Como debe ser, ante las declaraciones de cierto regidor, al cual no conozco, debo reconocerle la presunción de inocencia, porque además "todo el mundo es bueno", como el "pobre" yerno del Rey. El caso es que ese nuestro nunca bien ponderado "alcalde" cuídense, dijo que se había organizado un "Safari contra él". Bien es cierto que las batidas de caza se organizan para cobrar una "buena pieza". Esperemos que no caiga un bonachón paquidermo y sólo sea, en esa partida caceril o caciquil, un felino el apresado.
Haxa salú
Blog personal de José María Naveiras Escanlar, fundador del Museo Etnográfico de Grandas de Salime, Asturias, (España)
sábado, 2 de marzo de 2013
sábado, 23 de febrero de 2013
Gracias, muchas gracias
Cuando mi esposa Olga me lee los correos
electrónicos, o como se llame eso de Internet, no puedo menos que emocionarme.
Es una satisfacción sentirse apoyado por tantos amigos. Pero más que ese
sentimiento de protección es también el saber que en esta vacua sociedad, aún
quedan personas de bien. Personas que, aunque nada puedan hacer contra la
injusticia, al menos se rebelan contra ella; la critican y forman un grupo con
criterios propios. No son ese rebaño de nulidades que aplauden al carnero
porque tiene los cuernos más grandes y embiste con ímpetu contra cualquier cosa
que sea un obstáculo o así lo crea.
Dijo Einstein que sólo la estupidez
humana es infinita como el espacio. Cuando estás convencido de esta verdad, es
más fácil comprender a la chusma, que no
lo es por serlo, sino porque está mal aconsejada.
Cuando llevé a cabo el Museo de las
luchas y envidiosas cuitas, todos aquellos caciquillos locales se reían de la
idea. Cuando se convirtió en realidad, comenzaron a envidiarlo y como ya sabéis,
pusieron todas las cortapisas que a su alcance tuvieron. Es cierto que tuve
mucha suerte: los alcaldes, por ejemplo, no fueron muy inteligentes y gracias a
esa feliz circunstancia, se sacó adelante el proyecto.
Se ve que la medalla de oro a la
torpeza intelectual debe imponérsele al actual regidor. Pero no con inquina ni
resentimiento, sino por hacerse merecedor de ella; porque hay que estar muy
obcecado para no darse cuenta que el Ferreiro
no es un obstáculo para el Museo. Más bien, si hay algún impedimento es el que
él representa. ¡Qué dios le perdone por iluso! Pero, ¿saben ustedes lo que
siempre se dijo?: el más burro, para alcalde.
Y ahora, amigas y amigos, gracias,
gracias de corazón. La verdad os hará libres. Yo siempre fui soberano de mis
actos.
Disculpad que no os escriba más, pero
os gustará lo que estoy escribiendo en la actualidad. Se publicará en su día.
Haxa
salú.
¡Cuánta confabulación contra el Ferreiro!
¡Mas vive Dios que con su pan se la han de tragar!
sábado, 19 de enero de 2013
Día de Reyes
Prólogo a cargo de Elena: No, si yo lo mato. Pepe, la próxima vez te regalo us calcetos de lá y ua pucha. Si alquien tiene a bien, que le trasmitan mis inteciones, que yo no pienso dirigirle la palabra por lo menos hasta mañana.
¡Ah!, tú sigue así que ya verás como tienes que acabar aprendiendo a manejar el ordenador.
¡Ah!, tú sigue así que ya verás como tienes que acabar aprendiendo a manejar el ordenador.
Hoy estamos a 6
de enero del año 2013, por lo tanto es el día de Reyes.A pesar del mal trato al que me sometieron sus Majestades en la niñez, diré ahora que su nombre debe ser ensalzado, cuan se merecen tan nobles personajes. Y permítaseme aquí la pertinente explicación: De todos es sabido que sus Majestades recorren caminos, trochas, veredas, atajos y sabe dios cuántos inhóspitos lugares, para dejar en cada morada ese imperecedero recuerdo, gracias al cual serán felices niños y abuelos (no digo mayores, por ser el que subscribe ascendiente).
