corruptos. ¡En fin!, íbamos en lo del vino. Hete aquí que adujo el ferreirón: ¡El garrafón no pasara, pero el vino sí!, y con las mismas,  se metió entre pecho y espalda los cuatro litros que la damajuana contenía.

Haxa salú.

En Grandas de Salime, a 20 de julio de 2012


[1] Levadura
[2] Azada
[3] Herrero
[4] Cocina de fuego bajo, lar.
[5] Reunión de amigos y vecinos

martes, 18 de diciembre de 2012

“Tener luces”

En cierto pueblo, al que llamaremos “Buscabroneiro” de no sé qué más, había un grupo de vecinos muy unidos, a los que cualquier cosa les ponía de acuerdo para defenderse entre sí. Eran algo parecido a los de Fuenteovejuna, pero más yuxtapuestos unos a los otros. Oséase, no había quién los venciera en la batalla común, porque iban todos a una. 

Tengo entendido que en una ocasión cuando no había luz eléctrica en el pueblo, fue por allí un técnico para decirles por donde iba a pasar la línea. Hete aquí que aquel tendido pasaba justo por encima de un castaño, propiedad del único que no vivía en el pueblo y era además la oveja negra de aquellos unidos vecinos. Era la parte discordante de aquel grupo que confirmaba la regla, o sea, era una excepción estulta y enrevesada. Tenía, al parecer, influencias hasta con la empresa eléctrica. Tanto es así, que se creía que dijeron por aquí va la línea, porque sabían que él no dejaría pasar. 

Fuera así o no, se reunieron los “buscabrones” y dijeron: 

-A este cabrón lo escornaremos.

Reunieron unos cuantos euros, digo duros, y compraron la voluntad del encargado de la cuadrilla de líneas. De esta manera, la línea en vez de recta, era un poco curva y evitó este arbolón de la familia de las cupulíferas. Al poco tiempo había luz en el pueblo, auque en la actualidad queden algunos sin ella. Hubo una gran celebración y bailaron felices, debajo del castañón. ¡Ah!, pero su enardecido ánimo los alentó, y urdieron la que podía ser la gran venganza. Unos pusieron el tronzador, otros el hacha, los de más allá lo afilaron, los de más “pacá” se turnaron tirando de los cabos del tronzador y los otros vigilaron, porque las noches oscuras se habían acabado con tanta bombilla. Así fue como el ciclópeo castaño, en un santiamén cayó, si haber tenido culpa de tener un mal propietario. ¡Bueno, creo que caería igual! 

Un caluroso día de sol aparecieron por el pueblo una pareja de la guardia civil, acompañados de gente del ayuntamiento, juzgado de instrucción y demás comparsa, amigos de los árboles (o del amo del castaño). Iban para indagar qué había pasado en el pueblo de los “buscabrones”. 

¿Se imaginan un pequeño pueblo donde la primera casa está a un kilómetro de la última? Pues después de un sofocante paseo de una casa a otra sin lograr la flaqueza de aquellos vecinos que estaban a la sombra, los acabaron llevando a la villa. Allí, en el juzgado, las mismas respuestas. 

 -¡Ay!, ia you nun sei nada. 

Así una y otra vez hasta que al final los dejaron marchar. ¡Pero como la justicia, aunque ciega, es muy ladina!, cuando bajaban la escalera dijo el juez a Don Eugenio: 

-Usted sabe algo más de lo que dice, Don Eugenio. 
-Es posible, señor juez, es posible, pero me lo callo. 

Por eso, “tener luces” siempre vale. 

Haxa salú