Esos ínclitos y
preclaros representantes de Oriente, dejaron a mi hija política Elena, a su
marido e hijo mío Roberto y a mi nieto Martín, unos presentes para que me
fueran entregados. Mi hija, Elena, como oculta amiga, tuvo a bien recoger el
obsequio y a su costa y coste lo guardó hasta hoy. Venía acompañando al regalo,
una agenda que permite no sólo saber en que día está uno, sino que además
anotar los incidentes del diario acontecer. Esto junto, puede ocasionar
trastornos de situación, porque es como preguntarse quién somos y qué hacemos.
En fin, aquello de ser o no ser, que viene a ser anotar o no anotar. ¡Ah!, pero
lo verdaderamente (¡coño, que palabra más larga!) importante, fue el libro del
Instituto Cervantes, titulado El Libro
del español Correcto, (que yo escribo con mayúsculas porque son las “claves
para hablar y escribir bien en español”). Pero los libros son armas que carga
el diablo, y si esto ocurre, ¿qué hacer? Nada. Dejarse llevar y convertirse en
un cervantino o acaso un orteguiano. Y si me convierto en un clariniano o en
cualquiera de esos quevedescos, ¡qué así sea! ¡Oh Señor!, pero si pierdo el
estilo “ferreiril”…¿qué hacer sin ese don natural de la sencillez, de la
espontaneidad? ¡Perdido he de hallarme, vive Dios! Más que así sea, y las
páginas de este volumen no me confundan. Amén.
Gracias Elena
II, Martín, Elena I y Roberto. Gracias a todos y en particular a quién tuvo el
acierto de convertirme en escritor frustrado porque ahora sé que no sé y por
tanto sé.
Los reyes
siempre me vapulearon de pequeño. ¡Menos mal!
Haxa salú
miércoles, 9 de enero de 2013
La maldad
La visión de la
Revolución francesa es, como la situación actual, distinta
según quien narre el acontecimiento. Sin embargo, creo que de quien debe
cuidarse uno es de la mediocridad del pueblo. La plebe o el vulgo es siempre peligrosa;
y no porque su nacimiento sea distinto al de cualquier semejante, sino la
ignorancia que la hace vil e indigna.
No sé si es
Ortega y Gasset quien les denomina como “masas”. Poco importa el nombre que
reciban, porque al fin y al cabo, según quien califique al grupo, masas o
chusma nos acoge a todos, aunque yo considero masa a la actual clase política,
y chusma a todo aquél que se enriquece con el producto del saqueo de su propio
estado.
No me importa la
nobleza, que acumula en sus predios la vergüenza de su linaje, Pero como parece
ser que todo esto se puede achacar al devenir del tiempo, poco queda que
añadir. Lo grotesco será que digan lo mismo en el siglo XXII.
Haxa salú.
![]() |
| Reunión del Comité de Salvación Pública, creado por los montañeses para hacer frente a la contrarrevolución, en un cuadro de Eustache Le Sueur. (Museo Carnavalet, París) |
En Grandas de Salime, en otoño de 2012
jueves, 3 de enero de 2013
Fumar
Publicado el 27-11-2003 en La Nueva España
El día 30
de Octubre de 1989 dejé de fumar por cuarta vez. Hizo 14 años que
no llevo a mi boca un ansiado pitillo. Y digo hizo, aunque escribo esto el día
que se cumple un año más de mi triunfo sobre esa droga llamada tabaco.
Cuando se deja de fumar no quiere decir que haya uno vencido al vicio. Yo
sé que un sólo cigarrillo que combustionara, aspirando su humo hacia mis
bronquios, sería el desencadenante de una nueva etapa como fumador empedernido.
Tenía tal vicio, que el movimiento de sacar un cigarrillo, era totalmente
mecánico y compulsivo. No era la ansiedad de fumar lo que me impelía a extraer
un pitillo de la cajetilla. No, no; no era algo apremiante, sino que cuando me
daba cuenta de mis acciones, podía tener encendidos, en distintos lugares,
hasta tres cigarrillos.
A veces, en ese ademán de llevar hacia la boca el cigarrillo que
descansaba en cualquier lugar encendido, pasaba a mis labios por la parte de la
brasa, con la consiguiente quemadura.
Empecé a fumar tarde pues contaba con 19 años, pero sí que me desquité,
con verdadera fruición, de la falta de precocidad en el comienzo.
Mis experimentos para abandonar tan nefasto hábito, fueron de todo tipo.
Cuando aún era joven, pero el humo ya hacía mella en mis pulmones, deshacía los
Celtas y lavaba el tabaco, con el fin de eliminar algunas sustancias nocivas.
Después lo ponía a secar y liaba aquella picadura, que no sé si era aún más
letal. Probaba todo tipo de marcas, buscando la más inocua al organismo, pues
esperaba que alguna de ellas, no fuera una agresión a mis atormentados alvéolos
pulmonares. Fumé en boquilla, en pipa y los últimos años del delirante vicio,
fumaba aquel tabaco llamado “caldo de gallina” o Ideales, junto con rubio.
Intenté dejar de fumar recurriendo a todo tipo de trucos, tales como
prometerme a mi mismo que limitaría la dosis 10, 8, 6 ó 3 pitillos. ¡Pobre
ilusión! Cada vez que lo intentaba, lo que hacía era reforzar más y más aquel
nefasto e insano vicio.
Por fin en una ocasión, en un programa de radio escuche los consejos de una
persona que animaba a dejar de fumar. Los seguí y pasé casi siete meses sin
tabaco, al cabo de los cuales volví a caer con inusitada fuerza.
Creo que el empeño que ponía en acabar con mi salud me convenció para
intentarlo de nuevo, y repetirme a mi mismo que lo que necesitaban mis pulmones
era aire puro. Vuelvo a conseguir dejarlo, pero al cabo de nueve o diez meses
fumé otro cigarrillo y allá se fue todo mi sacrificio. ¡Y vuelta a empezar!
Unos malditos cigarros habanos, farias y puritos dieron al traste con mi
segunda batalla seria contra el tabaco.
El problema se agravaba porque mis catarros y la crónica tos iban a más.
Me consideraba una persona sin voluntad y eso me hacía rebelarme contra mis
recaídas, por lo tanto, un día decidí que no podía seguir fumando. Y lo hice
convencido que a la tercera iba la vencida. ¡Albricias! ¡Por fin había
derrotado definitivamente a la nicotiana tabácum! Yo que había esnifado hasta
rapé, no podía creer que hubiera transcurrido año y medio sin un sólo
cigarrillo. Esto me hizo estar tan seguro de mí, que estaba convencido de que
aunque fumara uno, no me afectaría. ¡Valiente insensato! El vicio de fumar está
ahí latente; larvado en las células del cerebro, y el organismo sólo necesita
esa pequeña dosis para sentir la ansiedad y el placer de fumar, aunque sabes
que éste te mata. Y así, con un cigarrillo rubio, cuando mis bronquios estaban
casi recuperados, caí en la estupidez del desprecio a mis 18 meses de calidad
de vida.
Era tal la vergüenza que sentía, que durante una temporada fumé a
escondidas; sí, fumaba como si quisiera ocultarme de mi mismo. Fue tal la
virulencia con que comencé de nuevo, que pasaba de tres cajetillas diarias. Mi
vesánico e intolerable vicio conducía hacia la destrucción de mi aparato
respiratorio.
Para paliar, en cierto modo, aquella desmesura, compraba dos cajetillas
de rubio y una de aquel Ideales que cité al principio. Con la picadura me veía
obligado a liar los cigarrillos, y con esto pasaba al menos un rato sin fumar.
Claro que el alivio era poco, si tenemos en cuenta que de una de esas
cajetillas se lían 25 cigarrillos.
Hoy me pregunto cómo era posible quemar diariamente 60 ó 65 bombas de
nicotina.
Espero no incurrir en el defecto de las veces anteriores, porque si un
nefasto día fumo un pitillo, no creo que pueda decir muchas veces eso de “haxa salú”.
Decía alguien que dejar de fumar era fácil, pues él lo hacía todos los
días. Sé que no es fácil, pero mentalizándose y con algo de sacrificio, se
logra apartar la ansiedad y el humo de los bronquios.
Aunque se sigue soñando, durante años, que se fuma de nuevo, y es
decepcionante.
¿Saben que es lo bello de dejarlo? Que cada día que pasa se convierte en
un triunfo; se percibe la fragancia de las flores; se recupera el sabor de las
cosas, y por lo tanto permite degustar los alimentos. La verdad que es un
placer.
Si fuma, haga la prueba que nada pierde. ¿Cómo que nada pierde? ¡Verá lo
que gana en salud! Aunque cuartos va a tener los mismos.
Voy a tocar madera.
Haxa salú.
viernes, 28 de diciembre de 2012
“Lugar: castañeiros de Piquín”
Cuando se
presentó en el Club de Prensa de la Nueva España mi primer libro sobre Artes y
Oficios, en el que figuraban los Potajes, Matanza del gocho y la Colada, me hizo cierto
reproche Juaco López Álvarez, recién nombrado Director de Patrimonio. Dijo que
en aquel trabajo debiera figurar el pan. No le faltaba razón. Lo que no
expliqué en aquel momento es que ya tenía escrita la crónica sobre ese tema
hacía varios años; pero con el paso del tiempo, me di cuenta que muchos de los
trabajos estaban enlazados entre sí, por diversas causas.
Si consideramos
que la vida del campesino fue ingrata en muchos aspectos, comer pan era el duro
castigo bíblico que padeció su cultivo con estoicismo. Al escribir, hace tiempo, la crónica titulada El cultivo del cereal, descubrí esos trece verbos de la primera
conjugación y dos de la segunda que hacían el relato conmovedor, en cuanto al
trabajo que ello conlleva. Siempre quedará algo que, por obvio, pasa
inadvertido para el que conoce el tema. Sin embargo, no faltará quien crea
extenso el asunto, si partimos de la aseveración que para hacer pan sólo
necesitamos harina, agua, formento[1], sal
y un horno lo suficientemente caliente donde cocer las hogazas. No se puede ser
breve cuando los propios acontecimientos exigen esa prolijidad ineludible.
Hoy este relato
pretende ir aún más lejos con otros temas que, aunque pueda parecerlo, no son
inconexos entre sí, pues la fabricación de la axada[2]
debe incluirse en primer lugar. Ésta es protagonista en el cultivo al cavar y
renovar tierra que pasa de terreno inculto a colaborar en la manutención de
aquellas depauperadas gentes.
Conozco algunas
anécdotas de este hacer, que se convierten en desoladoras, habiendo conocido a
sus protagonistas. Se omite el nombre por las razones que Usted, lector, sabrá
entender.
En un pueblo del
concejo no ha muchos años, vivía cierto hombre que trabajó denodadamente para
mantener a su prolífica familia. Madrugaba y se iba a hacer la cavada. Por
regla general, los montes que se dedicaban a este menester no solían estar
cerca de los pueblos, por lo tanto, cavaba hasta la hora de comer; pero llegada
ésta, nuestro abnegado campesino seguía su trabajo, porque sabía que su esposa
no podía llevarle algo de sustento. Bastante tenía ésta con las labores de casa
y con atender a sus innumerables hijos. Él cavaba y cavaba hasta caer
extenuado. El sueño y el cansancio hacían mella, y se quedaba dormido largo
tiempo. Cuando despertaba, ya bien entrada la tarde, iniciaba de nuevo la tarea
y con insistencia emprendía aquel duro trabajo, hasta que los rayos del sol
desaparecían en el horizonte. Así, la mayoría de los días, alternaba sus
quehaceres con el de cavar la dura tierra. Resulta fácil entender que su
alimentación era poco más que de subsistencia. Cierto día en el que había
asistido a las exequias de un vecino de la parroquia, después del acto
religioso, se hallaba con un grupo de vecinos en la cantina del pueblo en el
que se había erigido la iglesia y el campo santo. Allí, entre convite y
convite, consumieron un chorizo que se incluía en la ronda. Después de haber
comido unos 4 ó 4, con sus correspondientes vinos, acordaron emprender la
marcha a sus lugares de origen, diciendo al cavador:
-¡Bueno amigo será hora de irnos! Creemos que no querrás, a estas
alturas, ayudar a comer otro chorizo. A lo que contestó:
-¡Otro no. Me comía yo solo media docena!
Dejó esto tan
atónitos a sus amigos que dijeron casi al unísono:
-Por eso no quedes incómodo, los pagaremos entre todos.
Hete aquí, que
nuestro improvisado Pantagruel, con inusitada voracidad, se engulló 6 chorizos
más. Después de esto, salio la consabida frase de irse, sin el más mínimo
comentario.
La humillación
económica y “frugal” de nuestro personaje fue definitiva, así lo creían los
patronos del ágape, pero dijo el tragaldabas:
-¡Parece que quedasteis incómodos! No os preocupéis; si hay que comerse
medio litro de pingo a cucharadas, como sopa, allá lo paso al coleto.
Convencidos de
que el hombre no podría con semejante potingue, y que al final caería vencido
por el exceso, pagaron la manteca de cerdo, ligeramente calentada para ser
consumida como el comensal pedía. Terminado el tercer acto de aquel proteínico
banquete, fueron desapareciendo los anfitriones del escenario, del que podía haber sido un asesinato o tragedia
griega, sin recurrir a ponzoñosas semillas de tejo.
Quedó en el
chigre el cavador, después de aquel mutis por el foro de aquéllos a quienes no
preocupaba haber abandonado al prolífico padre de la familia que comía el pan
que cavaba en el monte.
De ahí salió y
anduvo la primera legua con la incomodidad propia de la gran comilona. Pero
después del primer pueblo por el que era obligado pasar, y sabiéndose amparado
por la soledad de la noche, no pudo resistir más y cayó fulminado. Abatido por
la ingestión desmesurada de aquellas proteínas que, con seguridad, lo
conducirían a la muerte, llegó a un rincón de la senda y allí esperó el
fatídico momento. Casi sin conocimiento, y pensando en sus hijos, su mujer y
las dos ancianas que eran su madre y su suegra, esperó el fin de sus días.
¡Ah! Pero nadie
se muere cuando cree llegado ese momento crucial de exhalar el último suspiro.
Al haber ingerido tanta grasa, dio por entendido su final, pero se salvó porque
su estómago rechazó aquel duro alimento y así, después de horas, emprendió de
nuevo la marcha hacia su casa.
Conocí varios
casos de estos, porque aquéllos que sufrieron hambre y un día comían, solían
ser tragones. Si a esto añadimos las duras faenas del campo, y en particular la
cavada, no son de extrañar los excesos de nuestro personaje.
No cabe duda que
si empiezas un tema la cosa enlaza y así sigue lo de los tragaldabas.
El personaje que
aquí figurará, hace años que falleció. Fue un gran amigo de mi padre. Fornido
él y un gran maestro como ferreiro[3],
pasaba a veces algunos días en la fragua de mi padre, ayudándolo en las labores
propias de la misma. Recuerdos tengo de mi niñez de verlo en la cocina de lareira[4] del Ferreiro en las largas noches de polavila[5].
Lógicamente, las
anécdotas que de él se describen son aquéllas de las que oí hablar, pues no
fueron actos en los que yo estuviera presente. Sí sé que aquellos excesos le
acarrearon una intervención quirúrgica que ocasionó la pérdida casi total de la
víscera estomacal.
Vivió en Grandas
de Salime. Trabajó en el salto del mismo nombre y más tarde, se fue a Avilés,
donde falleció años después. Lo trataré como el “ferreirón” dada su corpulencia y pericia. Dicho esto, comencemos
con sus peripecias alimentarías o curiosas ingestas, de difícil comprensión
para estómagos delicados.
Cuentan que en
una ocasión se comió una empanada de moscas. Parece ser que sus amigos se
prestaron a cazar moscas y en una panadería de la localidad, y con el producto
de esta afición cinegética, se le preparó la empanada. Pero no fue sólo esto.
En tiempos no tan lejanos, las moscas eran compañeras de los habitantes de la
casa. Esto no es extraño, ya que las cuadras con sus animales, convivían en los
bajos de las mismas. El estiércol se amontonaba en los aledaños, y los orines y
excrementos de todo origen, eran algo común en los pueblos. Esto dio lugar a que en cierto comercio-cantina las
moscas proliferaran como tales, y allí, un grupo de parroquianos asiduos del
establecimiento y con los efluvios propios del vino, cazaron moscas hasta
llenar algo más de la mitad del vaso del “ferreirón”;
terminando de llenarlo de vino se lo pasaron al comensal, que dijo su repetida
frase antes de tomárselo:
-¡Probe del bicho que cae en la boca
de otro bicho!
Hubieran
ocurrido las cosas así o no, así lo transmito.
Se dice también
que en el mismo establecimiento, tiempo después y en época estival, entró un
murciélago. Era algo corriente en tiempos que dípteros y otros insectos se acercaban a la “fuerte” luz
de mortecinas lámparas, que no era mayor que la de un candil de queroseno, en
la recién inaugurada red eléctrica. Los pequeños mamíferos voladores invadían
los establecimientos, más o menos iluminados. Uno de ellos comenzó a sobrevolar
a los contertulios. ¡Boinazo va y boinazo viene!, cayó abatido aquel antepasado
de época diluviana que aún no se había desprendido de sus membranas
interdigitales, y que se sustentaba de insectos voladores y le atraía la luz, o
su cena. El golpe “pucheril” o “gorrazo” lo dejó exánime en el suelo, donde fue
recogido por aquel fuerte “ferreirón”
que dijo:
-¡Agáchate compañero, que vas a
pasar un túnel!
No me extrañaría
que aquel acto fuera un truco del ferreirón.
Estoy convencido que ni él se hubiera tragado un murciélago entero. Su
habilidad era manifiesta y no es de extrañar que los testigos cerraran los ojos
ante la escena que allí se representaba. Claro que esto no resta importancia a
su inusual comportamiento; pero sí quiero resaltar aquí, que este hombre era
inteligente, hábil y además, no se le puede tachar de botarate. Así que
cualquier comportamiento era posible, ¡pero no torpeza!, aunque hubiera
excesos.
Cuando se fue a
trabajar a ENSIDESA, en Avilés, hubo otra pequeña anécdota que me parece
oportuno anotar aquí. Después de una tarea, que ejecutaron los obreros, en cuya
plantilla estaba el ferreirón, les
pareció que aquel “triunfo” laboral merecía el brindis del desquite, y
acordaron que uno de ellos saliese del recinto de la Empresa Nacional Siderúrgica,
para traer consigo una damajuana de vino. Como cabe esperar, no podía ser otro
el recadero que nuestro personaje. Así fue. Pero a la vuelta, con su garrafón
de cuatro litros de buen vino peleón, lo pararon en el control de aquella en
ciernes empresa de la futura ruina del país, y le prohibieron entrar con
semejante carga de alcohol. Por más explicaciones que dio el porteador, y
cuanto más justificaba su actuación, más duros se mostraban aquéllos que, años
después, en ese mismo control, no les importaba salieran camiones cargados con
toneladas de laminados de aquella ENSIDESA, que producía excedentes para los
corruptos. ¡En fin!, íbamos en lo del vino. Hete aquí que adujo el ferreirón: ¡El garrafón no pasara, pero
el vino sí!, y con las mismas, se metió
entre pecho y espalda los cuatro litros que la damajuana contenía.
Haxa salú.
En Grandas de Salime, a 20 de julio de 2012
En Grandas de Salime, a 20 de julio de 2012
martes, 18 de diciembre de 2012
“Tener luces”
En cierto pueblo, al que llamaremos “Buscabroneiro” de no sé qué más, había un grupo de vecinos muy unidos, a los que cualquier cosa les ponía de acuerdo para defenderse entre sí. Eran algo parecido a los de Fuenteovejuna, pero más yuxtapuestos unos a los otros. Oséase, no había quién los venciera en la batalla común, porque iban todos a una.
Tengo entendido que en una ocasión cuando no había luz eléctrica en el pueblo, fue por allí un técnico para decirles por donde iba a pasar la línea. Hete aquí que aquel tendido pasaba justo por encima de un castaño, propiedad del único que no vivía en el pueblo y era además la oveja negra de aquellos unidos vecinos. Era la parte discordante de aquel grupo que confirmaba la regla, o sea, era una excepción estulta y enrevesada. Tenía, al parecer, influencias hasta con la empresa eléctrica. Tanto es así, que se creía que dijeron por aquí va la línea, porque sabían que él no dejaría pasar.
Fuera así o no, se reunieron los “buscabrones” y dijeron:
-A este cabrón lo escornaremos.
Reunieron unos cuantos euros, digo duros, y compraron la voluntad del encargado de la cuadrilla de líneas. De esta manera, la línea en vez de recta, era un poco curva y evitó este arbolón de la familia de las cupulíferas. Al poco tiempo había luz en el pueblo, auque en la actualidad queden algunos sin ella. Hubo una gran celebración y bailaron felices, debajo del castañón. ¡Ah!, pero su enardecido ánimo los alentó, y urdieron la que podía ser la gran venganza. Unos pusieron el tronzador, otros el hacha, los de más allá lo afilaron, los de más “pacá” se turnaron tirando de los cabos del tronzador y los otros vigilaron, porque las noches oscuras se habían acabado con tanta bombilla. Así fue como el ciclópeo castaño, en un santiamén cayó, si haber tenido culpa de tener un mal propietario. ¡Bueno, creo que caería igual!
Un caluroso día de sol aparecieron por el pueblo una pareja de la guardia civil, acompañados de gente del ayuntamiento, juzgado de instrucción y demás comparsa, amigos de los árboles (o del amo del castaño). Iban para indagar qué había pasado en el pueblo de los “buscabrones”.
¿Se imaginan un pequeño pueblo donde la primera casa está a un kilómetro de la última? Pues después de un sofocante paseo de una casa a otra sin lograr la flaqueza de aquellos vecinos que estaban a la sombra, los acabaron llevando a la villa. Allí, en el juzgado, las mismas respuestas.
-¡Ay!, ia you nun sei nada.
Así una y otra vez hasta que al final los dejaron marchar. ¡Pero como la justicia, aunque ciega, es muy ladina!, cuando bajaban la escalera dijo el juez a Don Eugenio:
-Usted sabe algo más de lo que dice, Don Eugenio.
-Es posible, señor juez, es posible, pero me lo callo.
Por eso, “tener luces” siempre vale.
Haxa salú
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